Excerpt for Pan con tomates verdes by Pedro Merino, available in its entirety at Smashwords



Pan con tomates verdes

Cuentos



By Pedro Merino

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Copyright 2011 Pedro Merino

First Edition

Published by Pedro Merino at Smashwords

ISBN: 978-1-936886-39-5

Copyright. 404-2003

Centro Nacional de Derecho de Autor (CENDA)

Calle 15 No 604 entre B y C, Vedado, La Habana, Cuba. Apartado postal 4521



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A los talleres literarios de La Habana

(los nombres o apellidos solo pertenecen a personajes literarios)



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Sinopsis:

El autor evoca en estos relatos la forma de sobrevivir de los personajes variopintos o ambiguos, positivo-negativos a través de vivencias en las calles de ciudades y provincias. También la aventura hacia lo desconocido para lograr los objetivos, cueste lo que cueste; además de humor, el sexo, la violencia, ilusiones, ingenios, resignaciones. El lenguaje es transparente, los diálogos naturales y significativos, las ¨mudas¨ o cambios de narradores en cada cuento narrado desde dentro del alma que nos trasmite crudeza o realismo, cuya lectura no está lejos de la verdad por muy relativa que parezca y que hará que el lector no dude después del punto final de cada historia.



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Índice

Pan con tomates verdes

Avisos

La botella empuñada

Las carpas

El extravío

El hallazgo

El sobre amarillo

El viajero

La encerrona

La paradoja

La propuesta

Las chapitas

Los pitusas

Los agradecidos

Los atrapados

Los inculpados

Pulpotomía

Los divergentes

La sospecha

El bolso

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Pan con tomates verdes



Es noche y media porque la luz no existe. Por la calle se escuchan las pisadas. Hablan alto y los durmientes se despiertan. A lo largo de la calzada desfilan los guaracheros del carnaval. Siento la humedad de la madrugada a comienzos y camino en dirección a mi edificio. Inserto la llave... lo abro. Doy un paso hacia adelante y miro de lado y veo a una niña vestida de mujer. Le guiño un ojo y ella estira la mano para que la agarre. ¿Qué hace una jovencita a esta hora cuando el mundo duerme? Mirar y ver que te miran, así soy como te gusta.

La toco por los brazos, las mejillas, mientras subimos la escalera. Ella va delante y me fijo en los muslos. Le veo el blume. Pero el bombillo está casi fundido. Hay escalones sueltos y cuarteados, empatados con un mármol diferente. Ella resbala y la aguanto por los muslos, cuando veo una rata que se filtra por el antiguo conducto de aire acondicionado y no le digo nada.

Llegamos a mi apartamento. Por suerte nadie del comité está de guardia. Meto la llave como si la penetrara. Me mira. Sonríe. Anda, ¿me vas a invitar a pasar? Como no, mi China, siempre.

Mira hacia la cocina. Después me observa. Tienes buenas piernas y con el vestido corto no ocultas lo que debes. Pipo, yo soy del viento, del que pase y me lleve.

Ni siquiera la desconfianza la detiene. El miedo me envuelve. Pienso que una extraña está bajo mi techo. Qué cosa más linda. Hace cinco meses que no “choco las bolas” y primera vez que la veo. Mis tíos no duermen porque se quedaron en La Habana. Quedo dueño del momento en que dos jóvenes divagan y mienten.

Parece tranquila, pero esconde algo. Ni a los santos le pregunto qué es y a su tota le digo que el placer me embruje.

La lámpara de la sala parpadea y se apaga. Pasamos al cuarto. Enciendo la lamparita. Vemos las mesitas, la cama imperial. Luce más grande desde que duermo solo. El colchón lo destriparemos. El escaparate con la luna de cristal, y la cómoda con el espacio en que nos vemos uno al lado del otro. Sé que no busca dinero, ¿y cómo no me di cuenta antes?

Me quito los zapatos y ella, descalza, se despoja de las medias largas. Se deshace del vestido que sataniza con la noche. No he visto mejor combinación que esto. No me digas, ¿te gusto?

Sin trapos, buscamos en la piel de cada quien por la frialdad. Las lenguas enmudecen. Los jipidos espiran. La escucho balbucir. Sí... sí... mete... métemelo.

Un ruido en la puerta me pone de pie; pero no, es un vecino que le cogió la confronta. Vuelvo al cuarto. Se arquea en la cama. Frotándose el clítoris me llama. Inventa nombres. Házmelo así, como tú sabes. Levanta las piernas y las coloca encima de mis hombros. Las abre, mientras comienzo un juego sexual. A ver, alcánzame el monedero. Se lo doy y saca una tira de condones. Voy a usar dos. Ella se ríe y me dice que dos palos.

Le presento el rabo y me lo rosa con el clítoris, se lo mete y lo saca se lo mete y lo saca se lo mete y lo saca. Me agarra por la cintura. Aprieta mis nalgas y me hunde un dedo. De eso nada, ¿me oíste?, no me las toque, si no esto se murió.

De repente siento un olor a amoniaco que flota en el ambiente. Le muerdo una teta. Le chupo los pezones. Las tetas se menean. No necesitan ajustadores. Están grasosas y las beso. Su lengua es de serpiente. Me chupa los labios y continúo el juego sexual. Me muerde la lengua, la remolinea en mi boca. Palpo la saliva. Es babosa y se me pega. Alrededor de mi boca hay unas manchas que provienen de su encía. Las limpio con mis manos sin saber. Las vuelvo a limpiar.

De pronto el olor. Es un tufillo de amoniaco muy fuerte. Me paraliza. ¿Qué te pasa? Nada, no sé. Me levanto.

Se acerca a mí y me acaricia el rabo. El de mi marido mide doce centímetros...

La lanzo a la cama. Se lo presento con rapidez, pero no entra. Ella me lo agarra y se lo coloca donde es. Ahora sí, pipo, completo. No le hago caso al olor y avanzo por el tunel. Raspo las paredes. Las hincho. A medida que penetro, rompo aros. Parecen puertas circulares. Las rajo. Ay, me duele, pipo, el de mi marido es de doce. La mía es de veinte y brocha gorda. Qué ardor, espérate. De eso nada, hasta la cocina, toma toma coño. La afinco por la cintura, pero da media vuelta. Quedo bocarriba y monta a caballito. La fricciono por la espalda y le desprendo postillitas de arañazos. La media luz del cuarto no me distingue el humor y la sangre aguada. Enrosca los pies en los míos y los granos se restriegan en la herida de antier, al resbalar por los escalones.

El olor me asfixia y no puedo seguir. Por fin me levanto. Ella tras mí. ¿Estás preocupado? Me quita el condón y ¡me falta uno! ¿Lo tienes adentro? Se ríe: el otro está en la cama.

Me lo exprime con las manos y lo remueve. Lo agita pa arriba y pa bajo. La erección retorna. El rabo se llena de sangre. Se hincha. Le vuelve la fortaleza. Me pasa la lengua por el rabo y me recuerda a la serpiente. El tufillo vuelve a mortificarme. Me lo chupa y se lo mete hasta la garganta. Me lo dobla y sigue flexible como un palo de guayaba. Recuerdo una película rusa en la cual una mujer, obligada por un soldado, se lo mamaba y de súbito lo mordió, se lo arrancó y escupió el trozo. La agarro por la cabeza y la separo de mi trozo... Espérate un momento, no puedo, no quiero.

Se aleja de mí. Se viste hasta la cintura. Quiere hablarme pero calla. El cuarto sigue iluminado a medias y me dirijo a la sala y por fin enciendo la lámpara. Vuelve a mí y la veo diferente. Tu problema es aquí, y me toca la frente, no dejas que te ayude. Se vira para ajustarse el vestido y le veo una serpiente tatuada, cuya cola termina en la unión de las nalgas.

Asombrado regreso al cuarto y me pongo un short. La siento en la cocina.

Vuelvo a verla. Sigue despeinada.

—Dame esto.

—Es tuyo.

Mordisquea pedazos de pan. Señala al viandero y escoge tomates verdes.

—¿Cómo te llamas?

—Ah, Maritza, pero me dicen Masita.

— Laidel Corzo... ven por aquí, ¿sí?

—No sé ... está bien. Yo vivo por MONTE Y CIENFUEGOS.

Vestida me atrajo más y le vacilo los muslotes. Le pego el rabo por las nalgas. Le subo el vestido. Ay, sí, qué rico, pipo, dame duro. Le bajo el blume. Se me ha olvidado el condón. Le froto las nalgas y se mueve al ritmo de mi rabo. ¡Por ahí no, por ahí no, que padezco de hemorroide!

La viro y la beso en las mejillas, en la boca. Ella escupe una harina verdusca. Por el cuello resbala mi mentón y llego a las tetas, qué pezones, se los chupo, mientras se libera del vestido con los brazos levantados hasta que los baja y me abraza. El blume traquea y le da una patada. Retorna el amoniaco; pero ya no me importa.

Avanzamos por el pasillo. A veces da marchatrás y yo la empujo. Por instantes pienso que me voy a caer y que se reirá. Le aplico una llave de judo y la tumbo en el sofá. Le riego el interior y, a la vez, respiro el amoniaco. Estamos frente a frente y se tupe mi nariz. Mi lengua dentro de su boca se excita. Escucho ayes. Le duele. Ahora sí, pipo. Sí, mami, yo sé que te gusta. La desgarro de afuera hacia dentro. Se lo meto hasta las profundidades, una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Me saca la leche. Le pregunto si la siente. Tampoco siento su líquido; sin embargo, la palpo mojada. Nos detenemos.



La despido en la puerta y le veo bajo las axilas unos “tabaquitos”. Escupo. Se da cuenta.

—¿No tienes diez pesos pa una máquina?

—Bah, estás loca.

—Tacaño e pinga... no voy a volver...

Los granos de los tobillos se reventaron en los míos que estaban sanos... ¡no, la herida que tenía... no veo la postilla, ay, Dios mío!

No la acompaño por el pasillo. Noto que cojea. Se queja. Y siento un ardor por los pies: es una mancha. Veo que llega a la escalera y me niego a acompañarla.

Que se vaya pal carajo, y cierro la puerta. Mientras baja, recuerdo que si ella no hubiera traído condones lo hubiéramos hecho a capela. Pero es que, así y todo yo me puse dos, me faltaba uno, después ella... ¡no, no puede ser! Voy a llamar, tú verás, hay que aclarar las dudas. ¿Es LINEAYUDA? Tres tres tres uno cinco seis... no lo creo ayúdame por favor con LINEAYUDA tres tres tres uno cinco seis...

No pienso más que en dormirme y no lo logro. Mañana averiguaré. Mi mente se exprime con ella y espera no volverla a absolver. Mi boca la escupe. Ni sé qué me sucedió. Si no quería, lo hice. Después de hacerlo, me arrepiento. Si no se vive, qué bueno es no existir. TRES TRES TRES UNO CINCO SEIS ¿LINEAYUDA? TRES TRES TRES UNO CINCO SEIS...



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Avisos



Goteaba la sangre. El olor de la carne transpiraba.

Las personas corrían sin mirar atrás. Tocaban puertas y le avisaban a vecinos para incorporarse a la carrera.

La sangre emanaba. Marcaba gotas reventadas en la acera. Las manchas estaban dispersas. La redondez por los bordes abría puntiagudas formas.

El mediodía sorprendía al pueblo; sin embargo, los niños jugaban a los escondidos, pero los adultos descubrían lo que hacía meses no veían. Se amontonaban en la esquina, en círculos de ojos misteriosos, como si esperaran a la policía.

Comenzaba a llover. Los que tenían sombrillas las abrían como hongos que resguardecían a dos o tres. Los demás, con nylon o cajas de cartones encima, se tapaban.

El agua de lluvia se enrojecía en la acera y a varios metros de la calle se volvía incolora. El olor a lo que fuera se sentía. El tejido de los cuerpos... pedazos mutilados como traspasados por espadas y separados por hachas: era angustiante.

Una parte del techo acumularía el agua y retornaría a la gotera por la pared verdusca. El derrumbe del inmueble por atrás parecía que se extendería por enfrente.

Las carnes todavía estaban frescas, pero sin latidos de vida.

Varias manos cargaban bultos. Los charquitos de sangre se hacían mayores. Los vecinos estaban impacientes. Hablaban sin cesar. Inventaban lo que sucedía. Le agregaban.

De pronto un hombre, con un delantal y un cuchillo de siete pulgadas, pronunciaba con energía:

—¡Población!: a mi derecha; ¡Plan Jaba!: a la izquierda.



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La botella empuñada



Hay que freír los huevos. Ya estoy cansado de hervirlos. Ni siquiera deseo echarle aceite al arroz. Salgo de la urbanidad hacia una aldea de secretos comestibles.Voy hacia la línea del tren. La cruzo. El se va y me dice “que tengas suerte”. Paso la botella de una mano a otra. El poblado huele a comején y zinc oxidado. El camino entre casuchas de madera está enfangado como en el siglo XIX. Las ventanas se abren hacia arriba y se les apuntala un listón. Salta la botella de mis resbalosas manos pero la sostengo. Los cables eléctricos parecen una tendedera de ropas que la soportan postes añejos. Me detengo. Doy media vuelta. Nadie observa. Sigo la marcha.

Quién diría en mi juventud que con ochenta años empuñaría una botella sin aceite. Vuelvo a mirar hacia las luces de la ciudad que alumbran a medias. Creo ver siluetas que se agachan y se levantan. Luego se detienen como si mis pasos les guiaran a la presencia de alguien. El brillo de la botella mira como ojos de gato. Estoy cansado, excepto de mis ganas de freír huevos y preparar papitas fritas como antes. Siento que la circulación me brinca en un tendón del pie. La botella me suda en las manos. Quedo quieto. Me agacho y me levanto como si imitara las cuclillas de la infancia. He llegado a la cueva. Grito el nombre. Después de los segundos de una escucha, abren la puerta. Vengo de parte del Pelao. Ah, sí, me responde. Entro y cierra la puerta, mientras escuchamos patinazos en el fango. La botella comienza a ahogarse de aceite. Donde estoy hay unos muchachones. Veo más de diez tanques de 55 galones de aceite crudo y dos ollas de 36 pulgadas, encima de una cocina de carbón, donde lo refinan. La mitad de la botella tiene aceite.

Bajan dos jóvenes de la barbacoa. Los del patio parece que vieron a unos uniformados por los agujeros de la cerca. Entran a la casucha y gritan frases de huir. Donde vivo no está lejos porque vine a pie. El muchacho tira mi botella al fango. Pero mis fuerzas no son espontáneas al deseo. La calma se deshace en latidos o corrientazos de ánimos por no saber correr. Quise decir, por no poder. Ni las papas fritas ni los huevos. El aceite de la botella se riega como mi sudor perdido hasta acá.

Los jovenzuelos brincan por las ventanas laterales y traseras para alcanzar la libertad.

Quedo abandonado como después de cruzar la línea y despedir al vecino que me apuntó el lugar donde lo vendían.

Paso las manos por mi frente y pienso en mi fracaso. No empuñaré la botella. Peor que antes... abro la puerta para irme. Frente a mí y detrás hay dos tipos de uniforme. No sé en qué momento entraron. A usté no le va a pasar nada, mi viejo, si nos sirve de testigo. Qué testigo ni cojone: perdí la botella, el aceite, el dinero, ¿y quieres que eche palante a los que matan mi hambre?

Discuten conmigo y me convencen para que los acompañe: a denunciar o ellos me acusan. Por la avanzada noche mi experiencia los resiste y entro al auto de varias puertas, abiertas como trampas. La vecindad contempla. De todas formas es mejor no regresar a pie y despido al aceite vidrioso de la botella, chapoteado en el fango y las piedras.

Con los días veo al vecino que me describió la chabola del aceite. Dice muy seguro que confiscaron los tanques, pero que en el falso techo de la barbacoa no estaban los diecisiete mil pesos y el usufructuario hizo la denuncia. ¡Ladrones uniformados!

Cruzo las piernas, las estiro, y vocifero desde la reseca garganta el aliento sin grasa y la preocupación por conseguir otro vacío. Empuñarlo y salir lejos de la ciudad para freír, otra vez, los recuerdos grasosos de antaño.



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Las carpas

I

A unas millas al nordeste de Cayo Hueso el azar guiaba la balsa. Traqueaban las sogas en la maderada. Los vaivenes nos tenían entre náuseas y vómitos. Alterné con uno que descansaba, y a pesar de partirse la paleta de mi remo, tuve confianza de sobrevivir gracias a mis socios.

Llevábamos cinco días entre las olas, con tempestades veraniegas. Los cuatro últimos sin comer ni tomar agua, cuando el cielo descargaba los nubarrones. Sentíamos la necesidad de caminar por una base firme y nos mirábamos los pies negruscos. Ariel me dijo que no tendría más peste a chicote. Comenzamos a confundir los nombres y a hablar de apariciones de alimentos. Abel se acordaba de la mujer y hacía como ella en la cama. La existencia de vida se hacía invisible. Gustavo nos alertaba que ya estábamos en el Triángulo de las Bermudas. En condiciones adversas hacíamos chistes y soñábamos aún sin prever que lo peor estaba por venir.

El salitre nos asfixiaba y no había estrellas. Estábamos flotando en un andamiaje de manufacturas y brincábamos sobre el mar. Sin querer tomábamos buches salados. Buscábamos protección con los seis sentidos. Pasábamos como pelota de ping pong de una onda a otra y veíamos las cataratas de las olas. Alguien cayó al mar. Gritamos y no nos oyó. Le pedimos a Dios que nos perdone, que preserve nuestras vidas. José dijo que “el Padre atiende a sus hijos, no a los entenados”. Nos adaptamos a la situación y a nado nos postramos en la balsa. Faltaba Carlos y con la calma de los vientos nos dormimos a la apuesta de la supervivencia.

El dolor de cabeza junto a la fetidez de las vomiteras y otro maremoto sin explicación científica nos despertó, cuando las pupilas me estiraron y me encogieron a un pez. Se nos acercó. Lo observé alargado, estrecho, y tenía ojos abiertos y cerrados. Mis amigos quedaron mudos. Era una de varias lanchas de rescate y salvamento que nos ayudaban a subir por la escalerilla, más tarde. Dos no respondían acostados en la cubierta del navío: eran José y Raúl, y pensé en los familiares. Caminábamos mediante brinquitos y la sangre nos hinchaba las venas: nos acalambraba desde los pies, nos subía un corrientazo hasta los muslos. Me hicieron señas para que bebiera y después comiera lo que salía de un tubo de pasta que reconstituye las sales de hidratación y escuché a gentes hablar en inglés, además de una música de vitrola. Luego supe, a pesar de estudiar en una escuela de idiomas, que el orador era Clinton: A partir del 19 de agosto los cubanos que sean rescatados en el Estrecho de la Florida, por el Servicio de Guardacostas, serán trasladados a la Base Naval de Guantánamo y retenidos por tiempo indefinido, sin la posibilidad de tramitar su ingreso a los EE.UU.

II

31 de enero de 1996.

Sentado en el “pájaro de hierro” los diecisiete meses en Guantánamo Bay andan por la pista, por la escalerilla. Como nomos de almanaques se traban en mi vista. Me voy, pero queda mi aura que tal vez en otro éxodo algún compatriota ajuste su tronco y sus extremidades en ella.

No sería humano si olvidara las ciudades de las carpas. Durante diecisiete meses asilaron a 33 560 balseros. Cuarenta millas cuadradas tenían los campamentos que albergaron, además, unos 21 000 haitianos. El costo de la operación fue de 250 millones de dólares. Actuaron 8 400 militares estadounidenses. Regresaron 1200 balseros a la Isla, 400 no voluntariamente por antecedentes penales, o por cometer delitos graves en la Base. Actualmente quedan 20, que no se les permite viajar a EE.UU. y “no se les obliga a regresar a Cuba”, confinados en el campamento # 11.



LAS ALAMBRADAS (20 de agosto de 1994—1 de mayo de 1995)

Ajustada a una muñeca la manilla negra me identifica.

Ya no soy Rubén Corzo, ahora un MP (Policía Militar) me registra con un aparato que empuña hacia mi grillete electrónico y lee: 359 639.

No es fácil después de muchos días desahuciados, llegar a un lugar que pertenece a tu país, pero que es de extranjeros, y que te reciban rangers armados como un Rambo. ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí?

Nos mantienen hacinados en carpas, dormimos en catres y las tendederas nos refrescan los solares de La Habana con el vapor de sardinas en latas pasadas su fecha de vencimiento.

Ha estallado una huelga por la situación del lugar. Al principio, mucho polvo. Después de un aguacero, el fanguero nos traga; al terminar el segundo, un diluvio nos sacude en el fondo. Los mosquitos nos joden la vida.

Hay balseros sin calzado, la indumencia es un ripio de lo que sobrevivió en la travesía. La alimentación es pastosa (...) y un líquido lácteo (!) nos hace desabrido el paladar. Gritamos y empujamos las cercas de púas. Lo que no hicimos en Cuba, lo duplicaremos acá.

Llegan periodistas de otro mundo. Nos interrogan y hablamos con la mirada retorcida; pero decimos la verdad. Nos la permiten.

Viene la calma. Pero no puedo dormir en este lugar más extraño que en su primera vista, donde hay una pequeña Cuba: tatuados allá (aquí algunos lo han imitado sin saber que por ello Inmigración demorará sus papeles), profesionales, obreros, niños, mujeres en cinta y ancianos. Las mascotas han sido separadas de los dueños.

Pronto llegará la ayuda humanitaria, de ropas y alimentos. Pero los líderes balseros serán los custodios e impondrán leyes. Ya veo lo que me ha tocado: short, pulóver, par de tenis. Además de artículos de aseo personal, han repartido alimentos prensados. Las cajitas carmelitas, de carnero; las verdes, de pescado, etc.

Casi para leer tenemos el periódico ¿Qué pasa?, a dos columnas: en inglés y en español. Mas nos tienen informados y desactualizados. Son noticias de mejorías de campamentos, breves referencias de estados de la Unión Americana, tiras cómicas, listas de los que van a U.S.A. Más tarde comenzará la correspondencia entre La Habana-Miami-Guantánamo Bay.

Me siento alegre al ver mi apellido en el periódico; pero ha salido de la Base. Esa persona ya no me podrá ayudar.

Camino hacia un lado, y vuelvo al mismo lugar. Hablo por dentro. Con este short no puedo desplazarme y observo en una carpa que la gente escoge a su antojo algunas prendas de vestir. Me abalanzo. Estoy en una zona vedada. Esto me ajusta demasiado. Cuando me pruebo el primer short, unos MP nos ven. Muchos corren, y tarde me doy cuenta que todo es ajeno a mí. Me empuja uno de ellos, y le devuelvo el empujón. La reacción de aquél es fijarse en mi rostro. Llegan otros MP y me doy a la fuga. Hasta que en el conteo físico de las seis de la mañana, al otro día, me detienen. Mi inglés es de escuela de idioma, ya lo dije antes, y con ese vocabulario no me defendí para convencerlos de la estrechez del short. Me castigan de miradas, y me obligan a confinarme en Rayos X o Campo Loco.

Por la primera ocasión no me deportan. Conmigo andan los no elegibles. Están tatuados y varios son convictos. Dudo de mi vida y le ruego a Jesucristo que me alce y me traslade de esa pocilga social.

No puedo más. Otros tienen gasolina para rato. Yo ando a empujones. Las huelgas han cesado. Entonces la paz de las religiones ha encontrado lugar en las desgracias. Se hacen más visibles las agencias voluntarias de católicos y protestantes.

Vuelven las agitaciones. Reparten un cigarro por balsero. Cedo el mío a un amigo, pero hay violencia por ese vicio porque es la droga del aislamiento. Permite simular la desesperanza.

Continúo andando en mi mente. Digo esto porque estoy sentado en el “pájaro” que me llevará hasta Miami. Doblo a la izquierda de mi carpa, y a unos sesenta metros están los baños plásticos. Unas balseras son la inspiración de los hombres que hacen cola por un turno de varios minutos. No saben que existen los condones y ellas sólo exigen: cigarros, una prenda de vestir o alimentos.

Qué cansancio. La única posibilidad de viajar a EE.UU. es mediante Parol Humanitario. Sólo a los niños y a mujeres embarazadas. Para los hombres hay empleo en labores de reparaciones pequeñas de mala paga.

Olvidé que otra vía de salir son las planillas de terceros países, a España y Venezuela. Al unísono recuerdo la partida de miles de balseros hacia el Canal de Panamá, y a su vez me entero de las revueltas allá. Después de aquellos sucesos no se me olvida que, en la Operación Traslado Seguro, hacia Guantánamo Bay, los confinaron en un campamento y le propinaron tremenda paliza tanto a justos como a pecadores.

De Panamá acoto una anécdota de un marine con el cráneo ensangrentado: “¡Piedra sí, mierda no!”, gritaba. Hasta éso tiraron. Hubo balseros que se vistieron de marine y manejaron motos de cuatro ruedas con las cuales envestían a ese ejército en su mayoría de latinos.

Así es la vida. Esos balseros estaban en mejores condiciones que nosotros y, sin embargo, exigían con violencia. Por ello algunos fueron devueltos a Cuba, unos pocos murieron ahogados al cruzar la corriente del agua canalera o ser víctimas de la zona selvática o por falta de alimentos, y otros terceros pagaron con la ayuda de los familiares, desde diez hasta veinte mil dólares, para llegar a EE.UU.

El final de esta historia frustrada, como en alta mar, fue la negativa del Gobierno de Panamá, junto con Washington, respecto a la permanencia de aquel estrato de balseros. El caso cubano es una división por cero.

Terminamos 1994 con una comida navideña: arroz, pollo, dulces, sólo una cerveza por balsero, y golosinas.

Una fuerza espiritual me somete a una memoria fotográfica de mis cartas y comienzo a leer:

12 de enero.

» Tengo un radio, veo televisión con mucho trabajo. Guardo mis pertenencias en una mesa desarmable, de cuatro gavetas. No tengo espejo. No sé qué será de los balseros merenguitos que han regresado, cómo los tratarán en Cuba. No se preocupen por mí. Enviaré casetes y manuales de inglés. Ya sé redactar oraciones. Voy a la iglesia. No ando en juntaderas. Hago ejercicios y corro. Juego ajedrez. La ansiedad de salir es lo que me tiene desesperado. Sé que llegaré.

» No les he dicho que están llegando cartas de Cuba-Base Naval, que pasan por Miami primero. Tengo una foto para ustedes de septiembre del 94 que mandaré. Aquí hacen procesos migratorios a niños, pero es lento. Inmigración trabaja rápido cuando hay intereses. ¿Sabes una cosa?, me he encontrado con varios amigos del barrio. Pero no puedo olvidar a Martha, de cuando jugábamos en la playa y me ayudaba a construir los castillos de arenas. Pienso que me hace mucha falta. Allá no pienso volver porque no hay futuro ni libertad. Lamento que Arturo (mi hermano) no se haya tirado en balsa. R cu do que la v d tie ...

16 de enero.

»Un balsero profesor nos imparte clases de inglés de dos a cuatro de la tarde. No trabajo en nada. Mi objetivo es llegar a U.S.A. Aquí pagan una miseria y a ésos les llaman balseros económicos. Peso 140 libras, no es que coma mucho, sino la cantidad de dulces y refrescos me engordan. Si alguno de mis hermanos y amistades quieren tirarse, recuerden que Cayo Sal es el punto ideal para llegar. Las ca t s pue en...

17 de enero.

»Desde mi injusta prisión te escribo nuevamente, querida madrecita, preocupado y abatido en gran manera, pues no sé quién es más malo, si Castro o las leyes de EE.UU. No sabía lo que era un campo de concentración para refugiados. Me siento prisionero y sin derecho de defensa. Algún día, cercano o lejano, se abrirán estas cercas con sabor a sangre, entonces buscaré la libertad que añoro por otro rumbo diferente. Mi horizonte está cubierto de montañas y alambradas. Nunca olvidaré las caricias que me hacías cuando me despertabas para llevarme a la escuela. En cuanto a Martha, seguro se casará con otro, pero dile que no me olvide.

31 de enero.

»No me arrepiento de lo que hice y tampoco me va mal. El Nuevo Herald de Miami publicó el 29 de enero que las noticias del día 27 son falsas, no viajaremos todavía. “Sólo los casos de ayuda humanitaria viajarán.” Fue una burla bastante cruel. No sé si lo hicieron con el objetivo de formar otro éxodo. Pero yo no quiero un parole que atente contra mi vida. Aquí han comenzado a tomar champú para que les provoque asma o una reacción secundaria y le otorguen visa. Yo no lo haré. Vien c n sínt mas...

»Un cubano de Caimanera cruzó a nado la Bahía hasta el aeropuerto y llegó cerca de los campamentos. Escucho por el radio que 18 balseros llegaron a la Florida. Leo libros cristianos. Ah, saldré por un amigo como hermano de crianza, pero averigüé que es homosexual. Tiene amistades de alto rango que le resuelven.

2 de febrero.

»Siento tristeza porque nadie me escribe. Los martes llegan cartas para todos menos para mí. Francamente, abuelo, este lugar es horrible y no me habitúo al ambiente, con fe y paciencia saldré de aquí. Hay cosas que no comprendo de mis parientes de U.S.A. y no entenderé jamás, pero sé que sus sentimientos con los que quedan en Cuba son buenos; mas también sé que el afán hace olvidar. Estaré solo adondequiera que vaya. Si por casualidad abres esta carta, no la mandes para Cuba. Esp ro no se ent r n de mi...

¿Lo sabrán mis padres? No sé si la leyeron. De todas formas algún día se enterarán.

5 de febrero.

»Ya en el día de hoy me siento más tranquilo, pues yo sé que tú harás por mí, Abuelo, es muy difícil para mí esta situación, esto es una prisión en la cual los nervios se alteran porque hay todo tipo de personas, y a veces quisiera salir rápido. Gracias a Dios yo hallo consuelo en la Biblia. Cada día fortalece mi carácter, y me ayuda como me ayudó a sobrevivir en el mar. Allí supe que existía un Dios. Te pido que atiendas cuando llame mi tía, pues ella se preocupa igualmente de mí y le entregues cada carta. El Norte es nuestro hermano. Por es l s balse...

6 de febrero.

»Cincuenta valientes hijos de Norteamérica dieron sus vidas por la causa del pueblo cubano. Habían venido en una secreta expedición. El dictador, General Concha, ordenó su inmediato fusilamiento. Fueron llevados al paredón del Castillo de Atarés un 16 de agosto de 1851, el primero de ellos era el coronel William Logan Critteden. “Fueron aliados incondicionales”.

»Ahora les voy a transcribir un artículo del periódico que tenemos:

En Cuba, durante la época republicana, hasta el triunfo de la destruida “revolución”, el pueblo denominaba el periodo presidencial a partir del nombre del presidente, al mencionarse, se sobreentendía, a fuerza de haberse vivido o sobrevivido su calidad. Así, cuando se decía el machadato, era sinónimo de penuria extrema. Hoy, en el fidelato, se rebuscan nombres que despersonifiquen tanto despotismo, miserias, arbitrariedades, etc. A esto se le dice “periodo especial”; yo le digo fidelato.

»Bueno, queridos amigos, una noticia me consuela, las Avispas Marinas, una brigada de construcciones rápidas, va a construir 1950 casas de maderas con demás comodidades. Me parece que pasaré otro cumpleaños aquí, eso es si no me embullo y lleno una planilla de terceros países; pero sólo escogería a Canadá.

Vuelvo a recordar lo del 27 de enero. Jamás lo olvidaré.

»En la noche de ayer se oyeron muchas informaciones acerca de los balseros de Panamá y Guantánamo Bay respecto a que éramos autorizados a entrar en EE.UU. Fue para nosotros de gran alegría. Más tarde se oyó en Radio Mambí que no era cierto. Casi vomito de la cólera que cogí, y en la mañana de hoy vuelven a decir las mismas noticias. Hab án m nos en toda ...

8 de febrero.

»En la tarde de antier hubo un robo de tenis en el almacén de nuestro campamento, este lo controlan los mismos cubanos, pues los americanos no tienen acceso, y el jefe de campamento lo averiguó todo y fue a reclamar él solo, y le partieron la cabeza con un tubo de aluminio que es lo que se usa para estas ocasiones. Otro caso igual ocurrió hace una semana y media, y al chivato le cortaron el cuello con un cuchillo de fleje. A los ladrones que cogen, si los agarran, los mandan para el campamento Loco. Bueno, aquí todo es normal, para qué quieres que te siga contando. Esto es un campo de concentración donde todo es posible.

»En un baño plástico fue sorprendido un agente del G-2 que transmitía por un reloj y le cayeron a golpes para que hablara. No he hecho amigos ni haré, todos están en diferentes planos, pero en nadie confío, sólo los pocos dólares que lucho me hacen valer.

»Del turno del médico que era el quinto, sólo entraron cuatro, y me quedé de primero para la una y media de la tarde a ver qué me dice de la neumotórax, la faringitis, y también la peritonitis. En otra carta te diré si me dieron el Medical Parole. Quier me en ien un s cuán...

9 de febrero.

»Resulta que en la lista de los ¿Qué Pasa? he leído mi primer apellido, ¿serán familia de Raidel? Pues parece que los perdí otra vez. Ya se han retirado por la frontera de setecientos a ochocientos balseros, de ellos hay trescientos veinte que vinieron de Panamá. El general Ayres dijo que se analizará el caso de los que no puedan salir por parole, para que se unan a la Army o Marine, y así puedan entrar a EE.UU. De entrada te digo que muchos balseros hacen ejercicios para que los acepten. Yo, ni hablar. El nuevo Jeje Brigadier General John J. Joe Allen, sustituye al anterior J.B.G. Agres.


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