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LA VIDA DE LOS DEMÁS

Joaquín Padeira



1ª Edición Digital. Noviembre 2011


Smashwords Edition

© Joaquín Padeira Romero, 2011

© de esta edición:

Literaturas Com Libros

Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 Madrid.

http://lclibros.com


ISBN: 978-84-15414-08-7


Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla


Smashwords Edition, License Notes

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ÍNDICE


Copyright

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

Sobre el autor




Madrid, 1990

PRIMERA PARTE


I


Estábamos a finales de mayo o primeros de junio; sin duda la mejor época del año. Desde mi ventana se divisaba un cielo muy azul, apenas salpicado por algunas nubecillas deshilachadas, y hacía ya un buen rato que los gorriones que anidaban en los tejados vecinos me habían despertado con su algarabía.

Salí a la calle. El camión de la limpieza acababa de mojar las aceras. La humedad que desprendían me hizo evocar el pesado, aunque recogido y amable, aroma del verano. A los pocos minutos cruzaba el hall de mi oficina camino de mi despacho.

Mi compañero, Juan, con quien de mala gana compartía aquel espacio y muchas horas, me miró comprometido. Le di los buenos días y me senté frente a mi mesa mirando de soslayo el sobre con membrete de la empresa que descansaba en el centro del tablero. Volví a fijarme en la expresión de Juan antes de rasgar la solapa del sobre y ponerme a leer su contenido.

—¿Ya lo sabías? —le pregunté, tras estar seguro de que se trataba de mi despido.

—Solo lo imaginaba —respondió él poniéndose en pie. Avanzó con paso titubeante hasta mi mesa, se apoyó en ella y me ofreció con gesto apesadumbrado un cigarrillo.

—Y no habías querido decirme nada para no preocuparme, ¿eh? —añadí con tranquilidad, desechando con un gesto de la mano su cigarrillo, doblando entretanto el sobre para introducirlo en uno de los bolsillos de mi americana—. Pues fíjate si seré idiota que yo, sin embargo, no me lo esperaba. Me da bastante pereza tener ahora que ponerme a pensar en ello (ya me entiendes: las despedidas, el papeleo y todo eso...), pero tengo el presentimiento de que enseguida voy a estar pegando saltos de alegría. ¡Qué verano me espera, chico!... —Calculé con rapidez la indemnización que me correspondía, y a ella sumé el paro y lo que durante los tres años previos había conseguido ahorrar, repitiéndome que con mi edad (veintisiete) y todo ese dinero era un afortunado. No obstante, del rostro de Juan no desapareció aquel impostado gesto de pesadumbre (bastante sabía yo lo mucho que mi desaparición de la empresa en términos de su posible promoción le agradaba), y ello contribuyó sin duda a que me fuera imposible desprenderme de la sensación de sutil humillación que ya me aguijoneaba—. Y aunque irme de esta oficina constituía ya para mí una necesidad —continué, tras haber efectuado aquella brevísima reflexión—, quién sabe si luego hubiera sido capaz de hacerlo de no haber sido «empujado» a tiempo… Porque tengo la mala tendencia a dejarme arrastrar por las situaciones. Me cuesta tomar mis propias decisiones. Y es que ocurre que te pagan un sueldo, te meten en una rutina y, al final, acabas por creer que te están haciendo un favor.

—Pero no entiendo por qué... —comenzó a lamentarse Juan.

—¡Si no hay nada que entender! —le corté levantándome—. Estas cosas son así. Me ha tocado a mí como podría haberte tocado a ti —le observé con atención durante un par de segundos—, y punto.

—Me alegra mucho que te lo tomes con tanta filosofía. —Esta vez le dejé terminar la frase.

Pero mi creciente amargura me provocó la imperiosa necesidad de causar algún daño a mi compañero.

—Sé que no eres tan inocente como para creer que tu situación, por el hecho de ser yo despedido, vaya a mejorar... —comencé—. Sé que imaginas que lo que aquí ocurrirá será justo todo lo contrario: que mi despido dará pie a otros despidos, y que nuestro jefe querrá aprovechar la circunstancia para deshacerse de quienes le sean incómodos. —Me detuve y suspiré profundamente—. Yo, al menos, tengo la enorme suerte de no tener necesidades financieras (mi compañero tenía mujer, una hija y una hipoteca de la que no había día en el que no se quejara)... —Volví a detenerme y a suspirar—: Tú nunca te has acabado de entender con Artigas (nuestro jefe), ¿no?

—Nunca he tenido problemas con Artigas —respondió él a la defensiva, irguiéndose bruscamente. Trató de desafiarme con la mirada, pero yo desmonté aquel impulso con la mejor de mis sonrisas: una levemente dolorida y cargada de emotividad.

—Ya sabes que te deseo lo mejor —me apresuré a añadir.

El aludido bajó la cabeza, de nuevo comprometido, y dio un paso hacia mí con la probable intención de zanjar el asunto estrechando mi mano. Pero yo frustré una vez más sus intenciones.

—En estas circunstancias, Juan, no te interesa nada que vayan diciendo por ahí que somos amigos —le aconsejé a media voz dándole la espalda, camino ya de la puerta entornada del despacho.

Pasé en silencio frente a las mesas de otros empleados, atravesé varios pasillos y una gran sala en la que unos cuantos más compartían espacio y ocupaciones, y me planté ante el despacho del director del personal quien, probablemente sorprendido por la celeridad con la que hasta allí había acudido, ni se acordó de darme los buenos días.

—¿Tiene ya todo preparado? —le pregunté con resolución aunque tratando de no resultar altanero. No atendí al movimiento de su mano que, con torpeza, apuntaba hacia una de las sillas vacías.

—Lo lamento. Sí, todo está preparado. ¿Quiere firmar ahora mismo?

Media hora después, tras haber despedido a una docena de compañeros, haberles dedicado unas palabritas sentidas y haber prometido con expresión compungida que en ningún caso dejaríamos de vernos en el futuro, abandoné al fin aquella oficina.

Me puse a pensar entonces con alborozo en mis inminentes vacaciones, en el trocito de papel lleno de ceros que guardaba doblado en la billetera, en la cola que a la mañana siguiente debería guardar ante las oficinas de empleo y, aunque ya con menos alegría, en cuál sería la mejor forma de contárselo a Elena.



—Tiene gracia que me hayan ido a echar de la oficina cuando precisamente más me apetecía que lo hicieran —se me ocurrió decirle cuando varias horas después apareció en mi apartamento de Ayala. Había pasado la tarde holgazaneando en un sofá, esbozando en el aire difusos planes, y me apetecía muy poco ponerme a hablar de mi despido.

—¿Que te han echado? —Elena se detuvo en seco y levantó una ceja.

Me di cuenta entonces de que en algún momento me había quedado dormido. Traté de incorporarme, pero el sopor me obligó a volver a enterrar mi cabeza entre los cojines. Olfateé su tela, me recreé a continuación en mi incapacidad de mantener una conversación fluida con ella, y dejé por último que las primeras imágenes, aún desdibujadas, de mi reciente sueño me anegaran. Pasé a formar parte de una escena mil veces más real que Elena, y tuve la certeza de que lo único que podía hacer era continuar allí.

—¿Sigues dormido, Roberto?

La voz de Elena sonó en mis oídos como un eco lejano y ligeramente desafinado. Pero en el interior de aquella escena, en la que tan inmerso estaba ya, me sentí seguro. Caminaba por el centro de un paseo de arena, flanqueado por arbolitos desnudos. El paseo desembocaba en el mar; lo sabía por el resplandor que se reflejaba en el cielo y por el rumor de las olas. Y no estaba además allí solo: quienquiera que estuviese a mi lado era en gran medida la causa de mi confianza. No lograba verle la cara, pero su voz era suave, casi femenina. Lo que me decía tenía para mí pleno sentido, aunque fuera incapaz de traducir una sola de sus palabras a ningún idioma. Mi acompañante hablaba y hablaba, y la voz de Elena me sonaba entretanto más y más lejana. Hasta que un zumbido muy agudo borró bruscamente de mi mente aquellas palabras y el espléndido camino de arena que recorría; la silueta de Elena tomó entonces de nuevo sus justas proporciones, y su voz recuperó su tono habitual.

—Te parece gracioso que te hayan despedido y no te apetece contarme nada. ¿Has bebido de nuevo?

Había bebido, pero sólo un benjamín con la comida para festejar mi cambio de vida.

—Elena... —fue cuanto pude decir, apenas un murmullo.

Traté de regresar a aquel camino de arena, reencontrarme con aquella voz tan suave y, como no pude, me levanté y fui en busca de Elena que, sin embargo, no había querido aguardar en el apartamento hasta que me recobrara.

Desde que estaba con ella me había acostumbrado a dejarle planificar mis salidas y había perdido hilo directo con buena parte de mis amigos. Tener que ponerme a recorrer sitios de moda, hasta dar con algún conocido, me resultó una perspectiva sombría. Eso fue no obstante lo que hice pasadas las once, cuando tuve ya completamente claro que Elena no regresaría. Y ni siquiera me molesté en llamarla a casa de sus padres (en donde siempre pernoctaba salvo algunos fines de semana), porque estuve seguro de que andaría con cualquiera de sus amigas, alguna de las cuales bien sabía yo cuánto deseaba que lo nuestro acabara. Me sentí un poco menos afortunado que esa mañana.

Pasé por tres o cuatro terrazas de la Castellana. La temperatura no era aún lo bastante suave como para permanecer sentado. La mayoría de la gente (bastante menos de la esperada) se arremolinaba en torno a las barras y paredes de los quioscos. No tardé en hartarme de estar solo y, aunque los tres gin-tonics que en ese intervalo consumí me permitieron tomarme con cómoda distancia mi propio aislamiento, decidí hacer un último intento y después meterme en la cama.

Escogí una terraza algo más frecuentada que las otras, ubicada ya no recuerdo si antes o después de cruzar Colón. Me pedí allí otra copa mientras, a lo lejos, a medias agachado junto a uno de los setos de arbustos grisáceos que delimitaban el bulevar, me pareció distinguir a mi amigo Rodrigo, acompañado por una chica de la que, a aquella distancia, sólo podía saberse que era alta y dueña de una abundante mata de pelo claro. Di un buen trago a mi copa, aspiré el aroma enrarecido de la terraza (una mezcla de tabaco, perfume y, aunque algo más sutil, alcantarillas), y me acerqué a mi amigo.

Rodrigo tardó en reconocerme y, al hacerlo, esbozó en su rostro barbilampiño una sonrisa desmedida, como si alguien hubiera tirado con fuerza de las comisuras de sus labios hacia arriba. Me estrechó después la mano con lasitud, tiempo durante el que yo me pregunté qué estaría haciendo un minuto antes agachado a medias, y a continuación apuntó con el dedo a su acompañante, quien, con el semblante aburrido, me plantó un beso en la mejilla.

—Es Verónica —logró decir Rodrigo.

Me di cuenta entonces de las proporciones de su borrachera, y en el acto pensé en una retirada. «¡Mil veces mejor la soledad de mi cama!», pensé. Pero ello no resultó sencillo. Mientras Verónica me hacía un gesto descaradamente significativo para que me quedara, Rodrigo me rogaba con voz plañidera, cogiéndome con fuerza del codo, que los acompañara hasta la barra del quiosco.

—Este fin de semana es mi cumpleaños, ¿ya no te acuerdas? —añadió, soltando saliva a su alrededor como un aspersor—. Te tomas la última con nosotros y... —comenzó a insistir, a pesar de que yo le mostraba mi copa casi llena.

—Sería mucho mejor que tú, sin embargo, pararas —Verónica le interrumpió en tono autoritario sin quitarme la vista de encima. Me sonrió con un deje de amargura y, tomando a mi amigo firmemente de la mano, lo condujo hasta un banco cercano y lo obligó a sentarse. La luna, velada a medias por nubes deshilachadas, recorría los tejados del lado izquierdo de la Castellana, y el aire resultaba casi frío. El rumor del tráfico pareció haber disminuido, y lo mismo sucedió con las voces provenientes de aquella terraza, que de pronto tomaron aire fatigado y como de despedida. Rodrigo, tan dispuesto hacía solo un instante a salirse con la suya, aceptó como algo inevitable las órdenes de Verónica. Echó la cabeza hacia atrás, respiró profundamente y, por último, la dejó caer fláccidamente entre sus rodillas—. ¿Te sientes bien? —Le preguntó ella entonces; y como Rodrigo permaneciera callado, volviendo a mirarme, añadió—: En cuanto se te pase un poco, te llevo...

La curiosidad por saber qué tipo de relación mantenían hizo que no me moviera. Llegué a la conclusión de que ella me gustaba. Contemplé su rostro –la expresión contenida y ausente, como si algo que no tenía nada que ver con lo que nos rodeaba la turbara; los ojos de un azul algo desvaído; los labios sensuales y muy apretados–, pero no dije nada. Verónica apoyaba una mano en el hombro de Rodrigo y con la otra se apartaba a cada poco de su frente un mechón de pelo. Se giraba hacia mí en ocasiones y, mirándome de soslayo, como dándome a entender que era yo a quien en realidad se dirigía, repetía: «¿Se te pasa ya; se te pasa, Rodrigo...?». Yo seguí entretanto callado, dejando alelado que ella se ocupara de todo.

—¿Me ayudas a llevarlo? —me sorprendió poco después, sin explicar a dónde.

Los tres recorrimos lentamente, en completo silencio, Rodrigo con la cabeza hundida entre los hombros y un hilo de saliva colgándole de los labios, el bulevar hasta alcanzar un paso de peatones, cruzamos después el paseo en dirección Serrano, y nos internamos por una calle estrecha y empinada. Cuando finalmente llegamos al coche, y una vez hubimos logrado que mi amigo se echara en el asiento trasero, Verónica me pidió que subiera.

—Por si no pudiera con él luego, cuando llegue a su casa —aclaró esta vez.

Accedí tan sólo porque me agradó saber que no vivían juntos. Rodrigo continuaba sin abrir la boca, probablemente ya dormido. Atravesamos calles vacías. El perfume de Verónica, que antes apenas había notado, se derramó bruscamente en el ambiente cerrado del coche. Ardía en deseos de quedarme a solas con ella, y me torturaba la idea de que le fuera indiferente mi compañía.

Al llegar a casa de Rodrigo, un bloque de apartamentos en la parte alta de doctor Fleming, mi amigo dormía profundamente. Costó sacarle del coche, pero tan pronto puso un pie en el suelo, agitando la cabeza en el aire, nos pidió que le dejáramos solo.

—¿El coche es tuyo? —pregunté entonces a Verónica.

Me respondió que sí mientras arrancaba el motor de nuevo.

—¿Te dejó donde antes? —resolvió, sin molestarse en comprobar si Rodrigo acertaba en su portal con la llave.

Como yo no había llevado coche esa noche y no me apetecía regresar al mismo sitio, pensando además que aquello la forzaría a revelar su destino, le contesté con deliberada imprecisión que podía dejarme donde quisiera.

—Te dejo entonces donde antes —confirmó ella, logrando camuflar momentáneamente sus planes.

—¿Has quedado con alguien? —Volví a la carga tras unos minutos de silencio.

Verónica rió, conectó la radio y bajó el cristal de su ventanilla.

—Ahora que por fin he conseguido quitarme de encima al pesado de tu amigo, no pensarás que voy a meterme en la cama —dijo.

Consulté la hora; poco más de las dos. Presentí que era una chica complicada y que, de insistir, era más que probable que me saliera con una de esas frases que suelen dejarme luego la moral por los suelos; pero aun así me arriesgué.

—No tengo que madrugar mañana —comencé; y viendo que ella no apartaba la mirada del frente—. Si no te importa que me quede...

—¿Me tiene a mí que importar o no que te quedes? —Soltó su primera dosis de veneno.

—Claro que no... —respondí en tono dubitativo—. Era sólo una forma de hablar. Me tomo una copa, solo o contigo, y después me marcho...

No me esperaba las carcajadas que a continuación retumbaron en mis oídos como timbales. Tan incómodo me encontré, que a punto estuve de pedirle que me dejara allí mismo, casi en el extremo opuesto de la Castellana; pero hacía mucho que nadie llamaba mi atención de aquella manera, y hasta en sus burlas creí encontrar el tipo de sensación que, de una forma oscura, buscaba, de modo que reprimí la respuesta que seguramente ella aguardaba y, confiando en tener mejores oportunidades, quedé callado.

—Perdona... —dijo ella al rato en tono conciliador—. A veces me da por decir tonterías. No te conozco de nada y quizá me haya tomado contigo demasiadas libertades. Me has ayudado a dejar ese «fardo» en casa, y ahora, viendo cómo te lo pago, te estarás preguntando que a santo de qué me has echado una mano. —Rodrigo no era ni mucho menos de mis mejores amigos, pero que se refiriera a él de aquella manera hizo que esta vez aún me costara más quedarme callado—. Es increíble lo que una es capaz de hacer cuando se lo propone —continuó sin darme tiempo a replicar—. Quiero decir «fingir», «hacer creer» a los demás que sientes lo que ellos esperan que sientas. Rodrigo es buen chico y todo eso, pero si hay que hablar de él con un poquito de sinceridad, ¡qué quieres que te diga...!

—No me apetece hablar de Rodrigo —contesté al fin.

—¡A nadie le apetece hablar de Rodrigo! —exclamó ella en el acto. Pasábamos ya frente a la terraza en la que nos habíamos encontrado. Disminuyó la velocidad y oteó el panorama sacando la cabeza por la ventanilla—. Ahí ya sólo quedan cuatro gatos... —resopló. Se formó un silencio prolongado en el que sin duda se estuvo pensando sus siguientes palabras—: ¿Te quedas aquí? Yo voy a tomarme una copa en el «Limbo»...

Respondí que la acompañaba.

—Cada día me gusta menos Madrid —siguió entonces sin parecer haberme prestado atención. Dobló en dirección centro antes de llegar a Alcalá, y avanzó por una calle muy estrecha—. Siempre la misma gente en los mismos sitios. Te tiras a la calle por inercia o por no tener que aguantar en casa a alguien, y ¿qué es lo que te encuentras? ¡Los mismos personajes de siempre!... ¿Tú de qué conoces a Rodrigo? —me preguntó de improviso.

Se lo empecé a explicar, pero me resultó tan evidente que no le interesaba lo que le contaba que me detuve a medias.

—A mí me lo presentó una amiga que ha dejado de serlo desde que se enteró que salíamos —añadió como si tal cosa.

Encontró un hueco en una esquina, y aparcó dejando las ruedas traseras del coche montadas en la acera. Encendió un cigarrillo y, con enorme determinación, como si en aquel bar le estuviera aguardando alguien o algo muy importante, se puso a dar grandes zancadas. Cuando unos segundos más tarde logré ponerme a su lado y me di cuenta por primera vez de que era tan alta como yo, me enorgullecí estúpidamente de estar a punto de ser visto en su compañía.

El ruido ensordecedor del interior del local eliminó por lo pronto la necesidad de tener que proseguir con aquella charla absurda que, una y otra vez, chocaba con mi silencio o el suyo. Por entonces me sentía ya irresistiblemente atraído por ella. Todos mis esfuerzos estaban dirigidos en exclusiva a conseguir llamar de cualquier manera su atención. «Nada peor —me repetía— que quedar olvidado y pasar a ser uno de tantos que, con absoluta seguridad, se le acercarán cada noche.»

Pero en el trayecto me había adormilado un poco, y me dije que una copa me ayudaría a resultar más locuaz y divertido. Acodados en la barra me pedí mi quinto gin-tonic y para ella –que no paraba de otear mientras a su alrededor– un whisky. Me bebí la copa muy rápido. Sentí mi estómago caliente y mi mente desenvuelta. Le hice un par de comentarios pretendidamente graciosos que ella seguramente ni escuchó y, viendo que había una mesa libre en las cercanías, fui a preguntarle después que si prefería que nos sentáramos. Ella ya no estaba a mi lado cuando me giré para decírselo: a un par de metros de la barra abrazaba a un chico alto y moreno, con el que, a continuación, daba inicio a una larga conversación.

Aguanté con todo más de diez minutos antes de desplazarme hasta el fondo de la sala, a un lugar entre columnas, escasamente iluminado, donde, aunque volvía a estar lo suficientemente borracho como para que estar solo me diera lo mismo, me supuse inadvertido.

Deambulé torpemente entre aquellas columnas al son de la música hasta acabar mi copa y, mucho más tarde, con la esperanza de volverme a encontrar con Verónica, regresé a la barra, en donde ya sólo quedaba un grupito de borrachos gastándose bromas entre sí. Se me ocurrió pedirme otra copa más, pero un agudo pinchazo en la boca del estómago me hizo cambiar de opinión. Recorrí a continuación el perímetro del local, convencido de que la encontraría revolcándose con aquel chico moreno en cualquier esquina, pero solo logré tropezar y recibir insultos y pisotones. Finalmente, cuando hastiado ya me disponía a abandonar el local, me pareció escuchar a mi espalda su característico tono de voz. Me volví y observé que, en efecto, se despedía de una chica de pelo crespo que arrastraba por el suelo una bolsa de cuero. Me planté ante ella.

—Ya me iba —le dije.

—Sí, es bastante tarde —me respondió con indiferencia.

—Nos vemos cualquier otro día... —seguí yo, sin importarme saber que aquello sonaba claramente a súplica.

—Cualquier otro día... —repitió con la misma desgana.

—Nunca nos hemos encontrado antes. ¿Puedo llamarte?

Me miró de arriba abajo, fijó sus ojos en el techo y en su rostro se formó una desagradable mueca de fastidio.

—¿Llamarme para qué? —preguntó antes de darse la vuelta y perderse en el tumulto de la sala.



Caminé hasta el apartamento sin lograr que Verónica se me fuera un solo instante de la cabeza. Las calles me parecieron anormalmente frías, como si aquella madrugada de finales de primavera se hubiera saltado el verano y avanzara firmemente de nuevo hacia un invierno crudo y oscuro. No era el hecho de haber sido humillado lo que me tenía desmoralizado, sino la sensación de fracaso e impotencia por no haber sabido mantenerla a mi lado. La humillación, algo ya experimentado esa misma mañana, me resultó por comparación un sentimiento casi amable, ajeno por completo a la frustración y el desánimo que en aquellos instantes me atenazaban.

Un olor persistente a goma quemada, a basura y a rancio me estuvo persiguiendo hasta que alcancé la Castellana. Tropecé en ese tramo con borrachos y mendigos, con varios yonquis que dormían muy pegados en un soportal de la calle Barquillo; pero, al otro lado del paseo, todo pareció volver a la normalidad: desapareció el frío y hasta la suciedad de las calles y, quién sabía si a causa de mi inmensa fatiga, recuperé gran parte de mi ánimo.

Ni dentro ni fuera de mi apartamento escuché el menor ruido; un silencio sobrecogedor que hizo que meterme en la cama casi me resultara un acto prohibido. No logré sin embargo quedarme dormido. Las ideas más peregrinas, las posibilidades más remotas se amontonaron en mi cabeza como una muchedumbre pugnando por encontrar la salida de un edificio en llamas. Y casi todas esas ideas tenían por supuesto que ver con Verónica: con las distintas causas que le habrían podido llevar a comportarse conmigo de aquella manera, y con la estrategia que debiera seguir para forzar otro encuentro con ella. Porque esa era la única cosa sobre la que no albergaba ninguna duda: que quería verla de nuevo para poderle demostrar quién era. «Tiene que conocerme —me decía estúpidamente, dando por hecho que conocerme merecía la pena—. No me ha dado la oportunidad, pero tan pronto lo haga verá que soy capaz de mucho más...». Imaginaba entonces montones de planes para llegar hasta ella, planes que después iba desechando, salvo el de llamar a Rodrigo a la mañana siguiente con cualquier motivo y, dejando de lado los prejuicios que su amistad me inspiraba, averiguar cuanto me fuera posible.

Con aquellos machacones pensamientos quedé dormido, despertando muy poco después entre espantosas arcadas. Cuando hube vomitado todo lo que llevaba en el estómago, enfebrecido y tan débil que hasta me costó volver a encontrar la cama, traté de conciliar el sueño de nuevo. No lo logré. Mis esperanzas de volver a ver a Verónica se esfumaron; su imagen se me antojó de pronto tremendamente lejana; y ni el verano ni mis veintisiete años, ni mucho menos Elena (pensé en ella por primera vez), me sirvieron de consuelo.

La luz anaranjada del alba no tardó en penetrar entre los listones de la persiana, los gorriones dieron inicio a su habitual algarabía y, cuando estaba a punto de quedarme al fin dormido, el despertador sonó estruendosamente como todas las mañanas.

Aun sintiéndome enfermo y abatido, salí a la calle para aguardar en la cola de la oficina de empleo.



Al mediodía Elena apareció en el apartamento de nuevo. Pasando por alto lo ocurrido la víspera, se sentó frente a mí y, con gesto contrariado, me preguntó por mis planes para ese verano. Mientras me pensaba la respuesta, observé el modo nervioso en que ella posaba sus dedos de uñas esmaltadas sobre sus rodillas, y cómo entrecerraba los ojos después porque el sol incidía directamente en su cara.

—Todavía no tengo planes —respondí.

—Pero a partir de ahora vas a tener mucho tiempo…

—Eso sí —continué, sin imaginar aún a dónde quería llegar.

—Entonces reservo ya el apartamento de Marbella.

Recordé con fatiga que hacía varias semanas me había hablado de ese apartamento, y también que habíamos decidido posponer el pago de la señal exigida por no estar aún seguros de las fechas de nuestras respectivas vacaciones. Lo cierto fue en cualquier caso que en aquel instante no me apeteció comprometerme a nada, aunque quizá fuera más preciso decir que lo que no me apeteció fue comprometerme a nada que tuviera que ver con Elena. «Muy probablemente se trate de algo pasajero —discurrí entretanto—, un pensamiento que saldrá de mi cabeza como antes ha ocurrido con otros parecidos. Llegará el verano, nos marcharemos juntos a la playa y no volveré a acordarme de Verónica ni de esa extraña noche de finales de primavera.»

—¿No quedamos en pensárnoslo? —se me ocurrió añadir.

—Ya no hace falta, y si no lo hacemos ahora no encontraremos más tarde nada tan bueno —replicó.

Había intentado sin éxito hablar con Rodrigo cuando regresé de la oficina de empleo, y no me había acordado de repetir después la llamada; la imperiosa necesidad de descolgar el teléfono me hizo ponerme bruscamente en pie.

—Acabo de quedarme en el paro... —me aventuré al fin—. ¿No sería mejor que lo habláramos con calma de nuevo?

—¿Me tomas el pelo? —Se puso a su vez en pie y me cortó el paso, ya que, absurdamente, había tratado entretanto de escabullirme hacia la cocina—. Sé desde esta misma mañana cuándo puedo tomarme mis vacaciones, y tú ya no tienes ningún problema: ¿qué es lo que tenemos que hablar de nuevo? Ayer parecías muy feliz porque te habían despedido, y supongo que lo estarías porque pensabas en tu tiempo y en tu dinero. ¿Se te ha pasado de pronto la alegría?

—No, no es eso; estoy contento y... —comencé sin ninguna convicción.

—¿Qué es entonces, Roberto? ¡Vamos!... —me cortó ella, arrinconándome entre la jamba de la puerta y las estanterías de una pequeña librería.

—Espera —le dije, sin tener ni idea de lo que iría a decir después. Le pasé la mano por la cara y la atraje con fuerza hacia mí. Quería estar seguro de lo que sentía por ella. Su piel estaba húmeda y me agradó el olor que desprendía. Dejé un instante mi cabeza apoyada en su cuello. Su respiración aún estaba alterada, y hasta creí percibir miedo en ella. Sus hombros me parecieron muy estrechos y frágiles, me dieron la impresión de poder ser quebrados con una simple presión de mis manos. Sólo experimenté, en definitiva, dulzura, pena y quizá un poquito de deseo, nada que ver con el sentimiento violento que el mero recuerdo de Verónica me transmitía—. Espera... —repetí tontamente, confiando en que hasta mis labios llegaran aquellas palabras salvadoras que tanto necesitaba, pero no llegó absolutamente nada: mi cabeza siguió embotada y yo me limité a ansiar que aquello de una vez acabara.

—¿Qué ocurre? —Elena se escurrió de entre mis brazos, se pasó bruscamente la mano por el pelo y el cuello, como queriendo quitarse de encima aquel falso apego, y me recriminó—: Nada más verte libre de ocupaciones ya quieres mandarme a paseo. Es eso, ¿no? ¿Qué te ocurrió ayer por la noche? ¿Quieres que me marche? ¿Te molesta que haya venido?

—No entiendo... —comencé, sabiendo que ya no iba a creer nada de lo que le dijera—. No entiendo por qué te pones así. ¿Qué quieres que haya pasado?

Nos miramos fijamente. «¿Para qué repetir lo que ella no creería? ¿No sería mucho mejor hablar claro? ¿No sería mucho mejor responder que prefería estar solo una temporada y no hacer planes ni comprometerme de ningún otro modo con ella a actuar como un cobarde e insistir en negarlo todo?»

—No me lo vas a contar, ¿verdad? —Se dio media vuelta.

No tuve la valentía de añadir nada. Me limité a contemplar cómo recorría con paso lento la sala y abría la puerta de la calle.

Aún debía de estar aguardando en el descansillo cuando marqué el número de Rodrigo, quien, con voz soñolienta, esta vez sí que me respondió.

—¿Te acabas de levantar? ¿Te encuentras bien? ¿Te apetece que nos veamos esta noche? —dije de un tirón, sin darle ocasión a que me pusiera una sola excusa. Y me apresuré a colgar tras quedar en pasarme por su casa a la hora de la cena.



—¿No has quedado con nadie? —le dije cuando ocho horas después se montó en mi coche.

—¿Te refieres a Verónica? —me preguntó él, sin sospechar aún que Verónica era la única razón de que estuviese allí.

Traté de cambiar de tema, pues sabía que tenía tiempo de sobra para obtener la información que necesitaba; pero Rodrigo apenas hizo otra cosa a partir de entonces que no fuera hablarme de ella. Antes de acabar la cena ya sabía en dónde vivía (calle Donoso Cortés) y en dónde trabajaba (funcionaria del Registro de Propiedad Intelectual); lo que hacía su padre (ingeniero de minas) y cuántos hermanos tenía (dos); qué sitios frecuentaba (el «Limbo» no estaba curiosamente entre ellos), y cómo se habían conocido (como ella misma me había revelado, a través de una amiga común). Y todo eso me lo contó porque desde la víspera –según explicó– no había vuelto a saber nada de Verónica. No había ido a trabajar esa mañana, su teléfono no contestaba y tampoco había dado con ella al pasar por su casa hacía un par de horas.

Tras la cena, Rodrigo se empeñó en que, uno por uno, recorriéramos sin ningún éxito todos los sitios que al parecer frecuentaban. Sospechaba de un individuo, de quien, cada vez que por casualidad se encontraban, ella no se separaba. Aquella posibilidad le torturaba porque –confesó cuando ya llevaba cinco o seis copas encima– se sentía incapaz de vivir sin ella. Dudaba yo entretanto si contarle o no que, tras dejarle la noche anterior, habíamos ido juntos al «Limbo», pero no hizo ninguna falta porque, acabada aquella ronda de visitas, fue él quien sorprendentemente propuso que nos acercáramos hasta allí (en ningún momento había mostrado interés por saber qué habíamos hecho después de dejarle la víspera en su casa).

Volvía a encontrarme tan cansado como el día anterior y me aburría sobremanera la cháchara beoda de mi amigo que, no obstante y como una especie de penitencia por la traición que, de poder, me proponía infringirle, soportaba.

El «Limbo» estaba esa noche hasta la bandera. Hasta tuvimos que darle un buen rato de palique al portero para que nos dejara entrar. Aunque agradecí mucho poder dejar de escuchar allí dentro a Rodrigo, el tumulto me hizo desear enseguida volver a la calle. Había obtenido información más que suficiente, y con ella en la cabeza solo deseaba estar a solas.

A punto estaba de marcharme, cuando nos topamos de bruces con ella.

—Estáis aquí... —casi gritó Verónica.

No estaba acompañada. El pelo suelto sobre los hombros, el rostro sudoroso, la mirada un poco ida y la camisa por fuera de los pantalones, le daban aspecto de fugitiva. Se acercó sin inmutarse a Rodrigo, y le rozó con sus labios la mejilla. Este le preguntó que dónde se había metido durante todas aquellas horas, y ella le contestó que ya se lo contaría al día siguiente porque en ese momento la esperaban. Fue a hacer ademán Rodrigo de sujetarla del brazo, y en el acto se le revolvió como una hiena.

—¡No me irás a montar otra escena!

De lo que vino después solo se me viene a la cabeza el rostro desencajado de Rodrigo agarrando a Verónica de los pelos, y esta derribándolo de un empujón al suelo para desaparecer después en el interior de la sala, de donde resurgió al poco acompañada de un tipo muy fornido que, mirándonos con gesto divertido, nos recomendó que nos fuéramos a la cama. Sabiéndose a salvo, erguida junto a su amigo y echando hacia adelante el cuello como un gallo de pelea, Verónica remachó aquella frase diciendo que esperaba que no volviera a molestarla en lo sucesivo.

—¿Y tú de dónde sales? —quiso saber no obstante Rodrigo, que apenas se acababa de levantar del suelo, dirigiéndose al individuo fornido.

Quise disculpar a mi amigo llevándomelo de allí por el codo, pero Rodrigo se deshizo de mí a una velocidad que, en su estado, me resultó imposible haber previsto y se abalanzó a continuación sobre Verónica, logrando ser esta vez él quien la derribara.

A partir de ahí todo fue confusión. Tuve tiempo de ver como Rodrigo recibía varias patadas en la cara antes de caer junto a Verónica al suelo, y también cómo esta, al darse cuenta de que lo tenía justo a su lado, le presionaba con el puño en el cuello. El individuo fornido, considerando seguramente cumplido con creces su cometido, se dio entretanto media vuelta para regresar al interior del local, pero un desconocido le reventó una botella entre los hombros y también cayó al suelo. Nos sacaron después a empujones hasta la calle, mientras en la distancia escuchábamos la sirena de un coche de policía.

Yo había resultado milagrosamente ileso y me dispuse a salir de allí a la carrera, pero al echar una mirada a mi alrededor y ver que Verónica aún estaba aturdida, agarrada precariamente una farola, la levanté, le pasé el brazo sobre mi hombro y le dije que corriera.

Fue así, de aquella pintoresca manera, como conseguí quedar una vez más a solas con ella.



Corrimos a trompicones por un callejón lleno de basura desparramada, y más tarde nos refugiamos en el portal abierto de una casa abandonada. La sostuve allí con fuerza entre mis brazos sin hablarle, notando –desaparecía entretanto el silbido de aquella sirena– que su inicial resistencia poco a poco cedía. Apenas podía distinguir sus rasgos en la oscuridad de nuestro refugio, y nos asaltaba un nauseabundo olor a orines. Oímos ruido de pronto en lo alto de la escalera desvencijada que desde allí arrancaba, y regresamos precipitadamente a la calle.

La luna colgaba sobre los tejados como una moneda bruñida. Una brisa veraniega nos golpeó en la cara en las proximidades de Alonso Martínez.

—¿Te encuentras bien? —le pregunté, notando que cojeaba ligeramente.

—Y cómo quieres que me encuentre —respondió, pero su tono ya no sonó desabrido. Aquella providencial trifulca, por más que ella no lo deseara, me elevaba necesariamente de categoría.

—Tenemos que verte eso. En mi coche... —añadí, recordando que no estaba lejos de allí.

—Eres un tío raro, ¿sabes? —me dijo cuando ya cruzábamos aquella glorieta camino de Santa Bárbara.

Sonreí sin responder.

—¿Acompañabas a Rodrigo desinteresadamente? ¿Fue suya la idea de mirar en el «Limbo»? —siguió ella.

—La idea fue suya, pero no lo acompañaba desinteresadamente —resolví contestar.

Noté que la expresión de su rostro se relajaba involuntariamente. ¿Era señal de una mejor disposición hacia mí? Quedamos una vez más en silencio.

—¿Crees que hemos hecho mal abandonándolos? Lo de tu amigo no parecía demasiado serio... —dije al cabo.

—A ese acababa de conocerlo, y Rodrigo... ¿qué me importa lo que le haya podido pasar a Rodrigo?

—Aunque hasta ayer hayáis estado saliendo.

—¿Te ha dicho eso él?

—Tú...

—¡Sabe Dios lo que entenderás tú por eso!

Llegamos al coche. Eché el asiento del acompañante del conductor hacia atrás, y le pedí que se sentara y descubriera la pierna. Tenía un moratón en la rodilla y algunos rasguños sin importancia. Le pregunté que si quería que la llevase a que se lo vieran, pero me contestó que no era nada y que le bastaría con un poco de descanso. Su tono resultó mucho más amable. Hasta me pareció que iba a darme las gracias. Se formó a continuación entre nosotros otro de aquellos incómodos silencios. Arranqué el motor del coche.

—¿Prefieres venirte a mi casa? —pregunté al fin, consciente de que, en aquellas circunstancias, poco perdía.

—Mejor a tu casa que a la de mis padres —respondió, incorporándose a medias para besarme en los labios; y añadió—: Pero espero que no te hagas ilusiones.

«¿Cómo no hacérmelas cuando hacía media hora hubiera dado cualquier cosa sólo por encontrármela?» Concentré mis esfuerzos en no mostrarme demasiado satisfecho. Ella no pareció prestarme atención. En mi imaginación ambos aparecíamos entrando en el salón de mi casa: Verónica desperezándose sonriente para derrumbarse después en mi sofá, y yo sentándome a su lado y sujetando entre mis manos su cabeza para besarla de nuevo en los labios. Las calles y los bloques de pisos pasaban entretanto ante mis ojos como diapositivas. Casi ni oía el ruido del motor o los ocasionales bocinazos de los vehículos con que nos cruzábamos. No nos dirigimos la palabra durante aquel corto trayecto y, cuando llegué al garaje de mi edificio, había olvidado por completo que el bulto que se encogía a mi derecha, y no la risueña chica que aún besaba en el sofá de mi apartamento, era Verónica.

—¿Estás bien? —pregunté otra vez.

Verónica se desenroscó como un gato y consultó la hora.

—¿No me llevas a casa?

—Querías venir a la mía —le dije confundido—. ¿Seguro que te encuentras bien?

Se echó hacia atrás sin levantarse aún del asiento, y miró a su alrededor esbozando un gesto dolorido.

—No, no me encuentro bien. ¿Te importa llevarme a mi casa? Tendría que habértelo dicho antes...

Volví a arrancar el motor, recorrí las mismas calles en sentido inverso. Ella quedó entretanto muy quieta, sabiendo yo que era mejor no preguntar nada. Cuando detuve el coche a la puerta de su casa, levantó la cabeza con expresión aturdida.

—¿Te había dicho dónde vivo?

—Rodrigo —respondí sin pensármelo.

Se encendió con torpeza un cigarrillo, y se me quedó mirando muy fijamente.

—Te apetece que volvamos a vernos, ¿no es eso?

—Tú sabrás... —se me ocurrió contestar esta vez.

Sonrió mientras rebuscaba en el interior de su bolso; sacó papel y bolígrafo y apuntó mi número de teléfono. La luz pálida de las farolas se derramaba mientras sobre su pelo y parte de su rostro, dándole una expresión fría; pero, al aproximarse a mí para despedirse, sus rasgos volvieron a parecerme suaves: sus ojos se agrandaron, las comisuras de sus labios se arquearon levemente, y sus mejillas, de pronto enrojecidas, se relajaron. Regresé a mi apartamento.



Prefiero no saber qué hubiera ocurrido de haber subido allí con Verónica.

Arrebujada en el sofá, Elena me aguardaba con un libro. Tenía los ojos brillantes y, aunque su actitud pretendía ser tranquila, la conocía lo bastante como para saber lo que seguiría. Comenzó por fingir una desolación que hubiera sido yo muy poco listo de no tomar por lo que en realidad era.

—No se te ha ocurrido llamar —masculló—. Sigues sin querer decirme lo que te pasa. —Quedó sentada con los brazos extendidos hacia delante.

Maldije la hora en la que, en un arranque de confianza, le había facilitado copia de las llaves de mi apartamento. «No volveré a cometer semejante error —me dije—. Pase lo que pase, tendrá que llamar a la puerta como los demás.»

—Pensé que era mejor esperar a mañana —contesté con suavidad camino de la cocina.

—¿Esperar a mañana? —levantó la voz, cuando ya me disponía a traspasar aquella puerta.

Pero seguí mi camino, me serví un vaso de agua muy fría, me lo bebí lentamente y, sin que ninguna idea acudiera en mi ayuda, regresé a la sala, donde me apoyé en el respaldo de una silla prudentemente apartada de ella.

—Estoy muy cansado. No me pasa nada. Mañana podemos hablar de lo que quieras —dije.

—¿Me vienes con esas? —Se puso en pie y me cortó el paso—. ¿Quieres que me siga creyendo que no te pasa nada? ¿Que no has conocido a nadie? ¿No será que no sabes cómo decirme que quieres dejarlo y que, como tienes miedo, estás simplemente queriendo ganar tiempo?

—¡Pero qué te pasa! ¡No digas tonterías! —exclamé, y aproveché para volver a alejarme.

Pero Elena se apresuró a colocarse frente a mí. Frunció el ceño hasta conseguir que su rostro adquiriera una expresión casi simiesca. Estuve seguro de que me agarraría por la espalda en cuanto me diera la vuelta, por lo que preferí continuar aguantando su mirada.

—¡Y ahora me llamas idiota!... ¡Dilo! ¡Dime de una vez quién era esa con quien hace un rato estabas en el garaje! ¡¿Te ha pedido que mejor lo «hacíais» en otra parte?!

—¿De manera que me has estado siguiendo? —inquirí inmediatamente antes de sentir ardiendo mi mejilla.

A aquella bofetada siguieron insultos y un nuevo intento de agresión que, sin embargo, pude parar a tiempo. No le hice ningún caso cuando se echó a llorar en el suelo; ni tampoco cuando entró en mi dormitorio, donde yo me había refugiado, se sentó junto a mí en la cama y, pasándome la mano por el pelo, trató de inspirarme pena.

Solo deseaba que se marchara, quedar a solas y poder concentrar mis pensamientos en Verónica, cuyos desplantes prefería un millón de veces a aquella actitud plañidera.

—¿Ya no me quieres, verdad? —repitió Elena como un sonsonete, deslizando una mano entre mis piernas para, visto el pobre resultado de sus anteriores tácticas, poner a prueba otras mucho más elementales.

—Es mejor que te vuelvas a casa. ¿No ves que los dos estamos muy cansados? —le respondí yo, procurando con leves movimientos de cadera apartar sus manos.

Pero ella insistió. Su desesperación y su rabia contenida se transmitían a través de las yemas de sus dedos. Aguanté así varios minutos y luego me eché hacia el lado opuesto de la cama, me incorporé entonces con brusquedad y me la quedé mirando mientras ella mantenía aún en el aire su mano.

—¡No lo soporto!

—¿No me soportas? —interrogó ella, dejando caer la cabeza entre sus hombros.

—No lo entiendes. No se trata de eso. Es solo que estoy cansado y que no tengo ganas de hablar. No me gusta además sentirme acosado. Si tanto dices conocerme...

—Yo tampoco tengo ganas de hablar —respondió, súbitamente alicaída—. Solo quiero saber qué pasa con ella. Solo eso, y después me marcho.

Se hizo un prolongado silencio durante el que su mirada anhelante me impidió reflexionar.

—No lo sé —fue la cobarde respuesta que, a trompicones, se acabó escurriendo de entre mis labios; y queriendo darme un aire solemne, aún añadí—: Te prometo que no lo sé, Elena.

Salió en silencio del dormitorio con la cabeza hundida y un momento después escuché el chasquido de la puerta.

Durante varios minutos estuve calibrando lo que aquella partida significaba. Aliviado al fin, deseando que acabara aquella noche y que con el día volviera a tener la posibilidad de encontrarme con Verónica, me dejé caer de nuevo en la cama.



No me quedó más remedio que verme al día siguiente con Elena, que me estuvo llamando sin parar desde primera hora. Nos citamos a las siete en una cafetería próxima a su oficina y, supongo que por tratar de causarme una buena impresión, apareció muy arreglada y maquillada. Nada más ocupar su sitio (frente a mí en una pequeña mesa esquinada) y pedirse un refresco, se puso a hablar sin interrupción, resultándome en el acto patente que llevaba la lección bien aprendida.

—Cuando echo una mirada hacia atrás —comenzó en tono pomposo—, doy por hecho que mi vida es una sucesión casi perfecta de acontecimientos y emociones: millones y millones de segundos íntimamente interrelacionados en los que me veo a mí misma levantándome por las mañanas, comiendo, hablando, riendo, llorando, etc. El problema surge cuando trato de convertir todo eso en algo más definido, cuando intento congelar en el tiempo, al azar, ese fluir continuado de actos y sensaciones. Porque es entonces cuando me doy cuenta de que son muy pocas las cosas que «de verdad» soy capaz de recordar. ¿Me sigues? Hago un primer esfuerzo y tan sólo me vienen a la cabeza dos o tres imágenes inconexas de mi infancia; hago otro más, poniendo esta vez todo mi empeño, y a aquellas imágenes solo consigo sumar unas pocas más de mi actual edad. ¡Y eso es todo!... —Se irguió llevándose teatralmente ambas manos a la cabeza—. Resulta que mi pasado se reduce a esas poquísimas imágenes, dispersas y sin aparente relevancia, que aparecen y desaparecen como por encanto, caprichosamente, en mi mente; y resulta también que el resto de mi existencia la constituyen enormes lagunas de meses y años de los que no sé prácticamente nada. Mi vida es por tanto un gran agujero. Mis memorias son esencialmente invenciones: reconstrucciones más o menos creíbles de acontecimientos casi olvidados y que, con mayor o menor habilidad, «toco de oído». Mi imaginación ha tenido por ello que rellenar demasiados huecos. Lo que en un momento dado me ocurrió fue sin duda muy distinto a lo que ahora imagino. ¿Quién es capaz de reproducir una conversación mantenida diez años atrás? ¿Quién de describir lo que hizo en la mañana de su quince o diecisiete cumpleaños? ¿Acaso puede alguien detallar lo que le pasó después de cruzar la verja de su colegio en cualquiera de los miles de días en los que así tuvo que hacerlo? Y, sin embargo, todos y cada uno de esos hechos fueron esenciales cuando ocurrieron, constituyeron la esencia de nuestras preocupaciones y alegrías, formaron parte de nuestra vida. —Se detuvo para beber y me miró con mucha atención, tratando sin duda de averiguar la impresión que sus rebuscadas frases me habían causado. Casi intimidado, me pregunté entretanto a dónde quería llegar y de dónde habría sacado toda aquella palabrería, que más parecía el fragmento de un sermón mal escogido que una conversación entre amigos—. Ya sé que te estás preguntando que a santo de qué viene todo este rollo —continuó como si hubiera leído mis pensamientos—. ¿No lo adivinas todavía? ¿Qué crees que recordarás dentro de unos pocos años de lo que nos pasó ayer? Si de lo que sucede a lo largo de nuestra vida casi no recordamos nada, ¿qué piensas que ocurrirá con lo que hayas podido sentir durante un solo día? ¿Crees en serio que lo que te haya pasado con esa chica (y no hace falta ser muy lista para imaginarlo) va a tener en el futuro la más mínima importancia para ti?... —Volvió a beber y aguardó un par de segundos, hasta estar segura de que yo no quería intervenir todavía—. Sé que estás pasando por un momento complicado —añadió con algo más de calma—. Te entiendo y reconozco además que yo puedo tener mucho que ver con ello. Te presiono sin darme cuenta. Muchas veces debo de resultar pesada, aburrida y cosas bastante peores. Pero lo hemos pasado muy bien, ¿no? Nos ha gustado mucho estar juntos. Hemos compartido un montón de cosas. ¡Casi dos años ya! —suspiró—. Y te conozco lo bastante como para estar segura de que lo que te está ocurriendo ahora con esa chica es solo un capricho que se marchará de tu cabeza del mismo modo en el que ha llegado. No me interesan los detalles. Todos tenemos derecho a algún desahogo pasajero. Nos gusta soñar y, si encima eres de los que se dejan llevar por los instintos, ya se sabe... Estoy dispuesta incluso a hacer la prueba, a apostarme contigo lo que quieras a que después te morirás por volver conmigo. Demostraría (eso debe quedar claro) la poca consideración que el uno por el otro nos tenemos, pero sería capaz de sacrificar mi dignidad (y fíjate bien en lo que te digo) porque no tengo la menor duda de que, de dejarte ahora, nos arrepentiríamos durante el resto de nuestras vidas. Yo no quiero estar arrepintiéndome el resto de mi vida. No hay nada que justifique algo así. Prefiero sufrir unos cuantos días a tener que estar arrepintiéndome el resto de mi vida. ¡Qué diferente lo nuestro de lo que te haya podido pasar estos días! ¿Cuántos han sido? ¿Dos? ¿Tres? ¡Como si no te conociera a estas alturas! —Se sacó un pañuelo de papel del bolso y se lo pasó por los ojos, de pronto humedecidos—. ¿No tienes nada que decir? —Me sorprendió entonces, clavando en mis ojos su mirada clara—. ¿Sigues sin saber qué responder? ¿Te parece ridículo lo que te estoy diciendo? ¿Vas a seguir dejando que hable sin decirme lo que piensas? ¿Crees que no he sido aún lo bastante sincera contigo?

—¡Elena! —resoplé entonces estúpidamente sin saber cómo continuar. ¿Qué responder a aquel torrente de ideas confusas y enrevesadas, cuya única finalidad era dejarme absolutamente claro que no tenía ninguna intención de tirar la toalla? Podía inventar mil historias para explicar por qué estuve la víspera con Verónica en el garaje de mi apartamento, y dejar que las cosas siguieran como hasta entonces. ¡Bastante claro me había dejado Elena que estaba dispuesta a lo que fuera con tal de que no rompiéramos! Pero yo no quería eso, sino (tanto si lograba ver de nuevo a Verónica como si finalmente me quedaba solo) podérmelo pensar con calma durante una temporada—. Apenas conozco a esa chica, y no ha pasado nada con ella. No se trata de eso... —conseguí hilvanar unas cuantas frases—. Que a mí me apetezca estar a mi aire unos días no tiene nada que ver con ella. Eso que te quede muy claro. Respecto al resto, no sé si tienes o no razón, aunque seguramente la tendrás porque da la impresión de que has estado pensando a fondo en todo ello. Yo, sin embargo, no he pensado nada —mentí—. Me he limitado a dejarme llevar, como tú dices, por mis instintos. Es lo que llevo haciendo toda mi vida, y no sé hacer otra cosa. Por eso mismo, y si antes te he entendido, no estaría mal que nos diéramos algún tiempo... Hasta que vuelva a tener las cosas más claras...

—Entonces será que no me has entendido, Roberto —contestó Elena rápidamente, echándose sobre la mesa. Su voz tembló ligeramente y sus dedos quedaron anormalmente estirados sobre el tablero—. No se trata de hacer lo que te dé la gana ni que me tengas esperando indefinidamente como a una idiota mientras te desahogas. Antes me he referido a esa chica porque sigo creyendo que lo que te ocurre tiene que ver con ella. Si no fuera así, que lo dudo, se trataría únicamente de que ambos cambiáramos. Podríamos darnos algún tiempo, por supuesto; algo razonable y muy concreto. Yo dejaría además de ser tan pesada —rió nerviosamente—, dejaría de atosigarte, por ejemplo, con las vacaciones, y tú... Tú tratarías a cambio de ser más comprensivo... ¿No entiendes lo que te quiero decir? —continuó tras observar extrañeza en mi cara—. Quiero decir que en todas las relaciones hay altibajos, sin que por ello tenga que pasar nada; significa que tienes que reconocer que me quieres por más que en tus actuales circunstancias te creas con derecho a sentirte libre como una paloma. Estoy tan segura de que nadie es capaz de hacerte tan feliz como yo, de que acabarías volviendo a rogarme de rodillas que te perdone... Pero, que quede muy claro —levantó un dedo acusador—, eso solo podría llegar a ocurrir si el tiempo transcurrido fuera muy poco, si yo hubiera sido capaz de aguardar mirando desde la ventana como una monja de clausura, si no me hubiera sentido entre medias excesivamente mal. ¿Cómo se llama? —preguntó abruptamente.

Tardé unos segundos en dar su nombre, tras insistir de nuevo en que apenas nos conocíamos.

—Verónica... —repitió ella haciendo memoria—. No, no me suena.

—¿Te parece bien que dejemos de vernos durante, por ejemplo, diez días? —dije después, deseando dar por finalizada cuanto antes aquella conversación.

—Nos vemos entonces en diez días —me sorprendió Elena una vez más. Consultó el reloj y se puso en pie—. Aquí y a la misma hora, las siete —añadió besándome en la mejilla, sin darme a tiempo a que me levantara—. Y si no puedes aguantar tanto, ya sabes: me llamas.



En cuanto quedé solo tuve el convencimiento de que pasados aquellos diez días pensaría lo mismo o que, incluso, lo tendría todavía más claro porque mi obsesión no hacía sino aumentar. ¿Cómo podría estar Elena tan segura de que se trataba de algo pasajero?



La tarde era luminosa y muy templada. Todo el mundo parecía haberse echado a la calle. Caminé calle Ponzano arriba hasta el cruce con Bretón de los Herreros, y me metí en el bar de unos conocidos. Tenía sed, y me tomé varias cervezas muy seguidas. Sintiéndome alegre y confiado, marqué a continuación el teléfono de Rodrigo desde una cabina y, tras informarme él de cómo había acabado la víspera lo de la pelea y contarle yo cómo había ayudado a escapar a Verónica, le pregunté que si había vuelto a saber de ella.

—¿Has ayudado a esa fulana después de lo que me hizo? —gruñó al otro lado de la línea.

—No me quedó más remedio —le aclaré—. Corríamos en la misma dirección, cojeaba y yo tenía el coche allí mismo. Te estuvimos esperando un buen rato...

—¡No quiero volver a saber nada de ella! —siguió mi amigo en el mismo tono—. Llámala tú si tanto te interesa saber cómo está. ¿Vas a salir esta noche? —preguntó después.

—No tengo su teléfono —contesté, sin darme cuenta que había pasado por alto su última pregunta.

—Así que sí que te interesa... —Dejó pasar unos segundos—. ¡Qué lástima! —Y cortó.

Regresé a mi apartamento tan sólo por saber si Verónica me había llamado entretanto, pero en el contestador no encontré ningún mensaje. Decidí dejar una breve nota en su portería. «Espero que estés bien. No tardes en llamarme. Por si hubieras perdido mi número, te lo doy de nuevo...». No obstante, su portal ya estaba cerrado cuando llegué, y tuve que aguardar casi una hora hasta que salió un vecino. Enganché entonces el sobre en el cristal de la garita del portero, y volví a la calle. Deambulé en vano por lo mismos sitios que la víspera y, aburrido y medio borracho, me metí en la cama ya muy de madrugada.



Pasaron otros tres días sin recibir noticias de Verónica. Y aunque se me ocurrieron algunas ideas para tratar de forzar un encuentro (dejar otra nota, hacer guardia en su portal, localizar su número de teléfono a través de la guía...), acabé desistiendo de todas ellas. Tuve la certeza de que aquellas estratagemas, lejos de servir a mis fines, la ahuyentarían, y me resigné a esperar. Elena me llamó sin embargo en esos mismos días en cinco ocasiones, siempre con burdas excusas del tipo «no recuerdo el teléfono de...» o «¿has visto por casualidad en tu apartamento mi...?» Pero supe mantenerme firme y salí airoso de todas ellas. Tuvo buen cuidado no obstante de recordarme en cada una de aquellas ocasiones los días que me quedaban para despejar de una vez mis dudas. ¿Cómo reaccionaría cuando le dijera que, definitivamente, quería que lo dejáramos? Tenía el presentimiento de que no se resignaría. Si había aceptado que «me desahogara» durante diez días, ¿qué más no estaría dispuesta a consentir por poder seguir conmigo? ¿Hasta dónde no sería capaz de llegar cuando descubriera mis verdaderas intenciones? Tratando de imaginar lo que, en términos de fracaso, supondría para ella que la abandonara, me pregunté una y otra vez por las consecuencias que aquella decisión me acarrearía, y –aunque de manera muy difusa– lo único que logré fue sentir una preocupación que más se parecía al miedo, pues desconfiaba del carácter impredecible de Elena, de sus frecuentes caprichos y, sobre todo, de sus súbitas resoluciones que, tan pronto quedaban adoptadas, pasaban a convertirse en fieras e inamovibles.


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