Erótica
By Armando Añel
----------------—
Copyright 2011 Armando Añel
First Edition
Published by NeoClub Ediciones at Smashwords
ISBN: 978-1-936886-44-9
Smashwords Edition, License Notes
This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each recipient. If you’re reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then please return to Smashwords. com and purchase your own copy. Thank you for respecting the hard work of this author.
----------------—
Periodista. -¿Qué es Thamacun?
Cronista. - Un islote al norte de Cuba, conquistado por piratas, colonizado por los ingleses e invadido y arrasado por el colectivismo puntoCON en 1960. Tras el Tercer Éxodo, Thamacun es el territorio físico que deviene territorio cibernético y, sobre todo, territorio espiritual, donde la libertad es promovida a través de la diversión, de la desmitificación creativa. En Internet, Thamacun se vuelve Erótica, Cumberland, Playa Hedónica. ----------------—
Índice
Idamanda y el caso de los poetas puntoCON
Idamanda y el caso de la Isla de Man
La desaparición de la marquesa
Idamanda y el desbarajuste de los vertederos inservibles
Una interpretación alternativa
Idamanda y el acertijo de la desaparición del carpintero
Galería de próceres (IV)Banderas sucesivas
Idamanda y el misterio del ocultista refugiado
Las notas secretas de Cabrera Infante
Idamanda y el caso de la bloguera manipulada
Idamanda y la paradoja del doble puntoCON
El asesinato de la calle Acosta
Idamanda y las cinco pistas fundamentales
La aclimatación de los conversos
Idamanda y el caso de las sexólogas ambulantes.
Una construcción inconcebible.
Idamanda y el caso del ruiseñor enjaulado
Acoso y derribo de los trebejos thamacuneses
Una historia que se cuenta a sí misma
Idamanda y el misterio de los galardones itinerantes
Idamanda, la Zorra, la Modélica y el Caballero
La rivadavia en el himeneo (Smoke in the water)
Idamanda y el caso del blog inbilingüe
Sobre la denominación de origen
Idamanda y la tercera venida de los anónimos
----------------—
Desnuda frente al mar, en el balcón de la que ya no es su casa. Reconociéndose en ese otro nombre: Idamanda. Aleteando contra el dédalo de los arrecifes, sobre el fragor del oleaje habanero. Ardiendo en el deseo de quienes la contemplan desde el malecón, allá abajo, boquiabiertos, tirando sus bicicletas, chiquillos persignándose erotizados. Celebrando, incrédulos, su desnudez implacable. Lágrimas negras. Aquellos ojos verdes. La luz que en sus ojos arde. Richard y ella misma posteando en sus recuerdos, fluyendo a través de una blogosfera atestada de troles, defendiendo con uñas y dientes el Recinto de los Estrados —el Consejo de Próceres y Delegados (el Consejo de los Consejos)—, desde el que un día el Reducto predijera la degeneración de la capital cubana. El salitre en sus ojos (los de ella). Chicago —Playa Hedónica en Chicago— en su memoria. La ciudad de los vientos hecha espuma en este recodo del Caribe desplazado ya, sin que Idamanda haya caído completamente en la cuenta, por el Hecho Thamacun.
Pero, ¿qué era Richard del Monte sino una extensión de ella misma? ¿Por qué La Habana ya no era lo que había sido alguna vez, lo que fuera en sus recuerdos, en su piel, en sus tacones? ¿Cómo detener el avance puntoCON en el radio de una capital desconectada, donde la palabra “Internet” apenas si podía considerarse una broma de mal gusto? ¿Qué obstáculos aguardaban más allá de la insistencia con que el Anónimo Estresado, el Tirador Platónico y tantos otros ultranacionalistas de opereta pretendían desvirtuar el Gran Salto Adelante? ¿Qué obstáculos, en fin, cabía superar para sostener Erótica, donde las piaras abonaban la arena del deseo desde la que florecía La Playa? Se penetró levemente, con el índice de la mano derecha, y enseguida se llevó el dedo a la nariz. No reconocía el olor de su sexo. Olía a él (allá abajo, la chiquillada rugía). Ella era él. El Hecho en la sangre, Cumberland alterando definitivamente las reglas del juego.
----------------—
La historia es relativamente conocida. Tras conquistar La Habana en 1762 y permanecer en ella durante once meses, los ingleses pactaron con España el canje de Cuba por la Florida. El artículo 19 del Tratado de Versalles, de febrero de 1763, especificaba que “el rey de la Gran Bretaña devolverá a Su Majestad todo el territorio que ha conquistado en la Isla de Cuba”.
Lo que no ha recogido la historia oficial es que tras bambalinas, sin que figurara en el documento, ingleses y españoles acordaron dejar fuera de las negociaciones —o mejor: dejar por incorregible— el islote de Thamacun, referente cultural de lo que luego sería Erótica, o Cumberland1. El debate en torno al islote bien pudo dinamitar el Tratado de Versalles, pero a fin de cuentas los ingleses se salieron con la suya.
El Reducto, eventualmente ocupado por los británicos, sería finalmente abandonado por éstos. Al momento de su retirada —a finales del siglo XIX, cuando la independencia de Cuba tocaba a las puertas—, la población del islote, de mayoría inglesa —aunque tampoco faltaban descendientes de iberos, africanos y holandeses—, no sobrepasaba los diez mil habitantes.
Tras bordear la República y observar, a prudente distancia, el ascenso al poder del castrismo, el antiguo Thamacun sobreviviría como comunidad cibernética. Ello no ocurrió sino hasta muy entrado el siglo XX, luego de que la institucionalización del totalitarismo en la vecina Cuba dividió ese país y desató uno de los más populosos éxodos de que se tenga noticia. Los habitantes de La Playa, salvo raras excepciones, sostienen que la patria es un hijo, una mujer, Internet, un cuerpo desnudo. Cumberland erotizada. Una ventana al mar.
----------------—
¿Quién es el Diablo? En la historia de Thamacun la interrogante jugaría un papel fundacional2.
Malver Adenauer, “El pirata de la mano de hierro”, había arribado al Reducto en la primavera de 1669, cuando un tercio de la armada española peinó tras su rastro la periferia de las Islas Tortugas. Amaba a los cerdos. Veneraba una iconografía porcina en la que el hecho de flotar en las márgenes, regurgitando el esquizofrénico fluir de las ideas, adquiría forma, sentido e identidad. No es que le interesara particularmente esto último —Malver abordaba la identidad como abordaría un ropero—, pero indudablemente disfrutaba, con creciente frecuencia, el “discreto encanto” de la transgresión. El cerdo mismo podía ser el diablo. El cerdo fornicando. La cadencia de las caderas del cerdo —la idea misma de las caderas del cerdo— desmoronándose en la densidad del espasmo seminal. El semen del cerdo podía ser el diablo. Un ángel caído, las alas cortadas, súbitamente evanescente. El rosa de la abominación.
La nación escarmentada en la imagen.
Cuando en 1669 Malver Adenauer fundó Thamacun, había abandonado en su huida numerosas inseguridades. Ya sabía, por ejemplo, dónde se iba a morir. Y por qué. La Quinta Ley de la Cofradía comenzaba a ser un recuerdo brumoso, progresivamente inconsistente a medida que circunvalaba el islote. Lo acompañaban su mujer, dos hijas y varios de sus seguidores más leales. Hacia el sureste, los españoles sodomizaban las islas. Hacia el noroeste aún quedaba tierra por conquistar, lo que después sería Estados Unidos3.
----------------—
Entre los próceres de la desmitificación y, en general, el estamento culturalmente asentado de Thamacun, la idea de que los próceres de la sentencia representaban el antiguo orden estaba bastante extendida. Unos perfectos desconocidos —buena parte de las veces—, sin ascendiente alguno sobre la población ni otro rasgo distintivo que su, a ratos, insistente capacidad para el aforismo, habían disfrutado durante décadas del reconocimiento, o por lo menos la aceptación, de la inmensa mayoría de los thamacuneses (consideraban). No dejaba de ser, cuando menos, un fenómeno curioso.
Un fenómeno que se consolidaría paulatinamente en el islote, hasta caracterizar, convertido en tradición, el itinerario de Cumberland5.
La primera sesión del Cónclave de las Sentencias data de 1863, aunque algunos sostienen que todo comenzó en el verano de 1866. Un grupo de delegados razonables propuso a Guido Cementera, entonces encargado de Relaciones Públicas de Thamacun —con los ingleses en el gobierno, estos cargos eran meramente representativos—, instaurar una suerte de mesa redonda oratoria que, estructurada en torno al sentimiento cultural predominante, tradujera en palabras el Hecho Thamacun. Las sesiones se celebrarían cíclicamente, cada tres años. Antes, un proceso de primarias separaría la paja del trigo.
En 1866 el voto popular dedujo tres sentencias ganadoras:
-“Haber llegado a la cima, significa tener que volar” (Augusto Drury).
-“Cuando el destino sonríe, no le puedes pedir la carcajada” (Jeremías de los Reyes)
-“En toda ciudad hay un momento en el que sientes que puedes, o debes, corromperte. Es el momento de emigrar” (Bartolomé Caspar).
La segunda sentencia ganadora provocó lo que se conoce en el argot thamacunés como un “debate interior de referencia”. Durante años, incluso décadas, numerosos próceres, delegados y ciudadanos comentarían críticamente el aforismo. ¿No le puedes pedir la carcajada? ¿No era acaso Thamacun un punto de partida hacia lo inimaginable? ¿No ofrecía el Gran Salto Adelante suficiente espacio para la utopía interior? ¿El destino no era uno mismo? Y un siglo más tarde: ¿Uno mismo no era el todo, y la esencia, de Playa Hedónica?
¿No constituía la propia Cumberland una revolucionaria, y fertilizante, carcajada?
----------------—
La idea de escribir Las Crónicas —de repoblar Cumberland en la ficción, revolucionando la mecánica interactiva preconizada por Morgan German— surgió en Miami Beach a principios de 1995, en un ómnibus público en el que Richard del Monte viajaba hacia Idamanda Rosael, aunque él no lo sabía todavía. La visión de los ancianos pasajeros —aunque en el autobús no sólo había ancianos, su aplastante mayoría lo inspiró—, transportados como pollos a través de la playa americana —en el ómnibus se preguntó súbitamente: “¿domeñados por los puntoCON?”— era contrastante: por un lado, su visión laudatoria de lo longevo —lo longevo como expresión potencial del Gran Salto Adelante— se resistía a admitir la decadencia visible en los rostros ensimismados, colgantes, requemados por el sol de la derrota social que delataba el abandono de los ancianos. Por el otro, a pesar de ser longevos, los longevos podían languidecer como pollos en un ómnibus de pasajeros. Iban —los llevaban— de un lado a otro, siempre el mismo trayecto, la misma monótona circunvalación, animales domésticos preteridos: Viejos animales de granja. Patos, gallinas ¿Cerdos?
Más tarde decidió transformar Las Crónicas en Crónicas del Año del Cerdo. Desplegar el libro, originalmente concebido como una especie de ensayo o tratado, sobre un esquema flexible, capaz de juntar “Todos los Mundos en Uno”: la crónica cibernética, la novela, el testimonio erótico (el Himeneo de la Refundación como pentagrama). Realidad y ficción complementándose. Claro que la ficción cumplía un papel sucedáneo en la evolución de los cuerpos, de la carne multiplicándose: pretendía dar forma al contenido más que influirlo directamente. No había piedad en ella, ni pudor, ni cuentos chinos. La ficción procuraba únicamente liberar a la realidad de sus convencionalismos, de su rigidez intratable. A fin de cuentas, repoblar Erótica. Y por supuesto, era el nómada, La Playa en perspectiva. Crecientemente atento a — inevitablemente inmerso en— El Hecho. El Cerdo aleteando en el autobús, queriendo escapar por la ventana. Prefigurando a Idamanda.
----------------—
Idamanda y el caso de los poetas puntoCON
Entre los casos más jocosos que debieron enfrentar Idamanda Rosael y Richard del Monte, el de los poetas puntoCON resaltaría por su persistente ubicuidad. El poeta V se había hecho célebre en la blogosfera, en los predios del blog del poeta H, por sus disquisiciones y mamotretos, que se revolvían y enroscaban sobre sí mismos, en la vastedad de sus impenetrables monólogos. H, por su parte, enarbolaba insistentemente un antiguo premio de poesía obtenido en su provincia natal, todo lo cual había terminado estancando, hasta desleír, su desenvolvimiento lírico.
Un buen día, V redescubrió a H, y H redescubrió a V, en la ciudad del exilio donde ambos se dejaban crecer las barbas. Naturalmente, hubiesen sido enemigos en La Habana de la Unión de Escritores, secuestrados por la insoportable levedad de los comentarios de pasillo, tenedores de recados de la ya añeja institución, arrancándose tiras del pellejo, odiándose a muerte en el sopor de los debates estivales, regados con ron albañal y refresco de polvito. Pero en la blogosfera, también naturalmente, no les quedaba otra que dinamitar Cumberland. Aunque en público inevitablemente desentonaban, su alianza respondía a consideraciones estratégicas coincidentes, e Idamanda y del Monte así lo habían comprendido. El fracaso (el amontonamiento, ya desquiciante, de unos libros impresos que nadie leía y mucho menos citaba) los había vuelto aún más sibilinos, de manera que su afán por levantar una réplica a su medida de la Unión de Escritores en medio del Tercer Éxodo constituía, en definitiva, un intento de hacerse fuertes tras el acoso y derribo de Erótica. ¿No era acaso la Zorra el Anónimo Estresado? ¿Y no se había paseado junto a V a todo lo largo y ancho de la blogocosa? ¿Cómo podía H encasquetarse nuevamente su pasamontañas de Tirador Platónico? ¿En definitiva no era también puntoCON la oprobiosa inconsistencia del ruiseñor enjaulado? Algunos de sus libros habían cumplido ya la mayoría de edad —pasaba lo mismo con los mamotretos de V— y esto exacerbaba su despecho, de cara a la insobornable languidez de La Playa.
----------------—
Si Thamacun fue una papa caliente en manos de sus colonizadores —una hipótesis no del todo descabellada dada la premura con que los ingleses abandonaron el islote—, ¿por qué entonces desarrolló una cultura antinacionalista tan minuciosa? ¿Por qué en lugar de desarrollarse como nación visible, o como contrapartida visible de su vecina mayor, prácticamente se borró del mapa?
El nacionalismo puede mutar para bien. En lugar de reafirmarse frente a un supuesto enemigo externo, puede hacerlo frente al futuro (desarrollando la nación en dirección al futuro). Fue, según diversos analistas, lo que ocurrió en algún punto de la historia del Reducto. Adelantándose a casi todo el mundo, los thamacuneses previeron el actual proceso de globalización —no precisamente una invención postmoderna—, de ahí su apuesta por la desaparición de las fronteras simbólicas, de la simbología nacionalista. O, más que prever, abordaron el autobús de la historia moderna cuando éste hacía su primera parada. De manera que pudieron escoger dónde y cómo sentarse. Se adelantaron ahorrándose el fratricidio en el que se sumergirían sus parientes más cercanos —los cubanos— ya desde su surgimiento nacional.
Ya desde principios del siglo XX, el término “Planeta Cuba” era popular en el islote. Popular como ejemplo de lo que no debe hacerse: como símbolo de lo decadente e incluso de lo ridículo. La desmesurada importancia que los cubanos conceden a lo nacional —a la bandera, el himno, las guerras, las revoluciones— fue interpretada en Thamacun como un signo de debilidad. Pero también como una bufonada. De ahí que no sólo atrajera los análisis de sus estudiosos, sino la atención de sus cómicos. Planeta Cuba, sin ir más lejos —además de ser el nombre de una fonda en la que sólo servían arroz congrí, masas de puerco fritas y yuca con mojo4—, fue un célebre teatro de variedades cuyos espectáculos humorísticos cargaban insistentemente contra el nacionalismo cubano. “Ser libre es emanciparse de la búsqueda de un destino”, escribe Cioran en La caída del tiempo. “Es renunciar a formar parte de los elegidos y de los rechazados. Es ejercitarse en no ser nadie”. Un concepto parecido manejarían los ciudadanos de Cumberland en el exilio (exilio durante el que, por cierto, una delegación de la comunidad visitaría al filósofo rumano). El concepto de dejar de ser planeta —de dejar de ser totalidad— para convertirse en energía. Para desnudarse en sí mismos.
----------------—
La toma de la capital thamacunesa por los hitlerianos, en 1944, rara vez es citada por los historiadores. Comparada con la invasión de Thamacun en 1960, que marca un antes y un después en la historia de Erótica, se trata de un episodio intrascendente. Pero no deja de ser revelador, e indirectamente evoca el artero mimetismo desde el que los puntoCON, más contemporáneamente, han pretendido borrar La Playa del mapa cibernético.
El general teutón Robben intentó fundar Berlín Caribe, una suerte de República en miniatura, en las inmediaciones de la Ciudad Prohibida, “tras tomar el Reducto sin un solo disparo al aire” (eso escribiría a sus superiores, aunque está demostrado que los alemanes se desgastaron en salvas de celebración, regadas por el vino dulce de las bodegas legadas por Beatriz de Eugenia y el aroma de la rivadavia que ya en La Habana, poco antes de inaugurar La Casa del Cerdo, había comenzado a cultivar la marquesa). Era, con exactitud, el 19 de septiembre de 1944, y el Almirante Edward Braun, que había enviado al general a marchar sobre “La Prohibida”, necesitaba urgentemente resarcir su carrera con una victoria en Thamacun (con una victoria en cualquier parte). Los germanos, cuyos submarinos habían zarpado desde Noruega, no estaban solos —asediados por la evidencia de que fuera del Reducto era imposible vivir más deliciosamente. Robben desembarcó tras parquear tres sumergibles en la ensenada, con más de doscientos hombres a su mando —en algunas versiones se habla incluso de trescientos, pero no está claro si se tiene en cuenta a la tripulación especializada. Antes de marchar sobre la capital del Reducto, tomó el caserío de Paradisíaca, en el litoral noroeste.
Paradójicamente, la ocupación de lo que en la actualidad es Playa Hedónica decretaría el fracaso de la invasión teutona (entendida como apropiación territorial más que como asunción cultural propiamente dicha). Braun, quien pocos meses antes había cometido errores imperdonables en Normandía, creía que la toma de La Prohibida lo resarciría ante sus superiores. Pero se equivocaba de medio a medio.
----------------—
Galería de próceres (II)
Entre los próceres de la sentencia, en una época en que el Cónclave vivía su “período multiorgásmico” —denominación propiciada por Emenegildo Evans—, la insobornable parquedad de Atendimiento Mutuo, “El Estudiante”, no fue bien recibida. Célebre en Thamacun por extenderse en silencios seminales, adornados por ocasionales asentimientos, Mutuo insistía en que debía a su abuelo, siendo niño, el conocimiento de la razón afrodisiaca. “Mientras más se habla menos se aprende”, persistían en la distancia las palabras del Grandfather, convenientemente reordenadas por la sedosa hedónica de los susurros de Atendimiento. “Debía estudiarse la relación entre la locuacidad del sentencioso, o del cronista inclusive, y la relevancia de su oratoria. Va y descubrimos detalles reveladores”, amenizaba, sardónico, el prócer ajedrecista (único de la desmitificación capaz de musicalizar, durante tres noches seguidas, la ardiente prosopopeya del Cónclave de las Sentencias).
“En boca cerrada no entran moscas”, había dicho el Grandfather. No “en boca cerrada entran conocimientos” (aforismo de Mutuo propiamente) sino “en boca cerrada no entran moscas”. Gracias a la intrascendencia del abuelo de Atendimiento —reconocería, emocionada, Mónica Medler—, Mutuo consiguió cerrar, para todos nosotros, “la polémica de los enroques” (según la cual la oposición entre próceres de la desmitificación y de la sentencia podía hacerse cíclica, y era desde todo punto de vista inevitable): “Estudio, luego saco conclusiones, luego acumulo conocimiento” se convertiría, de un día para otro, en el artículo por antonomasia del Segundo Éxodo.
“Mientras más se habla menos se aprende” (“en boca cerrada entran conocimientos”), repetiría durante tres días con sus noches, a ritmo de conga, el más ajedrecístico de los Cónclaves de la segunda mitad del siglo XX.
----------------—
Idamanda y el caso de la Isla de Man
Entre todos los casos que exacerbaron la analítica de Idamanda Rosael y Richard del Monte, el Enigma de Nuevo Songo6 destacaría por su festiva duplicidad. Ni se trataba de una derivación de El Hecho oficialmente, pues la mítica novosongonesa descansaba más en el humor recreativo que en la diversión productiva, ni podía descartarse que formara parte de una ofensiva calculada de los próceres de la desmitificación. Estos últimos, parapetados tras la excusa de que los puntoCON7 manejaban los hilos de “El Caso de la Isla de Man”, como también se le conocía, habían inducido a la pareja a andarse con tiento. Era cuestión de descifrar el enigma o abandonar Erótica a su suerte, algo que Idamanda no estaba dispuesta a considerar.
Nuevo Songo, en cualquier caso, se había erigido en un reto. Un reto semejante, en la densidad de su misterio, al del Anónimo Estresado. El Anónimo Estresado había saboteado durante días, con una persistencia digna de mejor causa, la sección de comentarios del Blog Inbilingüe, empeñado en poner sobre el tapete los intereses ocultos de “quienes hacían negocio con la causa cubiche”. Tan lejos llegaría en sus afanes, que incluso el descubrimiento de Nuevo Songo había sido incapaz de devolverlo a la acogedora sombra de la realidad cumberlana. No había nada para nadie. Había que andarse con cuidado con la Zorra.
¿Por qué el resto del islote —Bajo Songo— era una provincia rebelde y aspiraba a la reunificación? ¿Por qué los padres fundadores habían renegado de su pasado vikingo? ¿Qué tenía que ver Pánfilo8 con la misteriosa sensualidad de la reina Leididí Usnavi Burundanga I, a quien tantos cronistas relacionaban con Meneíto? ¿Por qué insistía el director de la Orquesta Sinfónica local, y ex ministro de Cultura, Pello el Anglocán, en ir a tocar a Cuba? Estas y otras preguntas horadaban, incesantes, los sentidos de la pareja delegada. El sexto sentido de Idamanda. El tercer sentido de Del Monte.
----------------—
Según numerosos estudiosos, el término Thamacun —como prácticamente todo en Cumberland— tiene más de un origen. O mejor: se trata de un aporte inglés a la denominación de origen indígena. De aceptarse esta teoría, el nombre inmediatamente anterior del islote habría sido “Tamacún”. O al menos así lo habrían nombrado sus colonizadores. El políglota Esteban Ricardo sostiene que, efectivamente, la H del “Thamacun” constituye una aportación británica. Originalmente, los ingleses se apropiaron de la denominación indígena, pero intercalando la H y omitiendo el acento en la U. La H intermedia, siempre según Ricardo, representaba la determinación inglesa de reverenciar el nombre del más célebre de sus ríos, el Thames. Una denominación que, dicho sea de paso, el castellano ha desfigurado injustamente (Támesis por Thames). Es decir, “Thamacun” habría constituido, no hay por qué ponerlo en duda, una revancha lingüística.
Dicho esto, cabe aclarar que el calificativo con que actualmente se identifica al islote no es más que una aproximación contemporánea. Los ingleses nada tienen que ver en el asunto.
----------------
La desaparición de la marquesa
Cuando a principios del pasado siglo el descubrimiento de la desaparición de Beatriz de Eugenia obligó a infinidad de historiadores a revisar sus archivos, los abuelos de Idamanda Rosael aún no habían nacido. Hasta entonces, la historiografía de Thamacun extendía un denso manto teórico, pespunteado de especulaciones frecuentemente insustanciales, sobre los orígenes de El Hecho. Con la marquesa finalmente se pisaba tierra firme. Con la desaparición de la marquesa en específico. Hacia 1762, Beatriz de Eugenia habitaba una Habana eminentemente portuaria y, por lo mismo, desproporcionadamente masculina. La toma de la ciudad por los ingleses acentuaría esta última peculiaridad. Un número indeterminado pero sustancial de prostitutas remediaba como buenamente podía este inconveniente, manteniendo a buen recaudo los apetitos de forasteros y lugareños. En este contexto concurre el encuentro seminal de Thamacun: la marquesa conoce a Richard Megan, oficial británico con mando en plaza, y los acontecimientos que desembocan en Erótica confluyen hacia el futuro.