Excerpt for South Beach by Diego Fonseca, available in its entirety at Smashwords

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South Beach

Diego Fonseca

South Beach

© 2011, Diego Fonseca

2011, Ediciones Recovecos

ISBN 978-987-1414-45-1


Diseño de portada: © Álvaro Araya U.

Fotografía de portada: © Álvaro Araya U.


Todos los derechos © 2011, Diego Fonseca.

ISBN 978-987-1414-45-1


© Diego Fonseca, todos los derechos reservados. Con autorización previa y por escrito del autor se permite la reproducción, almacenamiento y transmisión total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, sea eléctrico, mecánico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, siempre que cualquiera y/o todas esas acciones no tengan fines comerciales.



Si no vi la luna, es que no había luna en el cielo.”


Paul Auster, «El libro de las ilusiones»





A Teo y Bahíyyih, risa y brisa.

Índice



Caramelos de Omega-3 (South Beach)

Caracas de noche

Bananas para monos

Churretes, farolas y lamparosas trolas

El hombre de los perros

Una buena y sana sopa de pollo

El último comunista de Miami

Caramelos de Omega-3 (South Beach)



Honey,” I said to Myrna the night she came home. “Let's hug awhile and then you fix us a real nice supper.” Myrna said, “Wash your hands.”

Raymond Carver, «Mr. Coffee and Mr. Fixit»



1.

El Omega-3 es muy bueno para la salud, qué duda cabe. Desde hace un tiempo como un caramelo al día por indicación de mi mujer. Quiere que baje mi colesterol. Yo digo que mi colesterol es como de dos mil, sólo para molestar, pero ella se lo toma en serio y suele corregirme en público. Si así fuera, ya habrían colapsado todas tus venas y arterias y tu corazón sería una esponja aceitosa, dice. Tendría la sangre como puré.

Conozco un tipo que dijo haber tenido el colesterol al mil quinientos y que por esa condición debieron extirparle la vena safena. La vena safena es la más larga del cuerpo humano, dijo el tipo. Va de la ingle al pie. Yo ya sabía lo primero y tuve intenciones de corregir lo segundo, porque es exactamente al revés: la vena safena va del pie a la ingle. ¿Cómo lo sé? Debo haberlo leído a la pasada o lo aprendí en una clase de biología de la secundaria. El punto es que ahí quedó el recuerdo, gravitando en la memoria, esperando que lo recoja de un anaquel.

Qué dirección tuviera la vena no era un asunto de tránsito que ocupase a mi madre, a quien no importó el error del señor. Ella es una mujer mayor y el tipo de la safena es su plomero, un caradura por quien siente algún tipo de dependencia o admiración —por tal, dependencia— y que siempre halla algo, real o ficticio, para hacer en la casa.

La casa de mi madre debe tener más visitas del plomero que ratas. El sujeto es, apropiadamente, su cirujano cardiovascular. Ha abierto paredes y pisos para descubrir el sistema interno de circulación sin jamás dar con el problema mayor, pero inventando alguna nueva pérdida o tapón cada dos o tres meses para meter pico, pala y martillo.

El punto es que, en casa de mamá, donde estamos de visita, el caballero acaba de decir vena safena y ella ha respondido con un ay, de terror. Mi madre es exagerada y para todo dice de terror. Da igual lo que sea. Con el tiempo he llegado a deducir que el de terror se le sale espontáneamente como a otras personas les brotan los “oh” o el silencio, muchas fruncen la frente o chicotean la lengua. A mi madre le sale decir de terror.

Cuando se lo escuché por primera vez supuse que sería pasajero. Ese tipo de frases que la gente toma de boca de algún famoso de la televisión y que, por intermedio de esa legitimación fugaz que provocan las entidades catódicas, se repiten durante cierto tiempo. Es posible que hubiera comenzado así, pero el dueto terrorífico ha superado la moda efímera y perseverado por años. Digo más: es tan alarmante el modo en que ha ganado terreno que ya reemplaza una parte considerable del léxico y referencias de mamá.

Al comienzo, lo utilizaba para catalogar algo que no comprendía —un imponderable, circunstancias y hechos más allá del control de lo humano, o como mínimo, de su propio control. Ahora lo repite sin sujetarlo a circunstancia alguna. Por ejemplo, si cae un avión porque fallaron los flaps debido, pongamos, a que el personal de tierra trabaja a reglamento, mi madre dirá que, tanto la caída del avión como el empleo a desgano, son de terror. Si el calor aprieta o el frío congela el agua de las cañerías, fenómeno más que deseable para su plomero, dirá que toda responsabilidad recae en esa humedad o este tornillo de terror. Lo mismo si el niño del vecino llora de puro malcriado, las hormigas se comieron el limonero, la ciática está acabando con medio barrio o el gobierno reduce las jubilaciones.

Al final del tiempo, el terror en mi familia no provoca lo que debiera. Se ha convertido en una muletilla que, excluida mi señora madre, nada más provoca risa.



2.

El día que el plomero habló de su vena safena ocurrió lo de Mae. Esa fue la última ocasión en que escuché a mi madre decir de terror en persona. A la madrugada siguiente, tomé con Mae el avión rumbo a casa, a miles de kilómetros del plomero cardiovascular y mi progenitora terrorista.

Recuerdo bien aquello porque este señor dijo que una vez que le quitaron la vena safena él mismo pidió al médico que la reserve. A ver si me explico: el pedido no fue antes de la operación, sino durante. Desconozco cómo un paciente anestesiado y postrado en una cama de cirugía puede tomar a la lucidez por el cuello y hacerle decir algo a un médico. Sin embargo, este caballero parecía ostentar numerosas virtudes, entre ellas la inocultable habilidad de convencer a mi mamá de que romper otra pared era imperioso para determinar la causa de un ruidito cualquiera.

Éste es todo un tema. Ha sido infructuoso convencer a mamá de que su casa es una reliquia de madera y piedra y que los crujidos de las antigüedades son su modo natural de quejarse, protestar y reclamar. Como cualquier viejo, o sea, como ella, que ya tiene demasiados años en el cuerpo. Tampoco ha valido argumentar que la mayoría de los ruidos son producto de la dilatación y contracción de los materiales.

A mi madre esas afirmaciones le resbalan. Prefiere creer los embustes de su plomero, incluso hasta cuando aseguramos que, antes que una pequeña gota molesta carcomiendo paredes y piso, lo que suena son las tejuelas del techo bajo el peso de un ladrón osado. Para ella esas son bromas macabras de su hijo y nuera, siempre predispuestos a burlarse de una anciana amorosa a la que ven como un trasto molesto, un mueble al que cada año se lo mueve un poco más al fondo hasta terminar cubierto con una sábana blanca.

En esa cosmogonía, nosotros, suerte de Edipo y Elektra, somos perversos criminales del amor maternal y el único ser compresivo es el plomero, que le cobra. Sólo él, dueño del conocimiento definitivo, filósofo de las goteras, advierte la profundidad de la malevolencia de esas pérdidas propiamente definidas por mamá, y ahí vamos otra vez, como filtraciones de terror.



3.

Volviendo al plomero bajo cirugía, este buen señor contó que requirió al médico que pusiera en hielo la vena safena extraída, pues había leído que podía ser utilizada para un bypass cardíaco a futuro y él, hombre previsor, pretendía conservarla en caso de ser aquejado por una insuficiencia. El médico debió sentir una impotencia idéntica a la mía con mi madre. Puedo imaginar su impaciencia explicando al sujeto que una vena safena no es un kilo de tapa de asado que puede atesorarse en el refrigerador por meses, pero el plomero está hecho de una argamasa similar a la de mamá.

Tanto insistió el sujeto que finalmente le dieron la safena cubierta de hielo. Él, presurosamente, la guardó en el freezer de la cochera de su casa. Así, informó a mi madre aquel día, no sólo evitaba que le pusieran un conducto artificial si se le ocluía una vena —que Dios no quiera vaya a ocurrir— sino que podía jactarse de no verse sometido a la usuraria requisitoria de pagar por el dispositivo. Porque, aseguró, era por demás bien conocido que, hoy por hoy, una de las tareas más lucrativas de los antiguamente serios médicos es inventar dolencias. De ese modo, podían venderle a sus desprevenidos y crédulos pacientes tratamientos, medicamentos y prótesis que les permitían seguir engordando su cuenta bancaria, la de laboratorios y fabricantes de equipo médico y sus sosías.

Era un asunto hasta ético que dividía a la humanidad en una dicotomía absoluta: los médicos roban; los plomeros salvan vidas.

—Las personas somos un gran sistema de tuberías —explicaba a mamá—. Unas cañerías traen el agua, otras se llevan la mierda. De vez en cuando se taponan y ni el sistema central de drenaje, que funciona aquí —se señaló la cabeza— puede hacer nada. Entonces, ¿quiénes vienen a evacuar la impureza? Los profesionales. Ahora —levantó el índice, persuasivo y determinante—, aquí está la gran diferencia: yo, mi señora, puedo darle garantía por cada caño que toco. Pero dígame, con la mano en el corazón, ¿acaso estos mercaderes se hacen responsables de los chirimbolos que le meten a uno en el cuerpo?

—Y sí, por donde se lo mire, son de terror —concluyó mi madre.

Obvié todo comentario.



4.

Lo que ocurrió a Mae ese día también involucró a médicos. Aprovechamos la visita a mamá y fuimos a ver a su antigua ginecóloga. Ordenó varios estudios. Los resultados de los análisis estuvieron para cuando el plomero fue a la casa. Mi mujer y yo nos jactamos de tener una salud de hierro así ya no seamos jóvenes. Ejercitamos con frecuencia y nuestra dieta es saludable, entrañablemente mediterránea, equilibrada de fenoles y flavonoides, proteasas y esteroles.

Claro que todo admite excepción. En este caso, ese pequeño detalle es un asentado gusto por las carnes rojas. Lamentablemente, no se hacen tortillas sin romper huevos, como dice mamá, así que el consumo de carne vacuna, aunado a una carga genética favorable al desarrollo de colesterol nervioso, ha ido empujando los triglicéridos de Mae hacia las nubes. Misteriosamente, no sucedía lo mismo con los míos, creía yo entonces, pero eso no era lo importante. A los efectos prácticos de cualquier relato, lo que a mí me ocurra en la vida dista de ser lo que a nosotros nos ocurrirá.

Y eso ha sido que Mae decidió que ambos suspendiéramos el consumo de grasas animales y comenzáramos a ingerir Omega-3. Ese mismo día, con mi madre sentada a la mesa, ensayé ante mi mujer mis justificaciones para evadir la ordenanza. Demostré, por ejemplo, mi fervorosa admiración por la riqueza ictícola del planeta y el profundo respeto que profeso por toda vida sub-oceánica. Tal era mi consideración, que degustaba peces y productos de mar con pronunciada frecuencia y en sus más variadas presentaciones. Fritos, horneados, a la parrilla, al horno, al vapor, crudos y encevichados. Con o sin verduras, a la milanesa o empapelados, encocados, calientes o fríos y demás suertes.

Por ende, tenía un par de resistencias con la nueva militancia de Mae. Primero, no deseaba someterme a una dieta tan estricta que nada más incluyese pescado y desechase terneros y chancho. No iba a asumir su fundamentalismo orgánico pues, sencillamente, yo no sufría su mismo inconveniente. Segundo, las píldoras de Omega-3 saben muy mal. Feísimo. Fatal. Asqueroso, dije, y miré a mi madre, que había seguido mi argumento revolviéndose en el asiento, esperando el momento en que agotara mis sinónimos para hacer su aporte definitivo. Ese momento arribó tras el “asqueroso”. Apenas suspendí la enumeración, mamá concluyó el monólogo con un muy natural “el sabor del Omega-3 es de terror”.

Así sean producto de años de disquisiciones, mis argumentos carecen de validez científica, peso político o vigencia cultural una vez que mi mujer toma una decisión. Es una roca más firme que las paredes que el plomero amartilla. Nobleza obliga, a Mae esa determinación siempre le ha entregado resultados asombrosos. Una vez, por ejemplo, anunció que bajaría diez kilos en menos de dos meses sin renunciar a nuestra dieta tradicional. Dicho esto, se encerró a diario en el gimnasio, no cedió al agotamiento ni se distrajo con abulias, y repitió sus ejercicios ante el espejo, una y otra vez, como un hámster desmemoriado. Por supuesto, dado su metabolismo privilegiado, en cuarenta días había perdido doce y no diez kilos.

Ese mismo empuje llevó los caramelos de Omega-3 a mis manos y, de allí, a mi estómago.



5.

El paquete, de esmerado diseño color naranja, lleva la marca GNC y dice “Omega-3 Soft Chews”. Es un suplemento dietario empacado al vacío. Dentro del sobre, un paquete de aluminio esconde sesenta caramelos de dos gramos. Tienen buena pinta. Rectangulares y consistentes, aunque sin la dureza plástica del caramelo de goma deshidratado. Parecen verdaderos; saben muy bien. Dulces, sin atisbo de la amargura del Omega-3.

Por real decreto de Mae, mi dieta consiste en ingerir un caramelo a diario. He leído el prospecto. Dice que a lo largo de la jornada puedo comer hasta tres, siempre que sea con alimento. Pero mi esposa desea perpetuar su duración. Costaron casi veinte dólares y, como ambos los necesitamos, deben alcanzar para quince días exactos, nunca menos. Cuando acabemos con ellos, dijo, nuestro colesterol habrá bajado como un buzo de profundidad.

Así el mío no necesite hacerlo, me dije a mí mismo. Esa silenciosa sabiduría pronto cedió paso a una más inteligente decisión de no rebelarme al deseo pétreo de Mae y, una vez probados los caramelos, a una grata aceptación del Omega-3. Una vez converso, me repetí que lo que abunda no daña. Al final del día, debo aceptar que esos dulces ayudarán a reducir el riesgo de una enfermedad coronaria, mantener mi presión arterial en valores normales y soportar la salud de articulaciones, cerebro y piel. Y admito que me gusta su sabor a cítricos. Fair enough, then.



6.

A la semana de comenzar con los caramelos de Omega-3 fui a mi chequeo médico habitual. El diagnóstico fue un pasmo. Desde la anterior revisión, varios meses atrás, mi colesterol había subido de ciento cincuenta a casi trescientos. La presión sanguínea golpeaba el techo pidiendo salida. El médico, con quien ya tengo una relación amistosa, me informó que mi pecho incubaba un infarto de proporciones calamitosas.

Yo no entendía nada. Después de calmar los nervios, le detallé cómo mi dieta se había regulado más allá de todo exceso. Mi mujer me tenía controlado y había asumido la misión de reducir el exceso de grasa en mi sangre con los benditos caramelos de Omega-3. El médico aceptó que, con esas medidas de cuidado, algo más debía existir. Atamos cabos y pronto hallamos la raíz del problema.

Para empezar, desde hacía dos meses había reducido el ritmo de ejercicios. Hasta entonces, iba al gimnasio cinco veces a la semana; luego, dos. En medio fuimos con Mae a visitar a mi madre. Uno conoce qué sucede en la cocina de las madres cuando las visitan sus hijos. Poco importa si la prole tiene las hormonas activamente alteradas, las primeras arrugas tejidas sobre la frente, o pecho y cabellera del tono del Kilimanjaro. Su afán por agasajar con delicias hogareñas sólo es superado por la carga calórica de sus panes, la mantequilla de campo y la leche gorda, esos pasteles de texturas imposibles, tortas esponjosas de crema y manteca, colaciones enceradas, y una inimaginable dotación de salames, chorizos y carnes frescas faenados, en el día, en el matadero local.

Admito mi indolencia. Regreso al terruño y pierdo el estilo. En mi defensa, arguyo que en aquella visita jamás pensé que estuviera comiendo más de lo debido y peor de lo aconsejado. Hacía tres años que no visitábamos a mamá y uno tiende a convencerse de que el tiempo sólo transcurre para los demás. Pero yo ya estoy en una edad definitiva, una en que cada achaque vale por siete. Recién ahora, con el médico escribiendo una extensa receta de medicamentos impronunciables, caigo en la cuenta que debí considerar el adelantamiento de mi vejez antes de entregarme a la bacanal materna.

Volví a casa con la resignación instaladd en las bolsas de los ojos y la comisura de los labios. Una vez que conté lo sucedido en el consultorio y mostré la receta a mi mujer, se acabaron mis oportunidades de vértigo. Mae me arrancó el celular de las manos, marcó el número del GNC más cercano a casa y ordenó tres nuevas bolsas de caramelos Omega-3. Acto seguido, dijo que me informaba que esa noche mi cena constaría de pescado al horno y panaché, que de allí en más mis harinas serían integrales —o desaparecerían—, y que aquel día finalizaba la ingestión de cualquier carbohidrato malo. De inmediato.

No me quejé. Era consciente de que la dotación de dulces de la alacena enfrentaba un batallón de fusilamiento instantáneo, pero no me quejé. Claro que tampoco pude evitar imaginar un par de asuntos. Era gracioso: Mae hablaba con el despachante de los caramelos y yo veía las latas de leche condensada caminando con patitas de Mickey Mouse rumbo a la puerta de casa. Las acompañaban los potes de mantequilla de maní, que cargaban sobre sus cabezas una tableta de chocolate Lindt.

Oh, mujer del averno, pérfida Dalila, odiosa enviada de Kolot Embolot.

De más está decir que la campaña no acabó allí. A la breve aunque profunda desazón por el velorio de mis días dulces, la sucedió un enfado pronunciado. Fue cuando de boca de Mae emergió la peor clausura esperable: sin cortapisas ni consideración por mis afectos, una buena noche decretó que también era el momento de quitar del menú mi copa diaria de vino tinto. Vaya provocación. ¡Ni el médico me impedía libar mi uva santa!

Intenté censurar tanta marcialidad ejecutiva y creo que no es necesario aclarar que fracasé. Mae tomó el mando de la cocina, se negó a escucharme —el oído de piedra, claro— y cerró la conversación, que ya se acaloraba, argumentando que el vino, como todo alcohol, fija las grasas. Para terminar de punzarme, advirtió que había notado —¿de qué modo?— que no estaba asistiendo al gimnasio como cuando la acompañaba a ella, y que más me valía retornar a las máquinas y al treadmill a la brevedad en beneficio de mi salud.

Todo esto ocurría con ella de pie al centro de la cocina y conmigo apoyado sobre la mesada, protegiendo los finales de un Monchenot cuya botella escondía tras la espalda. Tanta fue su firmeza y convicción, tanta decisión hubo en sus gestos, que no atiné a moverme cuando se acercó a mí y, con un solo movimiento, estiró el brazo, tomó la botella de vino, retrocedió dos pasos, le quitó el corcho y la elevó hasta ponerla en medio de nuestra línea visual. Sabía qué venía, y fue una provocación que en cualquier época histórica sería motivo suficiente para una guerra de exterminio. Tres pasos después, el pico de vidrio se inclinó sobre el ojo del drenaje y la media botella de Cabernet Sauvignon se perdió por las cañerías.

Eso se llama ser hija de puta.

Mae hizo todo sin quitarme la mirada de encima un solo segundo. Mi molestia fue severa y su amonestación me humilló, así que yo también tomé medidas. Le informé que me iba a la cama sin cenar su maldito pescado con verduritas, jodida estalinista de Brooklyn.



7.

El amor asume formas impensadas. En el bamboleo de mareas y contramareas, hay saltos frenéticos de las negaciones absolutas a las más cálidas manifestaciones de contención y cariño, todo en muy escaso tiempo. El amor es un termostato fallado, diría el plomero de mi madre. Me atreveré a concederle la razón, así sea por un instante. Las temperaturas del amor son desconcertantes. Como Mae.

Al llegar la medianoche, mi estómago era un agujero habitado por aguiluchos famélicos. El hambre y la ausencia de sueño se retroalimentaban. Al final, ni pegaba un ojo ni detenía el alboroto intestinal. Acabar con las vueltas en la cama exigía una solución draconiana, así que, con el mayor sigilo, me deslicé hasta la cocina. Algo hice mal —¿el crujido de la madera, el sonido de la puerta del refrigerador al abrirse?— o quizás mi mujer ha comenzado a reemplazar su sueño de leñador por una duermevela de guardia de regimiento en guerra. El asunto es que no pude probar bocado del trozo de queso que me había robado: Mae me lo arrebató antes de que pudiera terminar de olerlo. No la escuché llegar tras de mí: el hambre no sólo enceguece; también profundiza la sordera.

Lo supe de inmediato: no me serviría de nada defender la tesis de que un diezmo de queso no hace daño alguno y, en cambio, proporciona al hambriento beneficios inmediatos, como silenciar las tripas para entregarse al reposo deseado. (Esta fue mi conversación íntima: Veturio Calvino, la batalla está perdida de antemano; mejor aguarda a que tu samnita imponga la pena.)

Muy sabia la mayor parte del tiempo y en extremo lista cuando desconoce los trasfondos de algo, Mae arrojó el queso al basurero sin darme explicaciones. Fue indulgente, pero a punto estuve yo de descontrolarme. En ese segundo que precede a todo desafuero, ya me veía elevando la voz, removiendo sillas, empuñando el enojo en el aire. Nada sucedió. Otra vez sin pronunciar palabra, mi mujer se anticipó a toda reacción, tomó una bolsa de verduras congeladas del freezer y las arrojó al microondas, que en minuto y medio las devolvió echando vapor. Laqueó luego los vegetales con media cucharada de aceite de oliva y les calzó encima una rodaja de pan multigranos.

Me estiró el plato sobre la mesada y me lo señaló con la palma de la mano, invitándome a degustarlo. Luego se rascó los ojos, bostezó, me besó en la mejilla y se fue a la cama.

No soy pusilánime. Podría haber desafiado antes su avaricia o cuestionado su evidente soborno, pero cerré el pico. Me comí las verduras, el orgullo y la hiel, que sabe muy bien con oliva. No quería ni pensar en un castigo superior por oponerme —podría haber sido obligado a lavar la verdura para quitarle la escasa oliva, por ejemplo. Más bien, comí deprisa, sin ensayar una mueca. Me dormí a los pocos minutos de meterme a la cama, anestesiado por el calor del estómago.

A la mañana, Mae me despertó con huevos revueltos con jamón de pavo, que según ella podía comer sin problemas. Interesante: primero las verduras de la noche con algo de pan; luego un plato con una dosis atractiva de colesterol. Crédulo o no, sopesé que mi mujer estaba levantando las barreras de las imposiciones. En el trabajo esa idea ganó más espacio, al punto de que auguré que Mae podría haber recapacitado sobre el alcance de sus prohibiciones. Más aun, hasta especulé con que podría aceptar una invitación a cenar en un restaurante de carnes. Esas y otras ideas se mostraron vanas cuando recibí uno de sus habituales SMS. Me informaba que tenía dos opciones: o me inscribía en la dieta South Beach o pasaba por la Atkins.



8.

Las cosas se han estado despeñando desde el día del correo electrónico. No hablo de mi salud sino de nuestra vida. A Mae le informaron que la cadena de tiendas de enseres para el hogar en la que trabaja como directora de marketing va a cerrar sus puertas. A mí me redujeron los encargos en el estudio de arquitectura. Como si el día fuera un océano amargo, nadamos sin fuerza en una desazón pesada, apenas moviendo el agua, tragando a bocanadas la sal de la lágrima.

El país se hundía desde hacía meses pero nosotros no sentíamos la ciénaga bajo los pies. Mae y yo, cada uno en su área, trabajamos con familias más o menos adineradas, siempre entre las últimas en recortar gastos. Cuando lo hacen, ya no hay dudas: es el fin. Ahora vamos a volar en pedazos o, cuanto menos, a asfixiarnos de melancolía profunda.

Ya he visto esto pero, como cualquiera, he optado por bajar los párpados al tremendismo. Ocurre habitualmente: ponemos el ojo en alerta recién cuando esos alrededores ya nos aferran del brazo. Hasta que a Mae la informaron y a mí me notificaron que ganaría un treinta por ciento menos por proyecto —eso o la calle— veíamos la televisión con cierta apatía. No estoy diciendo que fuéramos insensibles; sólo un perverso disfruta la angustia ajena. Pero para nosotros la crisis era algo que ocurría lejos de casa, en un afuera indistinguible. Algo que pasaba a los demás. Era verlos reclamar y pobre gente, escucharlos y qué lamentable, sentirlos llorar y te acepto otra copa de vino, presenciar los reclamos con pancartas y ¿todavía hay Montes Alpha?

Hasta que la tragedia nos incluyó en el reparto. Comenzamos a preguntar si también nos ocurriría como a esa señora de Martinsburg que perdió su casa cuando le restaba pagar una sola cuota al banco. Los mil quinientos míseros dólares que se demoró dos meses en depositar hundieron una inversión de treinta años en la que había dejado cientos de miles. Fue una injusticia, de las que hay a diario. Así se nace y se muere aquí.

¿Seríamos ella o nos ocurriría como a esa familia de Las Vegas que habían tomado créditos para una nueva vivienda —más grande, más bella y escandalosamente más cara—, que habían vuelto a aumentar su deuda para enviar a los hijos a la universidad, para comprar un auto y un wagon y hasta para renovar el mobiliario? Padre y madre perdieron sus empleos, las cuotas del colegio aumentaron, los gastos en el supermercado se hicieron imposibles. Ahora vivían en un trailer park en las afueras de la ciudad. Sus vecinos eran nuevos desgraciados como ellos, algunos caídos del cielo un par de décadas atrás y los inquilinos permanentes, esa clase de WASP deshilachado que vive en los márgenes colgado de un Marlboro y canta el himno cuando se ducha.



9.

Anteayer hablé con mamá. Con el ánimo por el subsuelo, la había evitado semana tras semana. Estos meses han sido como si nos engraparan el alma. Mae y yo cambiamos el switch a un humor decadente. Si no nos dejamos arrastrar a la profundidad del desconsuelo, mordemos a los vecinos como perros callejeros.

Vivimos, si vivimos, respirando un aire taciturno. La concentración me demanda peaje. Mi jefe me ha reclamado por las demoras en entregar los pliegos de un edificio. Llegó a amenazarme con incluir una nota en mi foja, algo impensado en mi vida anterior. Me he labrado un nombre a punta de profesionalismo y he vivido de su renta, sobrado de autoridad. Pero ahora vago, vivo en suspensión. Me asaltan las ideas peregrinas y el miedo compite con la flojera. Soy otro yo, un hueso de goma que tironean los perros de los supervisores.

Mi oficio principal en estos días es mirador de ventana. Lo que veo es desolador. Los edificios de vidrio y metal expulsan gente a chorros como si se les hubiera descompuesto el sistema digestivo. Apuesto conmigo mismo contra error. ¿Son aquellos treinta abogados del Ivy o banqueros de inversión de JP Morgan? ¿Quién vende pancartas por monedas a los parados del Bank of America: protestantes pagados o los desempleados de Microsoft que convirtieron Starbucks en un fumadero?

Con Mae ocurre algo similar. Ella siempre ha sido más enfocada —o bien no me ha estado diciendo todo cuanto le ocurre, y puede ser, pues tiene sus horas de reserva y mutismo. En su trabajo han puesto una fecha límite para la clausura: fin de mes. Dentro de veinticinco días todo el personal perderá sus posiciones. Permanecerá quien acepte la degradación de convertirse en vendedor, echar a la basura su salario y llevar el dinero al bolsillo únicamente por comisión, siempre que coloque una buena punta de productos.

Pues bien, hemos hablado del asunto. He dicho a Mae que puede renunciar al trabajo sin tragar clavos. No es que esté loco o sea suicida: simplemente es mejor así. Quiero protegerla. Para eso estamos hechos los hombres, al final de las horas. Mi salario nos da cierta holgura, además. No tenemos urgencias o deudas cuantiosas. Quizás yo pueda regresar a los proyectos independientes. Podría retomar los contactos con los inversores que me tentaron el año anterior, pienso. La relación con ellos terminó bien.

Sí, podría funcionar, aunque no puedo ocultar mi nerviosismo. Hay días en que imagino esos proyectos y financistas ardiendo en el sexto círculo del infierno. O en el séptimo, o en el cuarto. Preservo a Mae de esas ideas. Ya dije y volveré a decirlo: ha tenido suficiente y no quiero abrir la puerta a más pesares. Es mejor que sobrelleve esta mala racha —porque eso es, una racha de mal momento— sin tensiones extra. Por lo pronto, ha dicho que pensará mi idea de largarse del puesto.

La dieta ha sido lo único realmente bueno. He perdido tres kilos, me siento más liviano y descanso mejor. No me atacó el hastío y, muy a pesar de lo que creía, salí triunfante en la pulseada para controlar mis impulsos hacia grasas y dulces. Claro, en más de un momento pude sucumbir a embadurnare el rostro con mantequilla de maní y mermelada de moras, pero saqué voluntad del pozo ciego del alma y pasé la prueba. Expulsar el azúcar del cuerpo no es asunto ligero. La crisis de abstinencia es levemente inferior a la del tabaco —que experimenté años atrás— y tampoco se olvida. El deseo físico es superlativo. Como con la nicotina, tus manos se vuelven garras, la boca se reseca, no hay agua que calme la ansiedad. Más de una vez me he visto tentado de calificar la situación citando la adjetivación terrorista de mi madre.



10.

Hablando de ella, en todo momento evité transmitirle la carga de desesperanza que he acumulado desde que la crisis —nuestra crisis— se desató. Con todo, si en el pasado obviaba introducirla en cualquier tema espinoso de mi relación con Mae —no corresponde—, esta vez estuve a punto de desahogarme.

Mi mujer y yo tenemos una excelente convivencia pero hemos comenzado a manifestar el desgaste y la emergencia de la tensión incubada por la crisis. Como si, a falta de batallas externas, hubiéramos girado nuestros cañones hacia el otro, alentando silenciosamente la confrontación. Como si quisiéramos culparnos mutuamente de la culpa del mundo. Como si no nos conociéramos. Lo sabemos: arrojándonos los platos por los aires no resolveremos nada. Pero, un demonio, necesitamos tomárnosla con alguien y salir victoriosos de una. Es inevitable.

Mamá siempre ha seguido CNN para conocer detalles de las ciudades donde vivimos. Nos hemos mudado varias veces de país. Perú, Alemania, Ecuador. Ahora, Estados Unidos. Por lo general, la información que obtiene no pasa de la temperatura y la humedad, aunque en más de una ocasión se ha dado con algún hecho relevante y en horario central. Cuando eso sucede, lo que sigue es el repique del teléfono de casa.

Durante estos días ha seguido a pie firme las novedades del desmoronamiento del país. Quiere que le cuente de la inflación y el desempleo, de la mujer que murió en Chicago asfixiada por el humo de su cuarto auto en el segundo garage de su tercera casa nueva. O del hombre que metió a toda su familia en la piscina y conectó la electricidad. Claro, también pregunta por mi empleo, mis jefes, la tienda de Mae, y Mae.

He esquivado la inquisición con inteligencia. Dudo que haya intuido mi ánimo real. Al cabo, la reconduje a que hable de su propia vida. He dicho bien: prefiero escuchar sobre el plomero destructor hablando de la corrosión de las tuberías de la casa de mamá que sentir mi propia voz tragando clavos al mencionar la corrosión de las tuberías de mi economía. No lo hago sin esfuerzo, naturalmente. No me sale bien: tengo escaso oído para la cotidianidad de mamá.

A ella esto la tiene sin cuidado. Mamá —¿toda madre?— cree que su vida es de los escasos temas impostergables y de amplia convocatoria. Su universo gira en torno a los soliloquios, preferentemente propios. En mis momentos malos, y eso es cuando no deseo desnudarme, como ahora, entrena su habilidad para parlotear hasta quedarse sin aire. (Digo esto reconociéndome injusto, pero así es un hijo.)

Esta vez, sus andanzas vinieron bien para no pensar. Era obvio, casi todo cuanto tenía por decir refería al innombrable sujeto de siempre, el plomero. Pero al menos en este día, el tema me atrapó desde el principio: el tipo había hecho un descubrimiento en la casa, y no era una pérdida de agua. Resulta que, caminando por el baño, oyó algo hueco bajo sus pies. No estaba equivocado: yo mismo, Mae y mi propia madre sabíamos de la existencia de un mosaico con falso movimiento.

Con la venia de mi madre, el plomero rompió. Al principio no dio más que con lo evidente: una solitaria pinta de pegamento unía la cerámica al concreto. Luego, quizás impelido por el deseo de rapiñar más monedas o puede que redondamente convencido de que allí había algo más, comunicó a mamá que tendría que seguir machacando el suelo del baño. Allí podría haber algo importante.

Las campanas de alarma se desataron en mi cabeza: ¡dólares, ahorros, dólares, gastos, dólares, dólares, dólares! Quise interrumpir el relato en ese mismo instante. No me parecía razonable que mamá gastase más dinero en los entuertos de ese timador. Si había alguna urgencia, me repetía mientras las palabras seguían brotando al otro lado del teléfono, yo no podría socorrerla. De hecho, si Mae se quedaba sin trabajo, era un gran signo de interrogación si podría socorrer nuestras propias finanzas por más de siete u ocho meses.

Pero no era el punto. No podía introducir a mi madre en mis desasosiegos —ya dije, no corresponde— y además el relato avanzaba sin pausa hacia la revelación de lo importante, el secreto que halló el plomero. Primero me dijo que ella misma estuvo a punto de detener las obras, no tanto por su costo sino porque su handyman, yendo y viniendo con materiales, le estaba haciendo un guadal de terror en el living y el comedor con los pies sucios. El plomero le explicó que no tenía otro modo de trabajar y la calló sin empacho. Si tanto le molestaba, respondió, que se ponga a limpiar ella pero que a él lo deje hacer su trabajo en paz. Y que si no le gustaba lo que estaba haciendo, él tapaba todo y ella se las arreglaba solita y sola.

—Si quiere, vaya y consiga otro, pero a ver si como están las cosas le sale otro como yo, baratito y confiable, siempre dispuesto —dijo mi madre que finalizó el plomero, hundiéndole la uña en el centro de su corazón sensible.

Es conveniente aclarar que mi madre y este hombre tienen una relación de millones de años. Son, a su modo, amigos. Se quejan y disgustan mutuamente, se hurgan sin miedo las flaquezas, se lamen como gatos. Mis quejas apuntan al dinero, en virtud de que no puedo negar cierta inquietud por su destino, pero comprendo bastante bien la génesis, desarrollo y mantenimiento de esa convivencia. Con el plomero, mamá ha reemplazado a mi padre y a las amigas que año tras año van llenando panteones. En alguna medida, también llena mi hueco, su única familia en pie —y definitivamente distante.

El señor, además, va a la casa con frecuencia. Eso, para una mujer de edad avanzada como mamá, con dificultades para moverse, es casi mejor que los cortejos amorosos de los veinte. También admito que el hombre no sólo vive del dinero de mamá. Hace más por ella que cuanto cobra por demoler paredes y cambiar tuberías. Mantiene el césped del patio, que no es pequeño, poda los arbustos y fumiga los árboles en primavera y verano. En más de una ocasión le ha hecho los mandados a la despensa. Y no han sido pocas las veces en que ha corrido a la casa para sacar a mamá de la espantada y el hipo al que la someten las arañas, los sapos y los alacranes que se meten por la puerta del comedor. Cada uno en su casa, son una suerte de amantes platónicos con contrato y cláusulas largamente establecidas. Válgame dios, que entre ellos no hay intercambio más cercano que la saliva del mate.

En realidad, creo que no debiera quejarme tanto de este hombre, pero soy así.



11.

Después de picar y cavar por dos días siguiendo un hueco interminable, la acertada intuición del plomero reveló el tesoro: una caja de galletas. Era de chapa, antigua, de color rojo, con filigranas amarillas, café y rosadas en los costados. La tapa tenía una foto antigua, de cuando las mujeres usaban faldones, calzas, capellinas y sombrillas, y los hombres portaban unos muy masculinos mostachos cuya hidalguía sostenían a fuerza de Glostora.

Mamá dijo que la caja estaba perfectamente sellada por la herrumbre, lo que mantuvo íntegro el contenido. Llegados a este punto, mi imperiosa necesidad de dinero me sugirió la idea de que estábamos ante un monedero dorado. Por un temerario segundo esperé joyas de una cuantía razonable, documentos que podríamos capitalizar de alguna manera, una herencia desconocida de alguna tía improbable.

Me avergüenza nada más pensarlo. Por fortuna, mi última chispa de sensatez me lavó la idea de la cabeza en el momento en que mamá desgranaba el detalle de objetos de la casa. Había figurines de futbolistas de los años 40, fotos de un matrimonio con un pequeño (¿el dueño de la caja?), bolitas de vidrio, un tubo de metal de pastillas DRF lleno de monedas del año 1925, y una carta dirigida por un tal Manuel a su abuelo, también Manuel, en Orense. En el fondo, encajados, dos discos de vinilo de 45 rpm: la orquesta de Firpo y el “Piu Sexy” de Pino DAngio’.

Me alivió que el hallazgo fuera tópico. Apenas una vieja caja de recuerdos de niño, como la que tuve yo. Mamá dijo que adentro también había una factura por una bicicleta y otra por un traje —de pantalón corto—, ambas a nombre del tal Manuel B. Concluyó que, si no se equivocaba, el propietario no era otro que Manuel Bierzo, el carpintero retirado, un hombre de su edad fallecido varios años atrás y, además, el único Manuel del pueblo.

Esta vez, cuando intuí que comenzaría a contarme la historia completa de Bierzo, actué rápido. Interrumpí y le impuse una misión inmediata —inmediata, mamá—: que el plomero llevase la caja y su contenido al hijo o nieto del carpintero para que la familia pudiera disponer de la memorabilia. Coincidió, con inteligencia, en que eso le daría una muy grata sorpresa a los Bierzo, especialmente porque, según ella, la esposa del tal Manuel jamás se había repuesto de la pérdida del marido. De todos modos, informó, no sería el plomero quien oficiaría de comisionista sino ella misma.

Que te vas al carajo, mamá. La frase se me escapó de la punta de la lengua pero, por bien educado, me corregí y disculpé antes mismo de que ella dijese agua va. No podía permitir que asumiera esa responsabilidad. ¿Por qué tomar el asunto como propio? Le expliqué que su viaje era innecesario y riesgoso porque, por lo que recordaba, la carpintería de Bierzo quedaba en la otra punta del pueblo, y eso la obligaría a subir y bajar lomas y pendientes pronunciadas. Mi madre deshizo la idea como si fuera vapor

Hijo, soy una mujer mayor pero, según mis dos médicos, no soy idiota, así a veces lo creas. Llamaré un taxi y asunto terminado. ¿Cómo crees que tomaría un riesgo de esos, querido? Por favor, sería de terror.



12.

Mae renunció al trabajo. Ayer.

—Te hice caso —me dijo.

Así no más. Ay.

Su jefe, antes amable y simpático, se había transformado en Grouchy Smurf. La situación lo había superado; trabajaba arrastrando la piedra de Sísifo. Mae era su persona de confianza y, ante su dimisión anímica, terminó cargando parte de la responsabilidad de gestionar la relación con el personal.

No era fácil: para entonces, esa gente era un hato de indisciplinados. La crisis empujó a todos a la indolencia. Pocos cuidaban las formas, no ya ante los clientes sino ante los mismos ejecutivos de la compañía liquidadora de las tiendas.

Estos señores venían de India y compraron el inventario de la cadena a los dueños cuando el negocio empezó a irse al garete. Obtuvieron precio preferente —el cash manda— y comenzaron a liquidar en secuencias. Las primeras semanas venderían los productos con descuentos del diez por ciento; luego sumarían otro diez sobre el diez, más tarde un veinte y así sucesivamente, hasta acabar con todo.

A ningún vendedor sujeto a comisión le viene en gracia vender a valor decreciente. No vale la pena esforzarse para que la comisión se mantenga o reduzca. Pero sucede que la empresa en cuestión —a quienes todos empezaron a llamar Los Liquidadores— reunió una mañana al personal e informó que quien no consiguiera un mínimo de ventas obtendría una compensación salarial pagada. No estaba mal para el personal pero era un suicidio para la empresa. Haciendo cuentas prontas, los vendedores notaron que la compensación salvaba el esfuerzo de trabajar. De ahí a que se perdiera la escasa disciplina y aplicación, segundos. Pero igual no dejaron de protestar.

La tarea de incentivarlos recayó en Mae y su jefe. Pero el buen hombre tenía encima los ojos de Los Liquidadores —él recibiría un bono cuanto más temprano fuera el cierre— y resentía el desempeño avieso del personal. Así las cosas, comenzó a perder los papeles y empezó a fastidiar a Mae pidiéndole que resolviera lo que, en cualquier circunstancia, era responsabilidad de cada vendedor o, en último caso, de él.

Fue la buena relación que mantenían lo que habilitó a Mae a reprocharle al jefe su ausencia y falta de sentido. El hombre, un redneck de Wichita, padre de siete hijos, lo encajó honrosamente. Se comprometió a echarse más carga sobre los hombros y haría sentir la respiración cerca a los vendedores. Mae sintió alivio por ese resurgir, pero la espalda del hombre estaba doblada y a los pocos días volvió a vacilar. Desde entonces, no salía de la oficina más que para cerrar las puertas de la tienda, que con cada semana que pasaba se parecía más a un desordenado, sucio y maloliente departamento de soltero.

Un buen día de mitad de semana, el bien constituido andamiaje nervioso de mi mujer se desmoronó. De la nada. Cargando una caja de una góndola a otra, comenzó a llorar. Así de simple. Quizás se le enredó una tela en la pierna y no pudo quitársela; quizás se tropezó con una caja tirada; quizás escuchó a un vendedor maltratar a un cliente. No importaba: con cada paso por el pasillo, una creciente de lágrimas le inundaba el rostro. El llanto era profundo pero ajeno, como si brotase de la tierra.

Me llamaron; corrí a buscarla, pero el tránsito me retuvo. Cuando arribé, dos horas y media después de la primera lágrima, Mae todavía lloraba.



13.

Almorzaríamos y luego prometí hacerle un regalo. No sabía bien qué, pero la idea se me antojaba como un modo comprensivo de ayudarla a desahogarse. El asunto se reducía a devolverle el buen tono a los nervios.

La comida funcionó. Mae se tomó un respiro de la dieta, tan o más estricta que la mía. Ordenó una ensalada verde, un suculento plato de pasta y postre. Con dos copas de vino en la sangre, para cuando encargamos el café, se le había relajado el gesto. Todavía tenía los ojos inflamados.

Yo seguí el régimen. Ordené ensalada —más suculenta que la suya—, té helado y un pescado a la plancha, sin salsa ni aceite. Lo acompañé con verduras hervidas. Cero pan. Cero postre.

Antes de abandonar el restaurante, Mae pidió hielo, lo envolvió en una servilleta y se lo posó sobre los párpados. Recuperaba la vanidad.



14.

Volvimos a casa con oscuridad cerrada. Las compras fungieron de bálsamo definitivo para el ánimo de mi mujer. Fui generoso. Tapé de obstáculos toda una avenida de sinapsis odiosas y dejé la idea del gasto fuera de mi mente. Así nos paseamos por ropa de noche, casual, zapatos, cosméticos y perfumes. Jamás puse en entredicho la línea final del recibo.

Mi preferido fue un vestido de fiesta, negro, con escotes en la espalda y el pecho. Mae tiene un cuerpo privilegiado y eso hace del acto de vestirse una ceremonia simple: nada más deja caer la tela como agua. Completó la operación marcándose las curvas con las manos. Luego se levantó los pechos, elevó la barbilla y giró la cabeza a izquierda y derecha. Dio un breve giro y se observó la espalda en el espejo. El espectáculo me sugirió que más tarde debíamos darnos algún solaz íntimo.

En el departamento nos esperaban cinco mensajes en el contestador. La secretaria de la oficina me pedía entregar los planos de una casa en la bahía —los había entregado— e informaba que la reunión de staff del día siguiente se retrasaba tres horas: había supervisores con vuelos demorados. Los otros cuatro mensajes eran de mi madre. Nada extraño.

Los repasé velozmente, dejando correr unos pocos segundos para enterarme del tema y evaluar el tono de voz de mamá —urgente, tranquilo, jovial, preocupado. En ese rubro, todo normal. En el temático, los mensajes repetían un mismo asunto: la cajita y el plomero. Quise borrarlos, pero Mae propuso escucharlos en detalle. Por qué, no lo sé, pero tampoco me opuse: no facilitaría que una contrariedad resquebrajase su carácter de cristal recién reconstituido.

En el primer mensaje, mamá contaba que había ido en taxi —aclaró a ver a la señora de Manuel Bierzo. Es bien sabido hasta aquí que, en persona o al teléfono, ella habla mucho. Mas, cuando no tiene quien la intimide o interrumpa, y eso sucede cuando habla con el contestador, se desenvuelve en una profusión de detalles aun más innecesarios que los habituales. La única persona que logra detener su verborrea es mi mujer, una magnífica narradora. Infortunadamente, no estaba allí cuando el contestador hizo pip y a miles de kilómetros comenzó un relato desordenado, pletórico de calles ciegas, ramas de otros árboles y autopistas con más carriles que el acceso a Los Ángeles.

Me ceñiré a lo central. Mamá dijo que la viuda de Bierzo ya no era más una señora doliente sino que se había casado con el sastre Spagnuolo, que había dejado a su mujer después de cuarenta años de matrimonio. Ella, mucho mayor que él, no tuvo decoro en pasearse del brazo con su amante por el centro del pueblo, alimentando el escándalo y el correveidile. Igual, aunque no aprobaba para nada ese tipo de comportamiento, que era de terror, tuvo una linda y conmovedora charla con la dama.

Una vez que abrió la cajita de galletas, a la viuda que ya no era viuda se le llenaron los ojos de lágrimas y la asaltaron los espasmos. Mamá temió que fuera a suceder algo grave pero, bondadoso es el Señor, allí estaba el plomero, que rápidamente intervino. Mae y yo escuchábamos el relato por el speaker, divertidísimos, hasta que escuché el plomero. A punto estuve de rebelarme pero, mi esposa me censuró con un chistido: mi inconveniencia no le arruinaría un buen cuento.

El plomero las dejó —antes anunció que, sin costo ni compromiso, le daría una repasada a la casa de la viuda para ver si todo estaba en orden— y la mujer se lanzó a repasar los años con el carpintero Manuel Bierzo. No habían sido, como suponía mamá, el inquilinato del Edén. Bierzo tenía el carácter amargo y no había hallado otro modo de endulzar su frustración que agarrándoselas a martillazos con el mobiliario, sin discernimiento entre propio o ajeno y con demasiada habitualidad.

El hombre, dijo la mujer, resentía no haber retornado a Galicia para estudiar con su abuelo Manuel, en apariencia un escultor de alguna prosapia en Orense y Vigo. Su existencia en ese pueblo era un atasco devenido naufragio. De hecho, hijo y nieto de familia de navegantes, Manuel Bierzo repetía que aquella, su vida, era algo parecido a un bote amarrado a un muelle. No iba a parte alguna, carecía de destino y gloria y acabaría destrozado contra farallones y pilotes por la saña de las olas. O de la gente.

El viejo murió, el hijo la abandonó y la mujer se derrumbó. La viuda pasó a vivir de vender los muebles de la casa y los ahorros acumulados por Bierzo, a la sazón el único carpintero de la zona. El sastre apareció una vez que los dineros de la herencia se agotaron y la doña se enfrentaba a liquidar, forzosa y malamente, la casa. Mi madre puntualizó que lo de “apareció” era un decir, pues bien sabido era que el señor y la señora se conocían desde hacía tiempo y hablaban mucho y seguido.

El tiempo del primer mensaje se agotó cuando se disponía a dar detalles. Mae pidió que no corriera el segundo hasta que ella volviese del baño.



15.

Mentira o verdad, el sastre había ilustrado a la viuda sobre su matrimonio: letargo y moscas. Lo movilizaba el deseo de desprenderse de su sebosa mujer pero estaba aterrado de las consecuencias. Se quedaría vacío, con nada más que ofrecer que cuanto buscaba: compañía.

Aquí mamá introdujo un relato —una clásica divagación— que distrajo nuestro interés. Hablaba de las buenas ropas que cosía el hombre —mi padre tenía dos de sus ternos— y de su entrega a la fe religiosa. Supimos que en el pueblo lo hacían afecto al trago y al juego, aunque a ella no le constaba. Por lo demás, tenía un pasar llano. En su vida nunca hubo grandilocuencia; tampoco privaciones.

Retomó. Un día, el sastre entró a su casa, metió las ropas de la mujer en varias maletas, la tomó por el brazo y la subió a un taxi estacionado en la puerta. El taxista estaba sobre pagado y con la orden de llevarse a esa loca a la casa de su familia, a doscientos kilómetros del pueblo. Mi madre dijo que la mujer no se quejó. Era como si hubiese estado esperando el desenlace. Se dejó conducir con tanta docilidad al auto que, sugirió, es posible que en su mente no hubiera más que una o dos ideas. Algo como por fin o por qué no se te ocurrió antes.

—¿No te parece de terror, hijo? —preguntó mamá al contestador telefónico.

Pronto sastre separado y viuda de carpintero se aquerenciaron, primero saliendo al mismo minuto de la misa de once del domingo y caminando a la distancia; a los meses, del brazo y sin embozos. Luego comenzaron a compartir prolongadas conversaciones los sábados, en la plaza, o en el cementerio, adonde el sastre acompañaba a la viuda a limpiar y reponer las flores del panteón de Bierzo.

El merodeo se mantuvo por años. Cuando ella se puso muy mayor, el sastre vendió la casa, juntó los ahorros y se mudó a la propiedad de Manuel Bierzo. Mi madre, que no es una timorata, no aceptaba esa decisión. En este segundo mensaje aceptaba comulgar con la idea de que sastre y viuda tuvieran un romance, pero consideraba de terror que el buen señor ocupase la cama de Bierzo.

—Es como si mañana yo dejase entrar al plomero a las mismas sábanas que compartí con tu padre, que dios lo tenga en la gloria.

La carcajada de Mae tumbó las paredes: se reía de mí. Me asaltó el bochorno, como si se tratase de un niño celoso. Una convicción intestinal me empujaba a callar a Mae y a corregir a mamá. ¿Era posible que estos meses hayan tensado mis nervios tanto como para que una sugerencia banal —que el plomero pudiera acostarse junto a mi madre en el lugar de mi difunto padre— me enfermase el humor? Lo era.

Mae notó mi alteración; me corrigió con suavidad.

Ni lo pienses —ahogó la risa—, que lo dijo como al pasar. Fue un como si.

Elegí creerle, pero seguí inquieto. Ya veríamos qué perdiz saltaba adelante. El resto del mensaje se agotó en criticar al sastre por aprovecharse del vacío dejado por Bierzo. Supuse que el cuento concluiría con otro de terror pero mamá dejó descansar su afición. En los mensajes posteriores tendría oportunidad de actualizar la muletilla.



16.

Mae trajo café a la sala. Permitió que tome el mío con una cucharada (de té) de azúcar negra. Ya estábamos echados sobre el sofá, sin zapatos, como cuando éramos novios y alquilábamos películas en el videoclub del barrio. Creo que sentíamos que el recitado de mamá era una actualización familiar de un radioteatro, uno donde la multitud de personajes se reducía al cacareo de una señora con demasiadas historias vividas.

Lo llamativo es que, en este mensaje, mi madre había tendido el manto del olvido sobre las decisiones de la viuda de Bierzo y hablaba de ella como si fueran chanchas amigas. De hecho, se refería a la señora utilizando la palabra amiga, con un muy personal deje de afección. Tal parece que habían hablando durante buen rato y el naciente cariño era verdadero: mamá tiene dos temas sensibles —cocina y jardinería— y en ambos la viuda se graduaba con honores.

Por un lado, alabó la buena mano de la viuda para la pastelería. Esto es algo importante porque sólo santifica si degusta y gusta. (Mamá no precisa comprobación para las críticas, que reparte con celo democrático y gratuidad.) Ocupó un buen tiempo en transmitir detalles de la técnica de la mujer para manufacturar una tarta de duraznos con crema chantilly. La técnica, por supuesto, era distinta a la suya, aunque igualmente respetable.

La viuda también acertó en poseer idéntico dedo verde para el jardín. Como ella, contó, tenía islas de color en el patio, palabra que volvió a empujar la risa al rostro de mi mujer y el carmín a mis mejillas.

[Un aparte necesario. Sucede que lo de las islas de color es una denominación que me pertenece. Surgió a raíz de que, desde niño, arrastro la imposibilidad de disfrutar del verde sin que esté cortado por algún trasplante vegetal de mamá. En efecto, si aprendí a andar en bicicleta rápidamente y adquirí un quiebre de cintura envidiable para la gambeta futbolera, fue porque debí arreglármelas para empezar a pedalear o dejar atrás rivales esquivando los jazmines, nísperos, rosales, gladiolos, lilas, azucenas y cuanto plantío mamá distribuía sobre el césped del patio familiar.

Esa vocación floral era como llenar un cuerpo con lunares: si no se la controla, destroza tu vida. Tomé revancha de grande. Compré la casa en el pueblo, contraté albañiles —el plomero fue otro, no éste— y mudé a mis padres allí. Como me gasté una pasta, mamá quedó a cargo de controlar que nada se viniera a menos. Le gustaba, sabía hacerlo y por entonces, mucho más joven, no le costaba esfuerzo ejecutar las tareas de mantenimiento. Tal era su afán que no quitó dedicación a la casa ni el mismo día en que falleció papá. Cuando lo que era disfrute trocó en dificultad, coincidió más o menos con la aparición del plomero.

Mamá fue feliz en la casa del campo desde el mismo día de la compra. Yo suponía parte de su felicidad y la comprobé cuando le mostré el patio del solar: una bella lámina de pasto inglés. Sus ojos adquirieron cierta concavidad ante la visión. Patio abierto: mamá era una leona seleccionando presa en una convención de cebras. ¿Adónde pondré las margaritas? Creo que allí, al centro, quedarían muy bien un limonero y dos manzanos. O tres. Y naranjos a los lados y un cerezo detrás. Y en ese hermoso hueco de césped, gardenias y helechos, lilas y tulipanes. Y magnolias, violetas, iris y hasta una buganvilia o una pasionaria para la medianera.

Me adelanté a ese impulso criminal y, tomándola de la mano, la guié hasta el centro del parque. Allí, con una magnífica vista periférica del patio, le informé que la única condición que había para concederle la administración de la casa era conservar puro el césped. Le quedaba vedada toda intervención. Lo quería liso como una felpa, suave cual campo de golf. Ninguna rosa debía espinar allí y no habría coronas de novia regando de blanco el llano. Nada. Si quería poner flores, tendría que crear, ahora sí, islas de color. Por cautela y sabiduría —conozco a mi madre— sólo le autorizaría a poner dos. Dos y sólo dos. Ningún invento, como sus pequeños arreglos florales provisorios que se ganaban derecho inmediato de permanencia, tenía derecho de piso. Dos-islas-dos. Y ya.

La idea debió haber disparado su ingenio porque me ganó la pulseada casi tan fácilmente como lo hace mi mujer. Aquello que yo imaginaba como islas no era sino un pequeño espacio de apenas dos metros cuadrados donde descansaría una sola variedad de flores o plantas. Pretendía escapar al rejunte de amarillos, rojos, violetas, blancos y toda la gama del arco iris al que mamá me acostumbró desde pequeño.

Si mi mujer es la astucia en un cuerpo sólido y breve, mi madre es la gobernanta de una satrapía hecha a medida. Sobra decir que lo primero que surgió en la casa fue el cambalache. Fue cuidadosa en cuanto a la superficie cubierta por el festival multicolor. Eso sí, lo acepto. Décadas después de aquella orden, las islas siguen siendo dos y sólo dos y ninguna excede la superficie que yo marqué entonces sobre el terreno.

Ahora bien, que mencione sobre el terreno tiene su razón de ser. Como en momento alguno fijé la altura de las islas, a falta de tierra, mi madre tomó el cielo. Literalmente. Enterró un par de viejas escaleras de metal en el centro de una de las islas e hizo soldar a las barras cuatro brazos por lado. Allí fueron a dar una glicina monumental e infinidad de macetas de tamaño diverso rellenas de la primavera floral marca de la casa. Con la segunda isla, algo similar: el tronco de un viejo pino seco fungió de tótem. Allí serpentea otra hidra y seis ramas artificiales sostienen, todavía hoy, un segundo e igualmente nutrido regimiento de plantas.

En resumen, cumplió. Las islas tienen la superficie pactada, así parezcan atalayas florecidas.]



17.

Las amistades de los viejos no requieren trabajo. Cubriendo un expediente mínimo de similitudes y gustos se mantienen hasta el adiós. De mayores, las exigencias nos restringen la sociabilidad. No hay demasiados días para apostar a exquisiteces. Pienso mucho en esto a medida que avanzo a la hora negra. Algo así ha de haberse atravesado a mi madre y a la viuda del carpintero, dos mujeres muy de suyo, dueñas de una inteligencia práctica vivaz y veloz, gastadas como papiros.

A juzgar por el entusiasmo creciente que irradiaban los mensajes de mamá, la señora compartía su concepción multicolor de la vegetación domiciliaria. Y dado que también coincidían en tener un pasar relativamente holgado y una salud cuya fortaleza mermaba cada calendario, era de esperar que siguieran viéndose. No tenían urgencias pero tampoco tiempo. Eso estaba informando mi madre, además de que quizás la invitase a la casa un día, cuando se le acabó el tiempo del tercer mensaje. Escuchamos que la próxima reunión sería un domingo. Después, pip.


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