EN TIEMPO DE NAUFRAGIOS
-NOVELA-

(Fondo Cósmico. Radiación universo anterior)
AUREA-VICENTA GONZÁLEZ MARTÍNEZ
R. P. Intelectual: V-35-12
ISBN: 978-1-4661-9223-2
PROLOGO
Suele decirse de la ancianidad que es un tiempo de naufragio.
Para cada individuo el hecho de hacerse mayor, de convertirse en anciano, es una prueba más a la que le somete la vida y durante la cual, y hasta que deja de existir, todo aquello de lo que ha dado por seguro suele tambalearse.
Llegado el momento, el ser humano se adapta, se reinventa, a veces hasta se descubre realmente a sí mismo y puede que naufrague, hundido el barco de las expectativas, pero su entendimiento le hará vislumbrar, desde la tabla a la deriva a la que se agarrará en medio de la vorágine si no ha perdido el instinto de conservación, que simplemente pasamos hollando el polvo del camino y lo vamos despejando para los siguientes.
Todos los personajes, situaciones y nombres son ficticios y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
DEDICATORIA:
A mis cinco hijos, mi quinto libro.
CANTO DE MI MISMO
Mira siempre la lejanía. El espacio exterior es ilimitado.
Cuenta siempre lo más posible. El tiempo en torno es ilimitado.
WALT WHITMAN
CAPÍTULOS
I. MAÑANITA DE LUNES 4 a 13
II. TODA UNA VIDA 14 a 39
III. EL SIGUIENTE 40 a 59
IV. PESCANDO EN LA ORILLA 59 a 88
V. MAÑANITAS DE DOMINGO 88 a 118
VI. FIN DE CUENTAS 118 a 129
CAPÍTULO PRIMERO
Mañanita de lunes
Pienso que aunque Inés no tiene muy claro lo de incomodar a su primo Pascual con una visita sorpresa la necesidad la apremiará a ser descortés y habrá de llamar a su pariente.
Mi mujer odia sinceramente y con ahínco tanto el tener que molestar a los demás o el que invadan su espacio de forma sorpresiva pero en la costera ciudad de Termas, y a estas alturas del verano, en las que agosto está casi finiquitado, no hay alternativas de hospedaje salvo las astronómicamente desorbitadas de precio, en alguna desocupada habitación de un hotel de lujo, o, ir a alojarse con la parentela.
El asunto que se trae entre manos y el sentido de responsabilidad la mantienen despierta y no la han dejado descansar. La veo pasar, arriba y abajo, por delante de la puerta del cuarto, meditabunda y cabizbaja.
Noto que pese a estar bien cerradas todas las ventanas, del lago, empieza a deslizarse la humedad y llega hasta estas viejas paredes; hace fresquito en casa en esta madrugada del 27 de agosto; me sobresalta pensar que ya hemos llegado al 2012, año bisiesto y nefasto según todos los augurios: ¡Paparruchas!
Soy de la opinión de que, pese a la intromisión que representará su estancia en la minúscula casa familiar, su primo, el irredento solterón, la recibirá como siempre lo ha hecho en cuanto le ha dado ocasión: con los brazos abiertos.
El trastorno que ha de suponer la intempestiva llegada de Inés en la rutinaria vida de este pacífico y sosegado pariente pasará a ser algo baladí para el bonachón hombre en cuanto ella le haga partícipe de los motivos de su desplazamiento y, estoy seguro de ello, se aprestará a colaborar activamente con mi esposa.
Desde mi fresco lecho la observo, envuelta por los suaves halos de claridad que el amanecer empieza a prestarle a su diminuto cuerpo mientras ella, que se ha detenido de pronto, mira completamente absorta una de las fotografías que tenemos sobre la repisa de la chimenea y que por el tamaño estoy seguro de que se trata de la de Rosa Lampadina, la veneciana, mi temporal y antigua colaboradora en el cuerpo de policía de Termas y su familia.
Me arropo hasta el cuello con la familiar sábana de fino algodón egipcio y cierro un momento los ojos algo cansados de la semipenumbra en la que he estado espiando. Mi mente evoca con precisión la imagen de la imagen enmarcada: Lampadina en el centro, espléndida en toda su estatura, firmemente asida por la cintura por Carlo, el marido que le saca toda la cabeza de tamaño y ambos rodeados de su hermosa descendencia, los tres chiquillos que la esforzada madre ha traído a este valle de lágrimas y de los que, me lo confieso a mí mismo avergonzado, no recuerdo ahora mismo los nombres. Voy olvidando cosas que sí me importan y las que me chinchan se apoderan de mí como inoportunas y repelentes lapas, ¡Córcholis!
Vuelvo a abrir los ojos para espantar malos pensamientos y tras sentarme en la cama descubro con alegría que decididamente ya alborea e Inés está acariciando el frío cristal que tiene aprisionado el retrato de marras con las yemas de los dedos. Siempre me ha gustado esa mezcla de decisión y ternura con la que mi esposa ha sido bendecida; intuyo que sonríe y llora al tiempo pues ahora se afana por secar enérgicamente, con la orilla del leve camisón que la cubre y que será el responsable de que mi niña grande se enfríe, alguna lágrima que sin duda ha humedecido el costoso contenedor de recuerdos y tras ello, recuperado sin duda el control, vuelve a colocarlo en su sitio dando un golpe con excesiva fuerza.
Está claro que no puede dejar de ir a Termas y únicamente con el gesto que acaba de hacer, comprendo que ya ha dado el primero de los pasos hacia allí; me mantengo arteramente callado y estoy muy divertido ya que casi puedo ver, físicamente plasmado, lo que se trajina en su pequeña cabecita de canosos rizos.
Pienso que podría delegar en cualquier profesional solvente los enjundiosos papeleos con los que ha de lidiar en los próximo días y ahorrarse así las incomodidades de una vuelta a la ruidosa ciudad, más, según ella, no es posible llevar a efecto, de modo adecuado y con la discreción necesaria, todo lo que se ha propuesto y tanto ha venido discutiendo con José a través del intercambio de las interminables llamadas que últimamente él hace desde su retiro tras el penoso encierro. Yo, por mi parte, les tengo preparada a ambos una sorpresita digna de mi mala idea.
Acabo de sentir físicamente una violenta punzada de reconcomio ante el recuerdo de José, mi mano derecha durante tantos años, mi amigo del alma, el hombre que apadrinó al querido niñito que tuvimos la desgracia de perder tan joven…
-Inés –grito con voz descontrolada-, deja ya de dar vueltas, mujer.
-¡Qué susto me has dado, criatura! Mira que eres bruto, ¡caramba! Yo aquí preocupada y tristona y tú gritándome.
-Perdona, cariño, no me lo tomes a mal –procuro modular la voz pues al acercarse al lecho la incierta claridad me la muestra muy pálida y desvalida-. ¿Sabes?, estaba acordándome de José y de lo que os traéis entre manos los dos, mi amor –Decididamente soy un mal bicho y un mendaz, en lugar de seguir gritando como me pide el cuerpo utilizo un tono melifluo y falsamente moderado para hablar-. ¿Crees que saldrá todo bien?
Hay que emprender el viaje mañana mismo, ya está. Ahora, la alborada lame con delectación la tersa superficie líquida del pantano que parece despertar del profundo descanso tiñéndose de añiles, verdes y grises que ahuyentan, con esa paleta de fantásticos colores, el mal de la bruma y las tinieblas.
Inés retoma su sitio en la gran cama y señala la hermosa fotografía enmarcada que acaba de depositar sobre la chimenea, yo muevo la cabeza en señal de asentimiento y ambos nos dedicamos a observar, cogidos de la mano con fuerza, el decidido avance de la claridad que va adueñándose de la vetusta casa.
A ella siempre la ha parecido muy bella, muchas veces me ha confesado que aquí siempre se ha visto envuelta con ese halo protector del que careció durante toda su infancia.
Suspira, y tras depositar un casto beso en mi cabeza, vuelve a levantarse, rauda como una centella, lo mismo que siempre.
Da unas vueltas por el amplio comedor y se detiene de nuevo ante la chimenea para prestar toda su atención a la bonita instantánea enmarcada en plata que reposa junto a la de la veneciana y que muestra el chocante conjunto que formamos nosotros dos y los recién casados a los que tuvimos que apadrinar.
-¿No te parece que Laura estaba muy asustada el día de su boda, amor? –Pregunta sin despegar la cara del retrato-. Estabas muy guapo, Lucas –asevera con un tono de voz que me preocupa mucho más que si me hablase a gritos-. Su marido, Román, también es guapo, ¿verdad? A pesar de las muletas y las grandes cicatrices del rostro se nota que es un buen mozo –continúa hablando casi en un susurro y yo noto que empiezo a temblar-. Te quedarás muy solo aquí; te quería pedir que me acompañases, marido.
No puedo dejar de sonreír y no hace falta que le dé una contestación verbal; me ha pillado en la travesura de tenerlo todo preparado para acompañarla y está feliz al observar mi rostro y las muestras de complicidad que, sin duda ninguna, ha descubierto en él, igual de contenta que un crío el día de Reyes, da media vuelta con un saltito y sale disparada hacia la cocina.
Hoy, bien cierto será, al oírla canturrear entre los cacharros, sé que tendremos desayuno pantagruélico, pese a las indicaciones del machacón galeno que cuida de nuestra salud; seguro que daremos comienzo a “nuestra” expedición, que bien podría llamarse: “Salvar a Laura y Román de una pobreza segura”, con el buche a rebosar.
* * * * *
Laura y Román, ¡Santo cielo! Siento que mi ánimo decae de repente y me encojo tanto como recuerdo lo está la silueta del marido de la chica en la foto, cuyas muletas, en primer plano, son un recordatorio palmario de los gravísimos hechos de los que Román fue víctima y actor principal.
Ahora ambos están en el buen camino; la adicción de él parece lejos y el joven matrimonio atiende perfectamente a todas y cada una de las necesidades especiales que han de afrontar según me han confirmado, a Inés no la he dejado intervenir en lo más mínimo; hasta ahora.
Sí, hemos de salir para Termas y no titubear tanto, la comodidad del hogar y la calidez espiritual que experimentamos encerrados entre las queridas paredes no debe interponerse en nuestro ánimo; la obligación que tengo para Lampadina, amiga y confidente que tan buenos hechos ha tenido para los dos así lo exigen, hemos de ir a verla; también hay que esforzasr por Laura y Román, aunque sólo sea por apoyar a un matrimonio que contra todo pronóstico es ejemplar, ellos merecen un pequeño sacrificio y lo vamos a hacer sin más dilaciones.
* * * * *
-Lucas, despierta, bello durmiente, ya tengo puesto el desayuno, cariño –zarandea al hombre que ronca plácidamente extendido cual largo es sobre las sábanas de la anticuada cama matrimonial-. Has de ayudarme, cariño, mañana quisiera estar ya en Termas y no tengo nada dispuesto; ni siquiera dinero, amor.
-Tranquila, tranquila, Inés. Mujer que me va a romper el brazo si estiras así de fuerte, ¡Córcholis! –El hombre ríe divertido ante las claras muestras de excitación de la menuda mujer-. Mira, abre el primer cajón de la cómoda –dice sentándose en el mullido tálamo-. Está todo preparado, ¿lo ves?
-¡Ah! –es todo lo que puede expresar una sorprendida Inés cuando hace lo que le dice su marido y se encuentra frente a la perfecta disposición de ropa para llevar, multitud de documentos y una buena cantidad de efectivo, todo impecablemente ordenado por tamaños.
CAPÍTULO SEGUNDO
Toda una vida
“De todas las malas costumbres que tenemos los mortales, las malas maneras y el desagradecimiento me sacuden el ánimo de forma extrema. Es una pena el que ya que los humanos estamos dotados de raciocinio, poco o mucho, no apliquemos los cinco sentidos de que disponemos libremente para hacer el pequeño obsequio de la cortesía y la gratitud a aquellas personas que lo merecen y tratemos adecuadamente al resto de nuestros congéneres; cuesta poco y reconforta mucho, tanto o más a los dadores que a los homenajeados, y suele convertir la vida en algo un poquito más llevadero”.
Quien así se expresa, con tanta sensatez, es la mujer a la que hasta hace un rato veía trajinando entre los brillantes cacharros de la inmaculada cocina que, sin puerta que lo entorpezca, se abre directamente a la placita en donde estoy sentado, acomodado delante de una de las cuatro mesitas que componen casi todo el ajuar externo del bar en el que ella trabaja y del que soy adicto parroquiano.
-Tranquila, Paca, mujer. Deja a las señoras que vayan a su aire y no les recrimines –le digo desde mi asiento, alzando mucho la voz.
-¡Usted no se meta, don Pascual! –lanza las palabras en mi dirección con voz chillona y nerviosa.
Opto por cerrar la boca y atenerme estrictamente a mi papel de cliente y más por la ensoberbecida actitud que han tomado sus dos contertulias al oírme que por lo que me ha dicho la buena mujer.
Paca, es una magnífica cocinera que siempre anda de trifulcas con el personal auxiliar pese a ser este tan reducido que casi ha de ocuparse ella sola de todos y cada uno de los menesteres que son del caso, en el luminoso, estrechísimo y parco espacio en el que reina la higiene absoluta y del que ella es soberana consorte; habla maravillosamente bien pero tiene un carácter muy exaltado aunque me consta que es de corazón tan tierno que ni la sesentena que acumula sobre su descarnado cuerpo ha conseguido endurecer su natural bondad.
En el figón donde la buena mujer cumple condena de ocho horas diarias, las lágrimas y las canciones alternan, en ciclos previsibles, su repartida presencia, generosamente adobados con las mejores esencias de la cocina mediterránea tradicional y opino que por aburrimiento de lo exótico, más que por motivos económicos, esta forma de guisos ha vuelto a tomar las riendas de la salud estomacal y mental de los clientes de Paca que lo mismo que yo somos galeotes de mantel ajeno.
Escucho algunos retazos del enfrentamiento verbal que se está llevando a cabo a muy corta distancia mía y que sin poder evitarlo se cuelan por mis oídos.
Quisiera ejercer de pacificador pero me imposibilitan para el cargo las tajantes palabras con las que Paca me ha obsequiado. Parece que el trío de féminas todavía tiene mucho que decirse y se entregan con ganas a una verborrea nada respetuosa. Procuro distraer mi mente de tan penosa escena y, como siempre, el recurrente salvavidas de ocuparme del tiempo es lanzado a las turbulentas aguas de mi cerebro; me aferro a él en aras de un necesario sosiego.
Este es un mes de agosto que está resultando de una bonanza excesiva en cuanto a temperatura y, la verdad, me estoy barruntando que el próximo septiembre nos deparará alguna sorpresa poco grata.
Un temido fenómeno térmico diluvial, también llamado aquí “Gota fría”, suele devenir plaga estacional por estos lares y las señeras edificaciones en las que nos asentamos, y bajo cuya protección estamos acogidos, mucho me temo que serán incapaces de aguantar un tercer año consecutivo de torrenciales lluvias otoñales.
Miro con recelo el transparente cielo y siento que pierdo “pie” de nuevo en mi recién estrenado sosiego ya que me asalta y abruma la terrible certeza de que, venga o no venga la catarata celestial a derramarse sobre la ciudad, los parroquianos ya no podremos departirlo y comentarlo con don Chicho.
Involuntariamente, aguijoneado por el sentimiento de pérdida del buen amigo y hecha añicos mi tranquilidad, vuelvo a escuchar las diatribas que se lanzan el trío de mujeres:
“-Usted, usted, a fregar, que para eso le pagan –se engalla una de las litigantes-. Pues no faltaría más”.
Realmente es insoportable el interminable cloqueo al que están sometiendo los oídos ajenos estas tres señoras y la falta de respeto que se muestras entre ellas; retomo, a duras penas y con gran control, mis divagaciones.
El recuerdo del hombre que ha sido nuestro más entrañable vecino durante tres espléndidos años y que nos fue arrebatado por La Parca anteayer mismo llena ahora todos mis sentidos.
No puede consolarme del todo el pensamiento de que ya no ha de asistir al completo derrumbe de su morada terrenal, cuyas basas empezaron el invierno pasado a precipitarse irremediablemente en la sólida y bien cimentada alquería de la Edad Media sobre la que se asentaba y que ya es parcialmente visible a través de las grietas y las resquebrajaduras que se han abierto en la parte baja de la fachada.
Así es Termas, una ciudad que primero formó parte del Imperio romano y que después ha ido absorbiendo y aprovechando todos y cada uno de los vestigios y ruinas dejados por los conquistadores que han plantado sus reales aquí. Los restos de la magnificente creatividad que testimonian el paso de los romanos, y el de otras encumbradas civilizaciones, por este pedacito de planeta, han ido convirtiéndose en hincos sobre los que se han edificado templos, una espléndida catedral y algunos palacios más o menos majestuosos.
La parte más profunda de las misérrimas construcciones de la urbe -tal como sucede en la casita a dos aguas en la que moraba el fallecido don Chicho-, también atesora piedras heredadas más o menos espectaculares. He de aclarar que igualmente son parte inherente de mi hogar, modestísimo, de dos plantas de alzada y metro y medio lineal de fachada. Yo habito allí últimamente muy temeroso, y con sobrada razón, ya que mi humilde vivienda ha de serlo por poco tiempo si se precipita el cielo sobre nosotros una vez más pues acabaré de incrustarme junto a los cascotes de la casa en el trocito de baño árabe en el que ya tengo expedita la entrada, desde el invierno pasado, por el huequecillo que se apareció justo en la entrada de la casa y que yo cubro con una mesita baja y una alfombra circular. Así se está abriendo paso la Historia hacia la luz desde el subsuelo hasta el zaguán, con cabezonería, yo, por motivos prácticos, no quisiera tener que sufrir ese parto en bienes propios y mucho menos de esta manera, más, ¿qué representa mi humilde vida y qué remedio me queda salvo aguantarme y suplicar que no se desagüe el cielo sobre nosotros?
Por la curiosa mirilla, tendido en el suelo cual largo soy, tras cerrar con seguro la puerta de la calle, puesto en salvo de miradas indiscretas y cercionado de que nadie me observa, si introduzco por el original orificio un brazo armado con una linterna, alcanzo a ver unas desafiantes estrellas verdes de ocho puntas enmarcadas en el blanco purísimo de los azulejos que les sirven de lechoso e intemporal cielo cocido. Los brillantes baldosines están incrustados en dos arcos que parecen sustentar ellos solos, con su airoso poderío, todo el peso de mi casa; las imitaciones estelares con unas puntiagudas y perfectísimas formas destellan en cuanto las ilumino y parecen retadoras y soberbias, mirándome altivas desde su ininterrumpido existir de siete siglos.
El suelo del cubículo se desvela también al dirigir hacia allí el haz de luz y está cubierto de una húmeda pasta sospechosamente parecida a la arcilla roja con la que el alfarero de dos puertas más abajo tornea los buenos botijos que tanta demanda siguen teniendo en la ciudad pese a que hace ya ocho lustros que empezó a venderlos; está claro que el elemento primigenio es un don del cercano río que con sus históricas avalanchas ha ido rellenando y levantando el terreno, y las profundidades de nuestras moradas, con los légamos y aguachirles que ha dejado a su paso tras las temidas riadas -de las que hay cruel constancia en toda época-, y en las que “El Blanco”, así llamado en diferentes lenguas y entonaciones, con su indomable fuerza, se ha ido colando arteramente en todos los sótanos conocidos y en todas las escondidas oquedades que tiene Termas depositando allí unos permanente recuerdos que aguardan, impertérritos al paso de los años y las centurias, la nueva visita de la corriente matriz para seguir aumentando.
Obligado a retornar al presente de forma abrupta por los gritos que van adornando la triangular disputa y con la incómoda obligación de permanecer apartado de cualquier posible mediación pacificadora recuerdo la docta cantinela, que hube de aguantar durante años, proveniente del sapientísimo sacerdote que baldíamente pretendía adoctrinarme en la hábito de la adquisición de conocimientos: “Tempus fugit”, decía el buen hombre para espolear mi tibieza en el esfuerzo por el estudio pero aquí, para mi desconsuelo, van algo cojas en su tránsito las horas y aún los minutos ya que se me hacen eternos y no semejan transcurrir conforme.
Parece claro el que para mi amado refugio y domicilio habitual está llegando su hora final con una celeridad pasmosa. Es una idea que me conturba y estremece, aún bajo el risueño sol que calienta mis doloridos huesos; por lo visto mi esqueleto está más pendiente de los estados de ánimo que de los cuidados externos que prodigo al cuerpo que sostiene y ningún calmante puede atenuar mi malestar cuando me vence la aflicción.
Me revuelvo un poco en el asiento de acero y rafia en el que estoy sentado y se me llenan los ojos de lágrimas, más por el recuerdo de don Chicho que por mis propios dolores aunque tampoco son cosa baladí y hoy aprietan con ganas.
-¡Caramba! No se ponga así, hombre, enseguida le atiendo, don Pascual.
En este trance me sorprende Andrés, el camarero, hombre de mediana edad, protector y bonachón con todos los que como yo pasamos de los sesenta. Ha traído casi una resma de enormes servilletas de colores y mientras me habla así, liberal y campechano, palmea suave y amistosamente mi hombro y deja el cestillo de paja que contiene los higiénicos aliados del yantar encima de la mesa acompañando la acción con cara de circunstancias.
-Tranquilo –me apresuro a contestar enjugándome los ojos como un chiquillo el que han pillado en falta-. Estoy hoy con unos dolorcillos en todo el cuerpo que no sé cómo voy a permanecer sentado –noto que los colores encienden mi rostro-. Recordaba a don Chicho y con la riña que están teniendo Paca y las comadres se me ha nublado y agriado el día del todo.
-Estamos todos apenadísimos, don Pascual –dice con tono contrito-. Y, de Paca, deje, deje, que les está cantando las cuarenta bien a esas dos. ¡Ánimo, hombre! –Vuelve a palmearme con algo más de entusiasmo-. Esto se le pasa a usted con un buen cafetito que le voy a traer yo –y, sin esperar respuesta, tras pasar un inmaculado trapo por la superficie de acero de la mesilla, se va dando unas zancadas que me hacen envidiarle la ligereza de piernas.
“-Ustedes dos son unas egoístas y deberían pensar un poquito más en los demás. Arrieros somos y en el camino nos encontraremos, señoras.
-Eso, eso, ¡señoras! Que hay algunas que no lo serían nunca ni aunque volvieran a nacer entre blondas y sábanas de seda.”
No tienen remedio; al oírlas me inclino a pensar que es cierto el dicho popular de que: “La cabra siempre tira al monte” y ninguna letanía las hace cambiar de querencia.
Un poquito más animoso y sin perder de vista al trío de mujeres retorno a mis meditaciones sobre don Chicho que hasta anteayer, nefasto día en el que su corazón se negó a seguir latiendo, ha sido nuestro vecino más entrañable.
El motivo de las palabras que Paca, la cocinera, les brinda a las dos esqueléticas matronas que tengo enfrente, es que fueron ellas las únicas del vecindario que estuvieron ausentes del funeral del anciano fallecido; es cierto que se trata de unas mujeres poco dadas a reconocimientos positivos -siempre son las últimas en felicitar a una feliz recién parida por la buena nueva de su alumbramiento y que sin embargo tienen el don de ser las primeras en dar el pésame a los deudos de cualquiera que haya hecho el tránsito al más allá si verdaderamente los ven afectados- y creo sinceramente que la anciana cocinera tiene una cumplida justificación para endilgarles las frases con las que las está obsequiando pese a las desabridas contestaciones que recibe.
“-Tú a lo tuyo, mujer. Pues estaríamos frescas si una cocinera nos indicase lo que es pertinente –Declama teatralmente una de las receptoras de la filípica.
-Vamos, vamos, Paca, que si no te hubiera hecho el gasto en el bar ya veríamos si mostrabas tanta estima por el viejales –Afirma la segunda mujer acompañando las palabras con un gesto condescendiente.”
Contemplo estupefacto el cambio de color que se ha producido en la faz de Paca tras escuchar semejante aserto, es tan visible que alcanzo a distinguirlo sin ninguna dificultad.
“-Hale…, ¡brujas!; a por la escoba –chilla desaforadamente la ofendida anciana.”
Tras un mínimo titubeo, Paca, les ha respondido silabeante y con gesto duro mientras un mar infinito de arrugas han aparecido en su maduro rostro.
Estoy anonadado, jamás la había visto así. La mujer tiene, como ya he dicho, bruscos cambios de humor y repentinos ataques de mal genio pero no parecen afectar externamente a su fisionomía y esto es nuevo en ella; realmente está muy disgustada.
Como una sombra se ha materializado junto a mí Andrés, el camarero, y ha depositado el aromático contenido de la bandeja sobre la reluciente aleación de la mesita. Con gestos muy exagerados me indica que permanezca callado. Sin duda ha observado que de nuevo intento mediar en el penoso intercambio de desabridas palabras; hago caso de sus instancias y considero que verdaderamente es mejor no terciar. El diligente empleado vuelve a desaparecer esfumándose con la profesionalidad que le caracteriza. Francamente está resultando muy larga, muy penosa y demasiado dolorosa la mañana para mí.
Me abismo en el recuerdo de don Chico Magallán y, a mi pesar, noto que me aflora una sonrisa a los labios.
Aquél pecho, replegado sobre sí mismo por la fuerza de la edad, albergaba encendida la maravillosa válvula vital de un hombre cuya cabeza, coronada de albos y blondos cabellos, poseía dos carbones encendidos que le hacían la vez de ojos.
De una bondad a prueba de pelmazos e inmune a los desplantes más hirientes, harían bien las dos vecinas recriminadas por Paca en considerar la gran pérdida que –en concreto para ellas a las que únicamente don Chicho prestaba sumiso oído y regalaba sonrisas- todos hemos sufrido.
Mientras remuevo con la cucharilla el azúcar que he vertido en la humeante taza, las veo alejarse, cuchicheando entre sí; todavía se giran, airadas, maldiciendo sin duda la osadía de la mujer que siendo mayor que ellas acomoda su existencia a la necesidad del trabajo para subsistir y a la que por eso mismo consideran una inferior. Reflexiono un poco y compruebo que hay muchos puntos en común con lo que sucede en mi modesta casa: la historia tira de ella y amenaza con engullir, cual desdeñable basura, todo lo que tengo convirtiendo en cascotes mi hogar; a Paca, en virtud de un imaginario listón alzado por la diferencia económica, no se la respeta, como honrada trabajadora que es, ni se le reconoce atribución alguna para ejercer el legítimo derecho a la crítica de actitudes antisociales e inhumanas y pretenden silenciarla utilizando incluso violencia.
Tras observar el gesto que me dirige Paca indicándome a las que se ausentan -un poco obsceno, lo reconozco-, la veo encogerse de hombros y extender las manos girando las palmas abiertas hacia el cielo que nos cubre en señal de acatamiento. Le lanzo un beso desde la palma de la mía y ella, confortada sin duda con la complicidad que le muestro, gira talones y mansamente va a sus obligaciones.
Levanto de nuevo la vista hacia el prístino azul que muestra la bóveda celestial, sin una pequeña sombra de nubes, para tratar de compensar con su vítreo brillo cobalto la visión del anodino gris que parece envolverlo todo desde que he sido testigo de la refriega verbal, e intento dejar fluir, insuflado por la fuerza del color, mis pensamientos en torno al amigo fallecido mientras oigo, confortado, que Paca rompe a cantar a voz en grito –con su fantasmagórica imagen apareciendo y desapareciendo en el claroscuro de la cocinilla- la última de las canciones que parece venirle a la cabeza últimamente, cuando quiere quitarse el enfado de alguna contrariedad auténtica o imaginada, y que sale lanzada desde su garganta de persona mayor y voz algo destemplada.
Con el repetitivo estribillo de “Bésame mucho”, destrozado por las cuerdas bucales de la buena mujer como tapiz de fondo me abismo de nuevo, plácidamente confortado por los habituales sonidos, en los recuerdos y me represento a don Chicho visualizándolo ahora como si lo tuviera delante:
La voluntad, sin que necesitase otro estímulo exterior, parecía darle a nuestro entrañable amigo el ánimo suficiente para arrostrar el final de una larga existencia de la que únicamente pasó pisando tierra firme los primeros años de su vida y los benditos tres últimos, el resto, primero como cadete y después en los más altos escalones a los que podía llegar un hombre sin apellidos demasiado notables, en el mar.
Excepción hecha de los últimos años en que nos obsequió con su presencia a nosotros, sus vecinos, fueron las aguas de muchos mares, a los que partió siendo él un mozo con buena planta y yo todavía un crío, los que tuvieron el privilegio de tenerle.
Alto, trigueño, discreto, le veíamos siempre enfrascado en unos misteriosos libros que durante años le mantuvieron bastante al margen de la vida cotidiana; en sus años mozos era tan callado que fue excepción notable en Termas, ciudad provinciana y todavía más pobre por aquél entonces, y en la que los niños, y los no tan niños, andábamos huroneando y libres como pájaros durante casi todo el tiempo y los mayores se entretenían, y trataban de aplacar la carencia de casi todo lo que hoy nos parece irrenunciable, chismorreando sin tregua ni piedad sobre los que tenían cerca y aún sobre los que, vivos o muertos, se ausentaban.
Una mañana como esta, sin que casi nadie tuviera una idea clara del destino que iba a abrazar el hijo único de aquéllos dos silenciosos ancianos vecinos que jamás molestaron a nadie, ni de palabra ni obra, y siempre estaban prestos para ayudar a los demás, acompañado de un reguero de lágrimas de propios y extraños, el entonces llamado Chicho, partió hacia lo desconocido.
“-¿Y, dice usted, comadre, que se va para ser marino?
-Justo eso es lo que me contó Teresa, la madre, cuando nos encontramos ayer en la carnicería.
-¡Pues ya son ganas! ¡Figúrate! Un marino de agua dulce vendrá a ser el pipiolo.
-¡Quite, quite! El hombrecito ha tenido que estudiar y aprobar unos exámenes, que me ha dicho don José, el vecino de la calle Entenza, que sólo los mejores estudiantes pasan.
-Pues mira qué faena para los padres, irse por esos mares de Dios y dejarlos solos ahora que están mayores.
-¡Ellos sabrán!”
Este tipo de cosas recuerdo bien haber oído el día en que se marchó don Chicho y se me vuelve a agriar el gesto pues está claro que hay por ahí personas que siempre sacan punta a los lapiceros ajenos y jamás es para bien. En fin, cada uno es como es y ya está, trato, vanamente, de consolarme.
Hace unos meses talaron el añoso olmo que presenció, en calidad de pimpollo, lo mismo que yo, la partida de nuestro fallecido amigo y mientras me acabo el cafetito reparo en que quizás fuera un anticipo y un presagio del dolor que ahora siento al recordar al respetado y querido amigo que nos ha dejado. A él, cuando vinieron a cercenar el grueso tronco de color perla, me consta que también se le escaparon las lágrimas y partió hacia su resquebrajada casa con inusitada diligencia.
Retorno a pensamientos más dulces, me cuesta un gran esfuerzo pero no tanto como el que requiere soportar los aguijoneadores pinchazos que recorren y torturan mi anatomía, y vuelvo a rememorar el día de su partida hacia el mar. El mar era un asunto tremendo para nosotros los críos ya que dista de este barrio apenas tres kilómetros en línea recta siguiendo el cauce de El Blanco pero ir hasta su cercanía era un asunto tabú y pocas o ninguna vez, ninguno de nosotros, llegamos a ver por aquél entonces el Mediterráneo.
Bien, recapitulo, pues el recuerdo que con más claridad me asalta del día de su partida fue el que descubrí por vez primera lo que unos zapatos bien lustrados pueden brillar con el sol; yo siempre iba en alpargatas, y aún descalzo como el resto de compañeros de pillerías, y me quedé deslumbrado ante aquél par de espejos que hacían entornar los ojos de quien los mirase.
-¿Qué?, ¿se encuentra mejor, don Pascual? –Pregunta solícito Andrés, el camarero que ha vuelto a reaparecer sin que me diera cuenta-. ¿Querrá comer ya un poco, hombre?
-Siempre tan oportuno, querido amigo. Justo estaba pensando que me vendría bien -miento con desparpajo, abandonando los recuerdos que pueden llevarme a importunar a mis lagrimales de nuevo-, una ración doble de eso que huele tan divinamente, sería mi salvavidas, amigo mío.
-Puede estar seguro, don Pascual; ahora mismito le sirvo.
El hombre sale disparado hacia el ventanuco de la cocinilla donde deposita sus pedidos y Paca le atiende; el aire está tan saturado de olor del suculento guiso que la cocinera ha tenido tiempo de pergeñar tras sus discusiones matinales que ya noto un retozo estomacal anticipado.
-Hoy viene a Termas mi prima Inés –le digo a Andrés mientras me sirve con pulso firme un plato sopero enorme que amenaza desbordar de un momento a otro; ante el gesto de extrañeza, le aclaro-. Sí, hombre, ya sabes, la mujer del comisario Martínez, el que se jubiló, la de la hermana de mi difunta madre.
-¡Ah!, la señora Inés, la esposa del policía –dice cabeceando con ánimo al tiempo que coloca ante mí una panera repleta de oloroso pan blanco.
Tras unos momentos en que ha acabado de llenar mi vaso con el agua fresca de una botellita que suda igual que si llorase humedeciendo la brillante mesa, una risa clara y espontánea ha salido de la boca a Andrés y se ha apoderado de mi anfitrión; lo miro sorprendido e inquiero con un gesto de ambas manos la explicación. Sin dejar de reírse con ganas toma aire antes de contestarme.
-Usted perdone, don Pascual. Es que todavía tengo en la cabeza el cisco que armó su primo, bueno, el marido de su prima –rompe a reír de nuevo como un poseso y han de pasar varios minutos antes de que se serene y continúe hablando-. Verá usted, don Pascual, recuerdo bien que la prensa de aquellos días traía toda una serie de historias un tanto oscuras que al final resultaron del todo ciertas, ¿lo recuerda, hombre? El marido de su prima destapó la “olla de los grillos” –vuelve a contorsionarse riendo a mandíbula batiente.
-Cómo no lo voy a recordar, amigo mío. Fue un escándalo total –respondo mohíno haciendo memoria y noto que empiezan a temblarme las piernas.
-¡Vamos, vamos, no se ponga de nuevo así, caramba! Lo cierto es que a muchas cabezas pensantes no se les había ocurrido que entre bambalinas tenían montado un tinglado de tal magnitud; gracias a los papeles que les entregó el marido de la señora Inés a todos los de la prensa, los “ma-los” –dice silabeando mucho y con energía la palabra- quedaron sin cobertura y fueron muchos los que salieron “discretamente”, y no tanto, de puestos de importancia y aún del país.
-¡Qué me vas a contar! -le contesto mohíno-. Estuve varias semanas sin atreverme a abrir un periódico –ambos callamos, contemplando el discurrir de las gentes por la vecina calle que cada vez está más animada-. Fíjate tú que hasta sacaron una fotografía de mi prima y de su marido cuando hicieron de padrinos de boda en el juzgado y, menos mal que aunque también estuve invitado no quise hacerme la foto con ellos –me empiezan a sudar las manos al recordarlo y tras un largo rato de silencio, me siento más animado y rompo a hablar-. Por cierto, Andrés, aunque no los conocía de nada a los desposados, yo fui uno de los que firmé como testigo a instancias de Inés y desde entonces sigo la vida de la pareja; son muy buena gente, Andrés, palabra.
-¡Ah! Pues no sabía yo que la foto de portada de los periódicos era de ahí.
-¡Ya lo creo! –Afirmo con convicción-. Te confesaré un pequeño secreto, Andrés, espero que seas muy cauto –prosigo ya muy animado.
-Venga, dígame, don Pascual. Si he de ser discreto tiene mi palabra de que lo seré –dice cruzando el pulgar y el índice de su mano derecha y besándolos.
-Tranquilo, amigo mío, no tiene nada de extraordinario pero estoy seguro de que ya que te entusiasma y te divierte tanto el asuntillo, te agradará conocer el pormenor –cuando asiente varias veces con la cabeza en señal de aquiescencia sigo hablando-. Verás, Andrés, el marido de mi prima, Lucas, se sirvió del día señalado de la boda para reunir a la prensa en el juzgado bajo algo de presión –ambos nos reímos con ganas al imaginarnos la situación-. Él, esquivo siempre con los medios, no hizo acto de presencia hasta que la ceremonia hubo acabado y entonces, y solo entonces, les “largó” un dossier a todos los periodistas a los que se les había pedido que aguardaran allí, hasta ese momento; nadie tenía ni idea de lo que iba a acontecer –ante la cara de estupefacción que luce Andrés rompo a reír con fuerza y él se suma a las carcajadas con ahínco.
Hemos tardado un buen rato en apaciguar nuestras risas y después, animado, doy fe cierta de que voy a engullir ración y media, del maravilloso condumio que la inefable Paca ha tenido tiempo de acabar de pergeñar tras sus dimes y diretes con las engoladas matronas, antes de partir hacia la novísima estación de tren para recibir a mi prima Inés que la noche anterior me anunció su visita en el primer AVE de la tarde y a la que espero con una pizca de inquietud pues, mientras escuchaba sus innecesarias disculpas por las molestias que me iba a ocasionar, presentí que algo complicado debía acontecer para que abandonase su casa con tanta prisa y se quisiera alojar en la mía, cosa nada imaginable conociendo su delicadeza y el respeto a la intimidad de los demás. Yo soy un solterón irredento, y algo cascarrabias por añadidura, e Inés es la discreción personificada.
CAPÍTULO TERCERO
El siguiente
En ayunas, con una excelente disposición de ánimo, estoy aguardando turno; me han informado de que mañana tendré los resultados de este análisis, el último de los que he de “consentir” que me realicen.
Las normas, en el siglo XXI más que en los anteriores, nos exigen a los profesionales del sector de la hostelería este requisito; hay que presentar, como parte de nuestro currículo profesional y después de que éste supere una ardua criba y la idoneidad del mismo sea aceptada, un papelito oficial en que se avale nuestro estado de salud para poder trabajar.
No puedo quejarme, para todo el mundo es así, desde el lavaplatos al chef, pero, francamente, me abruma tanto pinchazo y me espanta la espera; el aguardar turno y el ineludible retorno al centro de salud para la recogida de los resultados se asemeja para mí a una estación del Vía Crucis, otra más de las varias que, en lo que llevo de año, he de coronar, espero que con éxito.
Es martes, 28 de agosto y la esperanza me invade; antes de salir de casa he mirado el calendario que me traje de Pavía y está el día iluminado, lleno de corazones refulgentes: San Agustín. Sin duda es un gran presagio para mí ya que fueron unos bellos meses de aprendizaje culinario los pasados en territorio pavese, entre deliciosos arroces hechos con mimo y exquisitos postres conseguidos con paciencia, los que tuve que pasar en la hermosa ciudad italiana.
Se supone que ya tengo adjudicado el puesto si a los contratantes les parece que la prueba de mi buena salud resulta satisfactoria. Una tranquilidad desusada se apodera de mí cuando pienso en ello y ya me veo, trajinando a placer, entre los espléndidos fogones del novísimo y ultramoderno hostal que muy pronto entrará en funcionamiento y de los que, posiblemente, si todo sale bien, tendré el honor de comandar.
No todo es malo en esta sociedad del consumo inmoderado en la que nos toca desgranar los días de nuestra existencia; hay cosas que pasaban antes, hay cosas que no pasaban antes, hay cosas que… Bueno, sería el cuento de nunca acabar el tratar de hacer un exhaustivo estudio de las normas sociales más candentes y de las heredadas; voy desgranando todo esto mientras estoy aquí esperando pues la verdad es que no tengo mucho más que hacer pero no es un tema que me apasione ni consiga distraerme lo suficiente para que me decida a lanzarme en su pos, últimamente tengo poca inclinación a andar caminos trillados.
Nunca pronuncian tu nombre en este ambulatorio de zona, en dónde les compete estudiar los fluidos del cuerpo humano y emitir un diagnostico sobre el estado general de salud de los que aquí estamos. Un horrísono gruñido emitido por el descomunal altavoz, que puede oírse sin dificultad desde el jardincito de acceso al centro, farfulla, al parecer, indeciso un: “El siguiente” que más se adivina que se entiende.
En la pequeña ciudad en la que nací y en la que, tras muchas ausencias y renuencias, he decidido ganarme el pan diario, la competencia es tan feroz que nada hay que objetar a que en la brega por un puesto de trabajo se exijan cualificaciones formales y conocimientos variados que la mayoría de las veces, para el buen desempeño de la especialidad a la que optamos, nada tienen de útil: descartar a una gran parte de los aspirantes parece ser la única razón de que se requiera el dominio de ésta o de aquélla capacidad.
Ayer, primer día de semana, un lunes como otro cualquiera para alguien que únicamente dispone de unas pequeñas de rentas -que no le permitirían vivir más que unos pocos años del usufructo de un modesto capital-, y que no tiene, por tanto, la libertad suficiente para obviar el calendario ni la semana en que se halla si desea incrementar sus bienes, por fin, tras muchos titubeos, decidí que ya estaba bien de andarme por las tan famosas ramas (desconozco dónde están ni a qué espécimen arbóreo pueden pertenecer, pues la voz popular nada aclara al respecto), y valientemente, con un desparpajo del que no tenía constancia y jamás había atisbado en mi parca personalidad, me presenté para el puesto que tantos días había visto publicitado en la prensa local.
Allí estaba yo, entre otras muchas personas, de la manera que me pareció más oportuna: el cabello convenientemente adecentado, la intensísima fragancia “natural” de la diminuta pastilla de jabón ecológico, con la que me había restregado todo el cuerpo hacía un rato, exhalando desde mi piel y a través de la ropa un elocuente perfume hasta los sorprendidos competidores que se hallaban en mi entorno más inmediato y que aparentaban, sin conseguirlo, ser inmunes a los cálidos aromas de canela y madreselva con los que estaba –involuntariamente, claro- atacándoles el sentido olfativo, un lustre clamoroso en el calzado y el tamaño correcto en las uñas recién pulidas, ni muy cortas ni muy llamativamente dejadas crecer; el esmerado atavío completado con un muy discreto y profesional conjunto, confeccionado con una tela de probada resistencia a las arrugas, lo suficientemente fresco para aguantar durante horas sin que los signos molestísimos de la humana transpiración se manifiesten. Por último, y, no por ello lo menos importante, la discreta maletita con el notebook sobre las rodillas, inapreciable herramienta y verdadera aliada en la consecución de mis aspiraciones profesionales.
A mi derecha, en la pequeña silla que a duras penas podía contener el volumen desmesurado de su cuerpo, Ange, se mordía las uñas con delectación. No me atrevía a decirle ninguna de las cosas que me parecían obvias, dados los muchos avatares y situaciones similares a los que me había tenido que enfrentar durante mis años de profesión: no era casualidad que en un ambiente de lujo se mostrasen tan mezquinos a la hora de acomodar a los aspirantes y, posiblemente, por la alta responsabilidad en el cargo en disputa, estarían analizando todas y cada una de nuestras acciones y palabras antes de entrevistarnos.
Era consciente de que Ange no estaba allí por casualidad ni, desde luego, por ambición respecto al puesto de trabajo. Si yo tuviese posibilidades –todo un sueño irrealizable, por desgracia-, con los ojos cerrados, pondría a disposición de Ange la instalación de cocina más selecta que hubiese en el mercado; hasta de pie podrían degustarse sus magníficas creaciones.
Entre fogones, palabra de que es así, Ange levita y desde sus rechonchas manos surgen maravillosas y suculentas obras maestras.
-¡Cáspita! Si tardan mucho en atenderme he de comerme las yemas de los dedos.
Eso se atrevió a decir, observándome por el rabillo del ojo. Todo el sentido del humor de que es capaz parecía expresado en una frase tan ruin, pero me dio lo mismo, absolutamente igual, pues sé lo que intentaba, pero yo no iba a darle ninguna pista sobre los menús que custodiaba mi diminuto ordenador y la única forma de hacer posible semejante milagro, con el faro cuyos destellos guían mis pasos en la profesión, era mantenerme en silencio, y así lo hice.
Ange me miraba con un punto de asombro bailando en el fondo de sus pupilas, ya que sin duda esperaba que yo picase cometiendo la inconveniencia de participar en el soliloquio que inició, y creo que debió de parecerle excelso mi punto de discreción, pues empezó a convulsionarse entre carcajadas desiguales al cabo de poco rato. Bien conoce mi orgullo y lo lenguaraz que puedo llegar a ser; me pierde la soberbia: ayer, aguanté de una forma increíble.
Ange, viendo rotas sus expectativas de hacerse con alguno de los secretillos que después adapta a sus genialidades culinarias, se incorporó pesadamente de la silla y trasladó el sólido cuerpo con el que ha de marchar por la vida hacia la entrada de la sala y se abismó en la delectación de los exquisitos bocados puestos allí por “nuestros” posibles patronos, y digo “nuestros” porque está claro que nunca cambiará de profesión, pero todavía es más meridianamente transparente el que en una cocina ha de ser César o nada, y en un negocio como éste, para cuyos fogones los demás mortales estamos compitiendo, a Ange no le interesa entrar; en el gremio nos conocemos todos, bueno, casi todos, ya que la mayoría no eran foráneos, pero “La olla de sabiduría”, respetuoso y cariñoso apelativo con el que se le designa, tanto por su buen hacer como por su aspecto físico, saben bien que jamás se avendría a la más mínima industrialización del proceso de fogones; hasta ahí alcanza la grandeza de Ange.
A pesar de que en las cocinas de Termas no destacan las estrellas Michelin, ni tenemos demasiadas menciones colgadas en nuestro universo culinario de las que enorgullecernos, todo el mundillo patrio de las cazuelas y peroles se hace lenguas de su creatividad e instinto y creo sinceramente que eso es el verdadero genio.
La recepción fue estupendamente preparada, salvo en la parquedad de acomodo nada hay que decir, el picoteo excelente: Pequeños cuencos repletos de exquisiteces, una provisión variadísima e interminable de recargas para la máquina de café, botellitas de azulados tonos para el agua que fuimos consumiendo… En fin, todo un derroche de buen hacer.
Me parece que ahora tengo la vez y me levanto yendo hacia la sala de extracciones, mínima expresión de laboratorio eficazmente atendido por un puñado de personas que siempre, y digo siempre, hacen más llevadero el trance de la necesaria donación; abandono las ensoñaciones profesionales de nuevos platos y posibilidad de aprender ya que, si todo sale bien, mañana miércoles coronaré mi cabeza con el distintivo de chef y por un larguísimo espacio de tiempo, habré de cumplir y hacer cumplir fielmente las gustosas cuchipandas previamente acordadas con la dirección pero que, por desgracia, y por dinero, no me permitirán mirar hacia la creatividad que reina en la cocinilla de Ange, ni tampoco imitarle.
Pasado el mal trago, entre sonrisas cómplices y buenos augurios de su parte, me despido de los encargados del laboratorio con un “Hasta mañana, muchas gracias”.
* * * * *
“-Tendremos mucho gusto en considerar, plenamente satisfechos, desde luego, todas sus propuestas para confeccionar los menús. No obstante, confiamos en la amplia experiencia que ha obtenido trabajando en las cocinas de instituciones como ésta para que tome al pie de la letra las normas que se establezcan sin desviarse de las pautas, ni usted ni el personal que quedaría a su mando y plena discreción, pues ya sabe lo importante que es el resultado económico en la pervivencia de nuestra industria y cualquier innovación no programada puede desequilibrar el balance”.
Como si un caudalillo de agua se deslizase dentro de mi cabeza, resuenan las palabras que, sin respirar, me espetó uno de los dos altos directivos con los que me entrevisté anteayer.
“-Tengo la satisfacción de comunicarle que será una elección fácil de hacer si, cuando vuelva usted con la analítica, son correctos, puro trámite, aunque, indeclinable”.
Otra parrafada oída entre los dos apretones de mano que me endilgaron en la despedida y que me ha traído aquí, hoy, a recoger los resultados de marras; no me parece un buen comienzo de andadura el que si mis posibles contratantes pertenecen a un grupo tan importante de la restauración tenga yo que llevarles los resultados desde el ambulatorio de mi domicilio.
Encubierto tras la frase: “Análisis independiente e imparcial”, me barrunto que son unos tacaños de tomo y lomo y habré de andarme con mucho tiento al repasar la despensa y vigilar con esmero de que en el inventario cuadren hasta las migas.
Brama el altavoz y yo, con la distracción propia de mi vida interior y un sonido extraño que llevo puesto dentro de la cabeza desde hace unos pocos días, no me levanto.
-Cariño, te toca, ¿es que no has oído decir “el siguiente”?
Me está diciendo, la jovial ancianita que sacude cariñosamente mi hombro y, tras acariciarme el rostro con un descarnado y frágil dedo, me toma de la mano y dirige una profunda mirada a mis pupilas; debo de tener una expresión tan absurda que sonríe, compasiva, y me palmotea la mano que ahora ha cogido entre sus dos pequeñas pinzas y me insta a levantarme para que pase por la puerta que hay delante de mí.
-Joven, está usted embarazada; muy sana, eso sí, pero embarazada. Ahora mismo le doy un volante para que le asignen especialista. No, no se altere, hija mía, todo lo demás está bien, tranquila. Un poquito baja la hemoglobina; normal. Aquí tiene, cariño, su volantito y ésta receta para que vaya tomando un poquito de vitaminas con ácido fólico hasta que la vean. Enhorabuena, reina.
Creo que, después de todo, y en vista de que los resultados, sean o no los apetecidos por los demás, son maravillosamente buenos para mí, voy a tomarme todo un año libre, es el momento de dar la vez y que pase el siguiente; yo, obediente, tras pararme delante de la anciana que me avisó y aguarda todavía su turno para ser visitada, me acerco a ella y le estampo un sonoro beso en la hundida y tibia mejilla, nos sonreímos sin decirnos palabra y tras ello, me acerco al alto mostrador para que me asignen hora con el obstetra; he tenido suerte, hoy, miércoles, pasa consulta y me atenderá. Los embarazos y la crisis económica no casan bien y el doctor no parece tener abarrotada la agenda, dentro de media hora me atenderá.
Aguardo muy pacientemente, amparada del húmedo calor bajo las cimbreantes ramas de las majestuosas palmeras que tanta belleza proporcionan a la construcció en la que nos atienden los galenos a todos los necesitados de un especialista y dedicaba mi tiempo a evaluar la nueva situación en la que me hallo inmersa, como caído del cielo, aparece Lucas, el marido de mi tía Inés, “el poli”, hombre al que creía ausente de la ciudad tras su marcha por la jubilación, asomando su oronda anatomía por el otro lado de la verja de la entrada.
-Tío Lucas –grito, entusiasmada-. Tío Lucas, estoy aquí, ¿puedes venir a sentarte un poquito conmigo?
La verdad es que se ha acentuado la sensación de mareo que he venido sintiendo últimamente y creo que únicamente cuando me han confirmado el estado de buena esperanza he dejado de luchar contra él y me puede; no quiero arriesgarme a levantarme y darme de narices contra el suelo y hago señas a mi medio pariente para que sea él el que se aproxime.
-¿Qué tienes, pequeña? –Pregunta solícito el hombre cuando llega trotando hasta mí-. Estás muy pálida, criatura.
-Tranquilo, tío –compruebo conmovida que se preocupa sinceramente-. Estoy embarazada –le espeto, sin preámbulos y no puedo evitar echarme a reír cuando él da un paso atrás, como si una descarga eléctrica le hubiese alcanzado -. No seas así, Lucas, hombre –le digo, interrumpiendo mis risas-. Estamos en pleno siglo XXI, ¿no te habías enterado?
-¡Pequeña!, no seas tonta, mujer. Es que me has pillado desprevenido, no he emitido ningún juicio de valor respecto a lo que me acabas de decir. ¡Enhorabuena!, sinceramente te lo digo, querida –dice, dándome un beso paternal en la coronilla.
Siento que la cara me arde: de todos los parientes, directos e indirectos que tengo, él es uno de los pocos que merecen aprecio y yo no he sabido transmitirle mi respeto; ni siquiera le he preguntado por Inés.
-¿Cuándo ha llegado, tío? ¿Está bien la tía Inés? –Se atropellan las preguntas en mi boca.
-Sí, mujer, tranquila, no sufras, criatura –me palmotea la mano-. Llegamos ayer tarde mismo, estamos en casa del pariente de tu tía –ante un gesto mío de extrañeza pues no comprendo de quién me habla, continúa-: Ya sabes que de parte de madre, a tu tía, le queda un pariente, Pascual, el que vive en el barrio de Ciudad Vieja.
-¡Claro, ahora caigo! –exclamo tras recordar que Pascual es un anciano solitario del que no me acordaba en absoluto ya que mi difunto padre, cuyo parentesco me une a Inés, no lo trataba, le rehuía sin que jamás yo llegase a enterarme del porqué-. Es estupendo que estéis aquí, siento no poder ofreceros la casa, tío Lucas, ya sabes que desde el derrumbe lo único que quedó en pie fue el torreón árabe y es bien ajustado para mí.
Hemos permanecido más de un minuto en silencio y tras unas miradas cómplices a ambos nos asalta un acceso de risa. No es para menos cuando se visualiza mentalmente el histórico acomodo familiar, una casona amplia y señorial, mitad palacio mitad cochera, que estaba deshabitada desde hacía bastante tiempo y que se vino abajo una noche tan sigilosamente que apenas hubo noticia de ello hasta el día siguiente en el que la claridad diurna desveló el estropicio.
Uno no puede menos que echarse a reír, ante el resultado óptico que dejó aquél célebre derrumbe como testimonio, ya que el cuerpo entero del interior de la construcción quedó reducido, de la noche a la mañana en un montón de escombros tras implosionar sobre sí misma.
Afortunada y misteriosamente las fachadas siguieron en pie, sólidamente sostenidas y ancladas por las innumerables basas de origen romano sobre las que se fue edificando, dando la falsa impresión de estar perfectamente el conjunto. Pasado el susto apareció el asombro y desde entonces viene siendo motivo de chistes y chascarrillos sin cuento respecto a las apariencias el palacio sin techumbre.
Bien visto no deja de ser humorístico el que todo el interior fuese atraído fatalmente por un excéntrico y soberbio aljibe de origen musulmán con el que compartía basamento y sin duda necesitaba de manera urgente y perentoria compañía tras pasar siete solitarios siglos lleno de telarañas y agua y portándose formalmente.
Mi casa, mi hogar es, desde entonces, el enorme, macizo y rechoncho torreón de origen árabe de piedras y argamasa que con muy buen juicio pusieron, con un cuerpo totalmente independiente, a la entrada del aljibe los arquitectos musulmanes y es lo único que permanece habitable; me bastan para vivir los cuatro pisos en los que aunque no sobra espacio real queda bien compensado por la altura ya que desde las cuatro mirillas saeteras, que ventilan cada planta reconvertidas y que me sirven de ventanillas de atisbo, domino prácticamente Termas y hasta llego a ver el mar en los días sin demasiada humedad en el ambiente, cosa que en Termas no suele ser la norma.
-Dime, ¿podrás subir y bajar tantas escalerilla estando en cinta? –se interesa Lucas, preocupado.
-Tranquilo, hombre –contesto presurosa tras secarme los ojos que las risotadas me han llenado de lágrimas-. Cuando volví hice instalar un pequeño y práctico elevador que lo mismo me sirve para subir y bajar cómodamente sentada que para hacer una mudanza -le tranquilizo.
-Tu tía estará contenta, siempre me está dando la lata con “el castillo” como llama a tus posesiones.
-Tenéis que venir a comer allí, vais a quedaros a cuadros al ver todo lo que he conseguido adecentar mi humilde castillito –rompemos a reír de nuevo-. Mientras duren las excavaciones arqueológicas entre lo hundido no se puede tocar nada y he de apañármelas; estoy disfrutando de lo lindo, tío Lucas, con lo que he conseguido hacer allí –no parece muy convencido al escuchar mis palabras así que continúo hablando-: Los vecinos han dado en llamarme “La hurí del Tossalt”, no te digo más.
-Y, ¿eso porqué? –se extraña.
-Ya sabes que llevo fuera de Termas muchos años de andanzas por esos mundos, salvo las personas mayores, pocos me recordaban cuando volví y como heredera de una ruinas “raras”; resulto exótica
Ahora sí que hemos roto definitivamente el ancla de la contención pues estoy segura de que no hay nadie por los alrededores del ambulatorio de salud que no esté pasmado ante las carcajadas que los dos soltamos a todo trapo.