Excerpt for El último invierno by Alberto de la Madrid, available in its entirety at Smashwords




Alberto de la Madrid




El último invierno











http://albertodelamadrid.es/

albertodelamadrid@gmail.com








NOTA PRELIMINAR


Mi madre y yo llevábamos dos semanas indagando por el paradero de mi padre cuando apareció este manuscrito, un disquete cuidadosamente disimulado en el interior de un libro; tenía en la etiqueta el título de El último invierno. Fue doloroso ver aparecer, página a página, aquella relación de circunstancias y recuerdos sobre la pantalla del ordenador. No sé si mi padre tuvo alguna vez la intención de escribir un libro, y en ese caso las doscientas y pico páginas que constituyen este trabajo se justificarían por sí mismas independientemente de los hechos que tuvieron lugar después, o si por el contrario su intención fue escribir urgido, quizás, por la necesidad de dar expresión inmediata a sentimientos y reflexiones que se le debieron de agolpar en un momento de delirante soledad y confusión.

Durante el periodo que abarca este relato hizo viajes esporádicos a distintas partes del mundo, y también largas excursiones por los Alpes y los Pirineos. Cuando el trabajo le abrumaba o un deseo tiraba de él con especial empeño, metía un saco de dormir y cuatro cosas en el macuto y desaparecía por una temporada, una semana, un mes, dependía de la inspiración y del dinero disponible en ese momento. Mi madre no sólo no ponía reparos, sino que por el contrario se volcaba en facilitar la realización de aquellos extemporáneos proyectos.

En casa siempre hemos viajado mucho, en los veranos sobre todo, y desde luego cuando mi padre marchaba no extrañaba la situación, me parecía algo normal. También hay que decir que siempre usamos de una extrema liberalidad en lo que concernía a las costumbres y a la manera de pensar de cada uno. Era notable cómo ambos resolvían sus relaciones afectivas en un clima de la mayor cordialidad. Ello justifica que hayamos tardado tanto en comprender lo que estaba sucediendo.

Añadiré que mi apreciación de muchos de los hechos que se narran difiere notablemente de la que hace mi padre en su libro, y por supuesto el retrato que él pinta de mí me parece deformado por una visión de la realidad que no se corresponde con la verdad.

Fue una persona de costumbres solitarias; pasaba las tardes junto a su ventana favorita, siempre un lugar desde donde se viera el campo y el aspecto del cielo, siempre leyendo o contemplando simplemente alguno de los interminables crepúsculos que se ofrecían para nuestro espectáculo desde la casa donde transcurrieron los años posteriores a mi infancia. Aunque también fue un hablador empedernido, a veces con amigos con los que las conversaciones se prolongaban hasta el alba, pero también con mi madre hablaba incansablemente; entonces no había prisas para marcharse a la cama. Después de cada uno de estos excesos volvía a caer en su mutismo habitual.

La lectura del manuscrito en seguida nos ha puesto sobre la pista del significado de su desaparición. Intentaré aclarar los hechos más adelante. Hago observar a los lectores que el presente relato se corresponde exactamente con aquel que encontramos en el disquete de mi padre, sólo se ha alterado el nombre de las personas y el de los lugares por razones que sin lugar a dudas los lectores comprenderán.






Para Berta,

a ti que quizás no tuviste la culpa de nada.





TORTILLA DE PATATAS

Quizás lo de hoy no sea más que el colofón de un ciclo de circunstancias que se repiten con pocas variantes a lo largo de mi vida. El color metálico de la tarde, este silencio, la espera, que haya de inquietarme junto al teléfono, frente a la ventana, que me consuma rastreando los ruidos de un motor en el camino de la casa, intentando detectar los pasos de Berta en la grava; como el ciclo de las estaciones, como el ciclo del agua siguiendo un itinerario pergeñado de reiteraciones y acaso de sorpresas como la de hoy.

Debo maldecir de la liberalidad de mi ingenua disposición, nuestra confianza estaba basada en normas no escritas y en conmovedoras intuiciones que hoy se me revelan como absurda ignorancia. Esta tarde se cierra —o se abre, según se mire— un ciclo; la extrema nostalgia de la lluvia, el ruido monótono sobre la uralita, el azul desvaído del día que acaba sobre las ramas desnudas, despiertan en mí, sin embargo, una oleada de sensaciones que matizan el silencio y la espera; la penumbra que empieza a apoderarse de los rincones de la habitación, esta agua monótona y exhaustiva, adormecen mi ánimo y convierten mi indignación sorprendida en una aguanosa indiferencia.

Acaso este ciclo comenzó en unas lejanas navidades.

¡Qué solo me sentía entonces! Se me imponía desde meses atrás una imperiosa necesidad de huida; ausente, lejos de cuanto me rodeaba, me hacía despechado contra mi propia soledad; arrogante y desabrido me escondía en el monte como las bestias rumiando mi despecho contra toda esa realidad que me rodeaba y que no quería entender. Fue con ese ánimo que una noche de música y de errar despierto hasta los confines del alba me llevó, impelido por un secreto deseo de deserción, a deambular por la ciudad.

Unas manzanas, semáforos, algunas calles estrechas, bullicio, fiesta, confusión de tarde; la ceremonia colectiva de la Navidad se celebraba no de manera diferente a otros años, por la acera transitaban grupos de bromistas achispados, rostros festivos y relajados, gente apresurada. Caminaba entre la multitud sin rumbo fijo; haría ya un par de horas que había dejado la oficina, posiblemente había repetido el itinerario siete u ocho veces, siete u ocho veces flotando como un corcho entre los embates de las olas, siempre una tropelía humana zumbando como abejas por las calles del centro. Cerca de Callao me detuve frente al escaparate de una librería, después sorteé a un mendigo tirado en la acera sobre cartones de embalaje. Por la calle Preciados discurrían riadas de viandantes; fluir incesante, mercado navideño, luces, tiendas. Atravesaba la fiesta distraído y ensimismado, el reloj de Sol daba las siete, era Nochebuena. Junto a los surtidores paraba un nutrido círculo de curiosos, un grupo de jóvenes cantaban canciones que hablaban de Jesús. La megafonía era trivial y zumbona, exigía un esfuerzo excesivo de mi oído. Sobre el empedrado gris de la plaza las farolas crecían como espárragos llenos de rocío. Pasé junto a La Mallorquina, los olores golosos de la infancia estaban por allí flotando en el aire como entonces: las milhojas, las trenzas, los suizos con nata; salir del metro y tropezarse con aquel rastro era todo uno, mi glotonería despertaba en el instante. En la Plaza Mayor se avanzaba con dificultad entre la muchedumbre; curioseé de aquí para allá en los puestos; la música distorsionada de los villancicos y el vocerío gangoso de los feriantes formaban un galimatías incomprensible.

Era claro que en aquel instante no sabía lo que haría en las próximas horas, parecía abandonado al fluir de la plaza; movimiento caótico junto a los puestos como mariposas de verano alrededor de un farol. En la confusión un hombre joven aprovechó las apreturas para simular un tropiezo y sacar algo de mis bolsillos; no articulé palabra, pero instintivamente me agarré a él con una mano mientras con la otra buscaba el contacto de mi cartera; no estaba; aquel individuo me la entregó sin rechistar; después salió corriendo como alma que lleva el diablo. Miré indiferente y ajeno cómo se alejaba.

De Cuchilleros subía un tropel de turistas que parodiaba el Viva España a grandes voces. Me metí en una cervecería de los soportales; no encontré la voz cuando quise pedir un bocadillo y una cerveza; parecía haberse perdido en la garganta; el camarero se me quedó mirando como un imbécil mientras enarcaba las cejas y repetía apático algo que no entendí. Lo peor es que encima me pongo como la grana cuando me pasa esto; me entra ganas de salir corriendo; tampoco sé encontrar después el tono ni el timbre adecuado; durante un rato quedo fuera de juego, no doy pie con bola. Indefenso y vulnerable como un pato sin plumas tuve que repetir mi pedido porque el barman no me oía; las palabras se me atascaban en la garganta y las últimas sílabas salieron delgadas y agudas como del fondo de un flautín desafinado. Intenté recomponer un aspecto circunspecto e indiferente pero el fracaso fue rotundo. Salí en seguida del bar buscando aire fresco; después crucé hacia la calle Bailén.

Bajé por la cuesta de la Vega, varios bucles solitarios trenzados alrededor de unos cuantos árboles y restos de aligustres; pendiente brusca hacia el río junto al muro de La Almudena, en tiempos cuesta de putas de cinco duros y espectáculo prohibido de los sábados por la tarde.

El aire que subía del Manzanares me refrescó la cara. Ya sólo me cruzaba con la luz de algún automóvil culebreando por los adoquines de la cuesta. Las algarrobas se columpiaban en oscuros racimos sobre el resplandor cetrino que se escapaba de las farolas del paseo de Extremadura; algunos muñones de olmos y acacias ostentaban una bruñida y escueta desnudez, fustes y columnas maltrechas, de un oscuro peristilo vegetal salvajemente podado. En un extremo de la plazoleta próxima a la Virgen del Puerto, había un coche aparcado; el lugar estaba algo oscuro pero entre la grisura de los aligustres se filtraba una débil luminosidad que caía sobre los cuerpos semidesnudos de una pareja. La mirada fue fugaz pero suficiente para alertar mi interés y entretener mi atención un tanto sombría. Cuando estuve suficientemente lejos dudé, tomé aire, deseché la idea, no me pareció adecuada a las circunstancias, hice un esfuerzo definitivo por alejar ese calor repentino que se me había venido encima.

La Navidad, tanta fiesta, tanta cordialidad y tanto turrón me dejaban tristón; todo aquello formaba en mi ánimo un cuadro delicuescente y onírico que contemplaba con la curiosidad distante con que se mira algo ininteligible. También era cierto, por otra parte, que mi percepción estaba mermada por ese ejercicio de nostalgia al que me había entregado con indiferencia a partir de la hora de la comida. Caminando entre la doble hilera de olmos del paseo tuve un recuerdo para Josema y para las primeras largas conversaciones de mi adolescencia; fue entonces cuando empecé a tomarle gusto a las palabras.

La última vez que le vi habíamos empleado toda la tarde del domingo en pasear por los alrededores del río Manzanares enfrascados en discusiones sin fin; tardes locas que se nos iban en interminables parlamentos que ahora no sabría precisar. Sí sabía, sin embargo, que había hecho un descubrimiento notable, por primera vez los sonidos de las palabras se incorporaron a mi conciencia como hecho autónomo; los sonidos concretos, precisos, se tropezaban con conceptos abstractos y escurridizos y era necesario aprender a usar de aquellos para precisar y perfilar los significados, un montón de contradicciones e incógnitas que se bien disponían ante nosotros apenas comenzaba el ir y venir de los paseos del domingo. Nos gustaba pasear entre las hileras de olmos; a veces también nos sentábamos junto al río; las aguas negras despedían por lo general un pastoso olor a alcantarilla que no recordaba con desagrado; el aspecto ferroso de la superficie y las ondulaciones que producía el viento de la tarde eran muy agradables y armoniosas.

Al río le habían nacido ahora acompañantes ruidosos, la M-30 se llevó el relativo sosiego de su orilla en esta parte del río. Como contrapartida el agua bajaba más limpia y los patos habían hecho de su hogar el centro del río.

El puente atraviesa la linde de dos barrios diferentes, al del oeste se sube por el paseo de Extremadura. El presupuesto municipal de Navidad sólo había llegado para iluminar los árboles entre el río y la Puerta del Ángel; más arriba había una oscuridad discreta interrumpida por minúsculos escaparates y alguna que otra farola solitaria.

Me entretuve en un par de jugueterías. En una de ellas había un gran caballo de cartón y un tren eléctrico rodeado de indios y americanos de goma; la caballería atajaba el asalto de los indios, que a su vez blandían sus hachas sobre soldados impecablemente uniformados. El fuerte lo habían colocado en la parte posterior del escaparate junto a un enorme oso de peluche; era de troncos rematados en punta por arriba; entre los troncos sobresalían los fusiles del cuerpo de artillería. Una compañía completa salía del fuerte tras la bandera norteamericana.

De pequeño subía por allí con frecuencia. Jugueterías, cines, pastelerías, ferreterías, tiendas de comestibles, cordelerías, bares, papelerías, camiserías, droguerías; aquellos escaparates de barrio de mi niñez, donde se miraba y descubría el mundo que entonces estaba a nuestro alcance, cambiaron con el tiempo; los bancos y las oficinas de seguros crecieron a expensas de los cines —el Chiki, el Astoria, el Extremadura— y de los pequeños negocios familiares. La reforma más drástica de la calle fue poco después de que desaparecieran los tranvías; una capa de asfalto cubrió los raíles, los adoquines de granito y una pequeña acera que corría por el centro de la calle a lo largo del paseo. Los viejos olmos de entonces parecían, sin embargo, no haber alterado su forma ni su textura; hoy extendían sus ramas desnudas, ligeramente volcadas hacia el centro de la calle, como siempre, impasibles, ajenos al paso del tiempo. Para ir a casa desde el Manzanares escogía a veces el itinerario alternativo de la avenida de Portugal. El paseo, casi siempre lleno de gente y distracciones, lo fui abandonando poco a poco después de los ocho años; prefería el aislamiento de la avenida, el largo paseo de plátanos que subía paralelo junto a la valla de la Casa de Campo y la Feria.

Cuando ambas calles se juntaban, después del repecho que termina en la gasolinera, me desviaba a la izquierda por calles oscuras y algo tristes hacia casa. Hoy me parecieron más tristes todavía aquellas calles: las fachadas desteñidas, sin pintura, el revoque caído bajo aleros y balcones...

Mi madre me miró con cansancio cuando le dije que me marcharía esa misma noche; no discutió mi iniciativa. Mi padre no había llegado aún, ella preparaba en la cocina la cena de Nochebuena. Quería marcharme ya mismo. Mi hermano y mi hermana jugaban en el suelo del cuarto de estar. Entré en mi habitación y en diez minutos hice el macuto; mi madre me preparó una tortilla: patatas, cebolla, huevos, sal; añadió algo de embutido, no quise llevarme más.

Volví a salir a la calle, aquel espacio semioscuro era más inhóspito que hacía un rato, resultaba casi agresivo. Me dirigí hacia el metro. El autobús para Manzanares debe salir entre las nueve y las once, pensé.

Llegué a Manzanares muy tarde; al descender del autobús oí repicar las campanas sobre la voluminosa esfera del reloj de la torre de la iglesia; faltaban pocos minutos para las doce. Por una desconocida asociación de ideas relacioné aquella convocatoria con alguna de las celebraciones de Semana Santa de hacía muchos años: la fastuosidad de la liturgia, aquellos fantasmas cubiertos de largas telas moradas presidiendo la ceremonia; y sobre todo aquello, los cantos, tan sobrios, tan monótonos, que a veces pudieron asolar mi ánimo hasta el límite de las lágrimas; también en otros momentos fueron capaces de provocar un gozo extraño y profundo. No asistí nunca, sin embargo, a la Misa de Gallo; si lo hubiera propuesto en casa seguro que mi padre me habría soltado algún ex abrupto.

En la iglesia habría unos cincuenta feligreses, todos situados en los primeros bancos junto al altar; quedé decepcionado porque entré allí atraído por una expectativa estética asociada a celebraciones concurridas, a olor incienso, a música de órgano, y me encontré con una vulgar celebración litúrgica dirigida a unos pocos vecinos. Fui a sentarme en la penumbra del fondo bajo el artesonado del coro; el resto del edificio estaba profusamente iluminado. Después de que entraran unas pocas personas más apareció, el oficiante; era un hombre barbudo, le acompañaban dos monaguillos. Los feligreses se pusieron en pie. El cura tenía el aspecto fondón y dócil de un hombre de bien, era joven. Estuve a punto de marcharme pero me retuvo algo, el olor del incienso, el rito en sí mismo, cierta nostalgia. Aunque sabía que muchas de mis creencias estaban a punto de derrumbarse definitivamente —siempre estuvieron a punto de derrumbarse durante muchos años—, reconocía que aún se sostendrían por algún tiempo auspiciadas por una especie de misticismo poético que de vez en cuando atravesaba mi ánimo. En cierto momento un vestigio de emoción recorrió parte de mi cuerpo, pero se desvaneció en seguida, era demasiado cómodo creer, pensé. La presión a la que estaba sometido desaparecería apenas en unos minutos, y con ella esa fantástica presencia que empezaba a enroscárseme tibia alrededor como remedio y protección frente al frío y la soledad. Me repugnó pensar que todavía era capaz de caer en algún tipo de delirio religioso. La celebración fue muy breve; cuando apagaron las luces ello me produjo el efecto de despertar de un sueño, me sorprendió contemplarme a mí mismo hincado de rodillas en la penumbra de una iglesia vacía. Me colgué el macuto y busqué la puerta de la calle.

Unas pocas luces de colores colgaban como frutos exóticos de los árboles; antes de las últimas casas las luces se fueron apagando hasta quedar la calle iluminada tan sólo con un par de bombillas miserables. De los hogares trascendía al exterior la música, las voces, el ambiente festivo de lo que acaso debía ser una noche de Navidad: familiar, tibia, un poco locuaz. Todavía oía los aires de un pasodoble, cuando abandoné el asfalto a la salida del pueblo; un ancho camino de tierra, con algunos chalés a los lados, subía zigzagueando junto al río mudo.

Sobre la planicie en que yace Manzanares espejeaban oscuras las aguas del embalse; luces dispersas, el trazo amarillo de algún automóvil en la carretera; hacia el norte se asentaba una paz oscura y silenciosa, se adivinaban altos riscos y fragosidades ahora inabordables. Se echó al monte como una alimaña, era apenas una sombra en la densa opacidad de la noche, deletérea, corcova la silueta sobre los pinos, el camino una referencia absurda: todo parecía un remiso preámbulo de la nada.

No comprendía cómo había llegado a imponerme aquel ostracismo, nada especial me impelía a exhibir ante mí mismo tamaña demostración de aislamiento; sin embargo la decisión se fue conformando poco a poco durante toda la tarde y ahí estaba, una sombra en la oscuridad, caminando en la madrugada, indolente y aterido de frío, por una senda mil veces bifurcada y perdida entre jaras y bloques de granito.

Recordaba la noche anterior; apenas había dormido; rodeado por la oscuridad, estuve vagando sobre un fondo de música de Haendel la madrugada entera. El Mesías sonó hasta casi el amanecer dejando un continuo ribete de desasosiego y patetismo sobre mi ánimo; la opacidad naranja de la habitación, rayada a veces por el paso de algún vehículo, acompañó este prolongado estado de ensoñaciones. Cuando se acabaron los discos de Haendel coloqué la Misa de réquiem de Ockeghem. Parecía encontrar un placer indefinible en aquella música tan triste. Empeñé mi voluntad en dar continuidad a aquella situación, un espacio líquido en el que flotaba un estado de semiinconsciencia similar al que sigue a un sueño profundo cuando uno se demora en la cama suspendido entre dos mundos imprecisos e irreales. Se movían ambiguos la tristeza y los sonidos como las ondas sobre la superficie caudalosa de un gran río.

La música fluía luminosa como desde un reverbero, calma sobre calma ahora, en mi interior; llegaba como un hilo que transportara limpio y claro en sus notas una sensación de paz y silencio. Escuchar música antes de dormirme era un hecho habitual, solía hacerlo con el principio de alguna partitura clásica, quince, veinte discos que heredé de mi abuelo; sin embargo en esta ocasión la melodía y, acaso, el vagar de los pensamientos, convirtieron las largas horas hasta el alba en un laberinto de estímulos; livianos e inconsistentes, casi un preludio al principio del sueño, se hicieron complejos y controvertidos apenas pudieron moverse con libertad sin el apremio de la necesidad de dormir. No sabría determinar cuándo ni cómo se produjo la transición desde la somnolencia acostumbrada de la medianoche a ese estado de vigilia. Cuando fui consciente de que no me dormiría de inmediato intenté reflexionar sobre la aparente normalidad de lo que hacía a diario, escuché la música —que poco a poco se hacía más y más sugestiva—, escudriñé en la oscuridad los rincones de la habitación.

Fuera, el invierno era riguroso pero bajo la manta había un calor confortable. De la música —aun para un oído poco habituado como el mío— parecía llegar un mensaje apaciguador. El Mesías, los discos los compré de segunda mano, me gustaron las carátulas, fue un acto impulsivo, aquellas voces eran la caja de resonancia de todas mis reflexiones. Entre ellas se abrió paso una tristeza que a lo largo de la noche fue ocupando todos mis pensamientos.

Llegó luego la otra realidad, ni siquiera un rostro o un nombre en quien pensar, mi aislamiento no había cedido un ápice desde el verano, terco como una mula, guardando las distancias, arrogante, despechado, timorato, tímido, ¡yo qué se!

Mi relación con tres, cuatro mujeres, relación exclusivista casi siempre, me alejó de otros ambientes, así que cuando por una u otra razón aquello terminó me encontré en mitad de la calle sin saber qué hacer. No era difícil adivinar lo que podía necesitar, pero lo negaba, lo negaba con suficiencia; puedo bastarme a mí mismo, me decía; amaba la soledad, el silencio, cosas así. Aún no me había arrancado las últimas penas, el miedo que a veces me corría por la espina dorsal recordando a Teresa; tampoco el estupor de lo que puede llegar a ser una relación equivocada, María Luisa, un segundo amor en el que no quise comprometerme; ella se casó unos meses después con un amigo común; en la iglesia, envuelta en su traje blanco, me miró con resentimiento; era cierto, sólo quería que me dejaran en paz; era precisamente eso lo que me dolía, no ser capaz siquiera de un sentimiento de comprensión; estaba claro, fuera de mis propios intereses me movía con torpeza, mis razonamientos quedaban bloqueados. ¡Qué coño pintaba yo en una boda como aquella!

Dos chicas de la facultad con las que salí fueron también intentos poco convincentes en los que no llegué a creer. Belén, una simpática morena con la cara picada de granitos, andaba ya con un medio novio y, Áurea, la desenvuelta Áurea, inteligente y amigable pero dispuesta en exceso a merendarse el mundo con su firmeza de carácter, resultó distante y asombrosamente resbaladiza cuando de los circunloquios quise pasar a las proposiciones concretas. Me comporté como un colegial con ellas, tal era el respeto que debían imponerme aquellas mozas; hubo un par de excursiones y algún que otro encuentro, pero comprendí en seguida, no insistí. Quizás haría tres meses de aquello. Desde entonces el teléfono dejó de tener sentido.

Volví a mis tareas, estudiaba con regularidad, frecuenté temporalmente a antiguos compañeros de viaje, pero todo tenía un sabor insípido. Me encerré por fin en unos pocos libros, en algunos paseos solitarios; un puñado de obligaciones me proporcionó un bienestar momentáneo. Los días eran vacíos e insignificantes. Pensar en el futuro no era atractivo, los proyectos ya no se sostenían por sí solos, los planes aparecían como tras una leve cortina de humo, desdibujados por la inestabilidad o una irritabilidad que sólo encontraba sosiego en largos paseos lejos de la ciudad.

Y así llegaron las Navidades, las calles comenzaron a iluminarse y a llenarse de ruido, movimiento, luces. Aquello me molestaba todavía más. Era incapaz de diversiones sencillas, los recuerdos de aquellas fechas no fueron recuerdos boyantes, nada de lo que sucedía a mí alrededor tenía razón de ser, el folklore navideño me traía al fresco.

Las consecuencias no se hicieron esperar, la autoexclusión se paga; me sentí desdeñoso, huraño; apenas sin ser consciente fui alimentando ese ostracismo que se nutría de ideas fijas y de un orgullo despechado, como si el mundo me debiera y no me pagara. Esa noche, por ejemplo, asido a un puñado de fantasmas y a unos pocos discos viejos. La calle parecía haberse también sumado con su silencio a este cónclave de sombras y música.

No obstante, los paréntesis, la tregua, eran momentos de inusitada belleza; aquellas voces vibrando tensas y claras en la oscuridad de la habitación podían con todos mis estados de ánimo. Cuando lograba aligerar la presión del recuerdo o el fluir espontáneo de mis pensamientos, la música volvía a derramarse liviana y silenciosa; los discos, oídos siempre tan distraídamente, despertaban ayer con fuerza al otro individuo que me habitaba. A ratos terminaba por imponerse la música, se agitaban mis ganas de vivir; atravesado por el instante, quieto, confortado por el calor de las mantas, contemplaba, escuchaba las cosas de la noche con la escondida preocupación de que aquello pudiera desvanecerse en cualquier instante.

Habían desaparecido como por ensalmo la excitación, la indiferencia de la tarde, el amargo sabor de boca, la distancia despectiva de proscrito llevada como una enseña durante las últimas semanas. En su lugar quedaba un resto de tristeza y la sensación amortiguada del Aleluya sonando entre sueños mucho tiempo después de que el disco se hubiera parado definitivamente.

Debió de gestar una pastosa sobriedad en mi organismo todo aquello. Durante el día siguiente anduve recorriendo la ciudad sin ningún rumbo concreto, la mente en blanco, la mirada perdida; únicamente el deseo casi voraz de estar solo me poseía con fuerza.

En la cresta de la noche sólo el silencio. Tregua, quietud del tiempo. Los pasos atravesaban la calma prístina del valle. A ratos un rumor de ramas, escueto, breve, como soñado.

Ahora me asustaba la fuerza compulsiva de las determinaciones; cuando una decisión repentina, neta, se me imponía con aquella energía, su peso llegaba a ser demoledor, no había entonces lugar a razonamientos ni tiempo para echarse atrás; arrancaba como un toro, la cerviz hacia el objetivo, incapaz de pensar en el sentido de la acción emprendida ni en la posibilidad de darme media vuelta y volver a casa.

El camino era el de siempre, después de los últimos chalés —algunos con el árbol de Navidad exhibiendo un brillante destello intermitente sobre el mutismo nocturno del entorno— el encajonamiento del río y la ladera enriscada; luego un ángulo recto y el sendero remontaba el río por un apacible llano de hierba rala y sauces enanos. El itinerario lo hice muchas veces, también de noche; cuando llegaba el invierno la subida a la Pedriza se hacía inevitablemente a oscuras, sin embargo nunca el silencio ni la sobrecogedora desolación fue tanta hasta entonces.

Más allá de la Pradera de los Lobos, el valle vuelve a estrecharse. Por allí bajó la noticia del accidente de Tino, un hombre jactancioso que escondía una humanidad primitiva bajo la apariencia de la fanfarronería de moda; formaba con el Boci y el Mogo un triunvirato conocido, los reyes del mambo en aquella parte de la sierra. El Boci y Tino abrían un nuevo itinerario sobre la pared sur de Cancho Amarillo y algo falló; se produjo una caída brutal, Tino quedó colgado de la cuerda a veinte metros del suelo. Pese a lo espectacular del vuelo creyeron que se trataba de una caída sin trascendencia, de las que uno se llevaba a casa unos cuantos rasguños de recuerdo, no más. Pero estaban solos. La cuerda quedó trabada de forma incomprensible sobre el cuerpo de Tino; un par de metros le separaba de la pared, fuera de la plomada.

La sombra de los riscos formaba una línea de siluetas aserradas que ascendía por la alfombra de gayubas que tapiza la ladera del Yelmo. Bajo el cielo cárdeno las masas tibias del granito invitaban a la contemplación.

Inmediatamente después de la caída, Tino, que se movía aún colgado al final de los veinte metros sin poder controlar el movimiento pendular, pudo sobreponerse al susto bromeando aún sobre el gran vuelo que había dado; la jactancia era parte del oficio. Al Boci le sangraban las manos. Despacio empezaron a manipular las cuerda.

Bastaron unos pocos minutos para comprender la gravedad de la situación; la cuerda, extrañamente bloqueada en su cuerpo, empezaba a clavarse en su carne oprimiéndole el pecho con una presión insostenible. Intentó desplazar la cuerda, forcejeó con desesperación durante diez, quince minutos; fue inútil, el esfuerzo lo dejó exhausto. Tampoco había cuerda disponible para maniobrar, tirante la totalidad entre Tino y su compañero después de haber dejado deslizar éste los últimos metros en la caída. Estaban amarrados a la misma suerte. El suelo, el camino que descendía allá abajo hacia las Buitreras, quedaba fuera del alcance de ambos. Habría bastado con que pasara algún rezagado de última hora por allí para que todo hubiera sido fácil: alertar a un equipo de rescate no hubiera llevado en ese caso más de una hora.

Pero no hubo rezagados. La oscuridad empezó a mascullar la tragedia entre sus muros, la esperanza de que pasara alguien se fue desvaneciendo con la última luz del día hasta desaparecer engullida por la noche.

A la mañana, cuando las primeras luces doraron los riscos aquellos, el cuerpo de Tino colgaba inanimado, enorme, de la cuerda como un ajusticiado medieval. El viento lo movía ligeramente.

La noche en que se acabaron los trabajos de rescate era similar a ésta. ¿Qué coño significaba todo aquello?, me venía diciendo. No me refería ya sólo a aquel hecho casi reciente, o a los pensamientos que me ocupaban aquella noche; pensaba también en las calles de Madrid, la gente, sus motivaciones; en mi familia, todos ellos apresurados por sus propios asuntos. Mi padre quería comprar un coche, llevaba años hablando de ello; para pagarlo tendría que hacer portes durante tres años; cuando termine de pagarlo el coche estará para el desguace. Un personaje de Beckett recorre un itinerario absurdo durante trescientas páginas, el final es incoherente y ridículo. No se trataba de nada en concreto pero todo lo refería al mismo hecho irrevocable de aquel cuerpo colgando aquella mañana sobre el camino. El tufillo de lo absurdo asomaba entre tanta cavilación.

No era suficiente el esfuerzo de la subida para mitigar la baja temperatura. Peña Sirio, a la derecha, tiene un hueco en la parte superior a través del cual puede verse en algún momento la gran estrella que acompaña a Orión (eso decía Ignacio). Se oía el agua más abajo, algunos pájaros salían asustados entre los matorrales. Volvía a acordarme sucintamente de casa, no me encontraba a gusto en esas fiestas familiares, por eso debía rehuirlas; sin embargo la sensación tibia que otros lugares me proporcionaban, el paseo solitario de ese día por ejemplo, no me evitaban esa impresión de proscrito que llevaba encima.

Soledad, miedo, tristeza, dominio. Había una relación entre todos estos sustantivos aquella noche. Me paré un instante en la bifurcación de la Poza de Kindelán, pensaba en las conexiones que establecen las personas con el miedo, pero sobre todo la del miedo asumido y gratuito, el que uno se busca sin razón aparente de necesidad. Cuando me miraba en él —en mi miedo particular— recibía una imagen satisfactoria que apreciaba, el miedo venía a recordarme con puntualidad algunos de los significados vitales que intuía, me miraba en él como en un espejo y, de la regularidad de esta relación, nacía una seguridad desarraigada y volátil. El aquí mando yo que a veces pudiera increpar a mi miedo o a mi pereza no siempre era efectivo, los días atravesados de apatía o cansancio, sostenía mal la guardia. Muchas veces fui consciente de esta interpelación que debía producirse entre el yo y mi miedo cuando mi disposición no era suficiente o las dificultades superaban mis previsiones; el miedo sabía buscar disculpas mimetizadas siempre de sabias razones: la lluvia, la nieve, el cansancio, la dificultad excesiva al emprender una ascensión. Una de las ventajas del solitario es esa facilidad adicional de la conversación con uno mismo; los propios fantasmas son buenos contertulios si se camina muchas horas en silencio.

Cuando alguna vez oí aquello de que sólo se debe tener miedo del miedo me pareció que la expresión era palabrería huera, pura retórica. Yo podía afirmar que mis relaciones con el miedo eran no sólo aceptables sino también muy interesantes. En momentos como aquel, una inquietud perceptible sobre las yemas de los dedos delataba un complejo nudo de emociones en donde el miedo convivía en excelentes relaciones con otros apreciables vecinos.

El camino subía en continuos requiebros entre las altas jaras; en algún tramo era necesario agacharse y caminar encorvado como si estuviera atravesando un estrecho túnel. Decía que eran complejas mis relaciones con el miedo, se trataba de un pulso permanente entre la indolencia y la posibilidad del reto, entre la debilidad plausible y la confirmación de mi fuerza: fuerza creadora, eclosión sobre el mundo mineral, la grácil curva del horizonte ganada a cada instante en un sucesivo recomenzar.

La razón de ser de lo cotidiano saltaba en pedazos cuestionada por la fuerza comunicadora de la naturaleza; nacía una nueva dimensión en donde la nada reinaba fresca, señora del lugar. La pérdida del sentido se transformaba en experiencia estética a la vez que en identificación solidaria con el ciclo natural de la vida. El lastre de los porqués remitía razonablemente...

El gorgoteo de la fuente bajo el refugio, junto a los tres chopos, una plazoleta recogida y acogedora, se había transformado en un duro carámbano de hielo. El riachuelo cercano no era más que un murmullo lejano sepultado entre los brazos de la noche. Fijé la atención en el discreto sonido que hacían las botas sobre los guijarros. En algún recodo se quebró el hielo que cubría parte del camino.

Anduve aún media hora por el sendero que serpenteaba hacia el collado de la Dehesilla. Un cansancio pesado y desordenado me decía que ya estaba bien, que eran demasiadas horas sin dormir, que mañana sería otro día. A veces la noche entera parecía un sueño.

La excursión me había levantado un apetito voraz. Paré en el primer prado que encontré, recompuse el lugar del vivac y en seguida me arrebujé helado en el saco. Mis manos estaban rígidas. El cielo y la noche me parecieron enormes. Palpando encontré la tartera en el fondo del macuto; las yemas de los dedos se quedaban pegados al aluminio. Dentro había una tortilla de patata; tortilla llena de pequeños cristalitos crujientes en su interior, tortilla helada, tortilla fría, tortilla dura.

Mucho tiempo después recordaría con claridad esa noche y esa tortilla, el tránsito inhóspito de patatas y huevos a través del esófago.

El frío era delirante.




UNA COMIDA EN EL CAMPO


¿Qué clase de horror puede ser mayor que esta incertidumbre?, y más, ¿cómo cojones voy a quedarme aquí sentado como si se tratara de ir tirando hacia alguna suerte de destino necesario? Ni frío ni calor; desidia, indiferencia. Llevo dos días pegado a esta ventana, exprimiendo con la mirada este caótico transcurrir de las horas frente a la tierra, el sol, la lluvia de esta tarde, y sólo espero ya, estar solo, que no se les ocurra a mi hermana y a mi cuñado aparecer con un cesto de setas y me estropeen la tarde más de lo que está. La primera estupidez que se les ocurriría sería preguntar por Berta. Ellos no tienen la culpa claro, sin embargo a veces parecen no enterarse de nada, igual que aquel fin de semana cuando nos reunimos la familia para despedir a la tía Nuncia.

La única persona cuya presencia toleraría hoy sería la de Natia, y aún así habría necesitado de un gran esfuerzo. No hay nadie con quien pueda hablar como con Berta, esa naturalidad con la que conversamos ella y yo de lo que se nos ocurre en cada momento, sin más, expresando lo que sentimos reiteradamente bajo múltiples variantes, nunca pude tenerla con mi hija; con ella es difícil llevar una conversación fuera de temas relacionados con su cine, su música, su gente de la facultad; además, el hecho de que sea mi hija suscita que haya temas vedados en nuestras conversaciones. Está demasiado agobiada por sus propias inquietudes, presiento que soy para ella poco más que su progenitor. Las mujeres hablan mejor con sus hijos, se colocan en seguida a su altura y no tienen ese pudor que la cercanía de la intimidad provoca en los hombres.

Después de todo es la misma extrañeza que tengo yo respecto a mis padres, ¡qué forzados nos hemos sentidos todos en las raras ocasiones en que las circunstancias nos han obligado a hablar con un poco más de largura sobre nosotros mismos!, ese dolor de no poder sobrepasar la apariencia superficial de nuestros sentimientos, de no poder acercarnos al otro, que es otro mundo, otra realidad que se percibe insondable e inalcanzable aunque se trate de tu padre o de tu esposa.

Acaso haya también un momento en la vida en que, como sucedió a Nuncia, no pudiendo resistir tanta soledad, estallemos.

Aprovechábamos un domingo soleado para celebrar una pequeña fiesta familiar en el campo en homenaje a la viejita nonagenaria que era Nuncia.

Mientras Natia y Berta terminaban de preparar las cestas con la comida, mi hermana vino a buscarme a esta habitación donde a menudo paso la mayor parte de mi tiempo libre. Se conservaba muy bien Carmen. Su hija mayor de diecisiete años, la que gateaba en los tiempos primeros de nuestro matrimonio por el parquet de nuestra casa comprometiendo a todo el mundo para que le hicieran una gracia, la había hecho abuela hacía un año ya. Me gustaba la abuela de esa tarde. Con la disculpa de ayudar en los preparativos de la merienda se había venido una hora antes de lo previsto; vestía un ajustado vestido negro. Hubo una oscura ocasión en que nos sentimos atraídos ambos en medio de una larga tarde de invierno. Presentía que ella también lo recordaba entonces, tenía algo su mirada que lo delataba. ¿Cómo te va?, le pregunté. Sus pechos, pequeños, están discretamente oprimidos por el vestido. Sabe cuidarse y ser coqueta. Estaba de pie a mi lado y apoyaba su mano en el respaldo de mi silla. Mi cuñado completaba varios meses de baja por una lesión en el brazo y no encontraba otro quehacer que sentarse frente al televisor, se amargaba; se aburre, no te puedes imaginar la situación, me decía. La miré, creí que sería posible otra vez la experiencia de aquella tarde, Carmen ya era una mujer madura; me tenía cierta admiración, lo adivinaba en su mirada.

Charlaba con ella sobre esa necesidad vital de poseer motivaciones apasionantes con las que poder convivir, la necesidad de no dejarlas pasar; pero lo que yo quería era mirarla; sabía que querría hablar de Luis, de su vida familiar, de sus preocupaciones; pero también sabía que, salvo que nos encontráramos solos algún día con mucho tiempo por delante, eso no sería posible, era muy improbable que con un marido como Luis, que no la dejaba ni a sol ni a sombra, aquello sucediese.

Nos mirábamos, hablábamos para que el silencio no nos delatara; nuestra conversación no era exigente, unas pocas palabras parecían bastantes para justificar la situación y el exceso de mirada con que nos regalábamos mutuamente. Seguro que está pensando lo mismo que yo, me decía. Nuestros besos de saludo eran especialmente cariñosos a veces, sus labios fueron cálidos y algo fofos siempre. Se me ocurrían circulares razonamientos de justificación, me argumentaba a mí mismo que probablemente la harina de que está uno hecho ha sido cocinada y horneada por el cinismo en un pudibundo y patibulario mundo de vírgenes y santos lelos.

Luego nuestro embeleso terminó, entraba Rocío, la más pequeña de sus tres hijos. Se colgó del brazo de su madre y tiró de ella hacia el jardín.

Sobre el cauce del río caen las sombras de olmos viejos; algunos sauces describen una elegante curva de pocos metros y se enderezan poco más allá buscando la luz, erguidos sobre los remansos de agua próximos. Se habla a la sombra de una ordenada alameda, el lugar aproximado donde los recuerdos sitúan largas vacaciones de veranos de infancia. El lugar no era lo que fue. La mayoría de los grandes árboles de la orilla han desaparecido, y la armonía natural de lo que crece a la buena de Dios ha sido sustituida por hileras uniformes y simétricas de álamos.

En el recuerdo de niño el río debía de tener cierta similitud con los de las películas de aventuras. Un escenario como aquel sólo despuntaba cuando el verano comenzaba a asomarse por las calles de mi barrio.

Ahora podía emplear la palabra majestuoso para designar aquella masa calmosa de agua compacta que discurría frente a la carpa de nuestro campamento familiar, clara y transparente por la mañana, y oscura y revuelta por la tarde cuando el nivel crecía hasta ocultar los pocos peldaños de la escalera que salvaba el talud entre el agua y la plataforma de nuestra parcela. Sobre la ribera opuesta se amontonaba una línea impenetrable de árboles y arbustos que fueron durante mucho tiempo el paradigma de las selvas del cine. Sólo me quedan dos o tres recuerdos de esa orilla: cierto día que me aventuré con un vecino por ella en busca de ranas —habíamos descubierto una charca de hermosas lentejuelas verdes—, y otra vez en que la crecida del río nos sorprendió cuando todavía no habíamos terminado de atar la leña que debíamos transportar a nuestro campamento. Fue emocionante aquello, cruzar con el agua hasta el cuello, sosteniendo en la cabeza un considerable haz de leña; se parecía mucho a lo que había visto en el cine. No tenía ningún miedo. Mi padre debía seguirme a poca distancia, pero en el recuerdo estoy solo, el agua me rozaba la barbilla y tenía la sensación realísima de estar viviendo una gran aventura en algún río de película.

También recuerdo una pequeña anécdota de mi tía Luisa relacionada con aquella orilla. Mi tía siempre solía pasar algunas semanas con nosotros durante los veranos; todos dormíamos en una gran carpa de lona. Los domingos también venía mi tío Federico; siempre sucedía lo mismo, al rato de aparecer con su moto, una Guzzi pintada de rojo, mi tío y mi tía desaparecían al otro lado del río y no volvíamos a verlos hasta el final de la tarde. Era quizás muy pequeño entonces para buscar explicación a aquel hecho raro; fue sólo mucho después cuando entendí esas misteriosas desapariciones, porque ni siquiera llegué a relacionarlo con lo de la tarde en que fuimos a por ranas al charco de las lentejuelas. Aquel día, cuando buscábamos el camino de la charca, oímos suspiros y unos gritos entre los matorrales; nos asustamos y corrimos un poco en dirección opuesta, pero, como luego callaran apenas habíamos llegado a unos árboles próximos, mi amigo y yo decidimos desvelar el misterio dando un largo rodeo hacia el lugar en donde habíamos oído los gemidos. El misterio no era otro que mi tío y mi tía desnudos, uno encima del otro, moviéndose detrás de unas zarzamoras como si tuvieran en el cuerpo el baile san Vito.

Tía Nuncia había emprendido este viaje desde Canadá con la pesadumbre y el obvio convencimiento de que era el último viaje de su vida que haría. Lo había prometido a mi padre muchas veces a lo largo de cincuenta años. También debía cumplir una vieja promesa a la Virgen con este viaje. El segundo día de su estancia en Madrid fue a los Jerónimos a ofrecer una misa en sufragio por el alma de su marido. Emilio, un hombre joven con el que le unía un lejano parentesco, la acompañó por el laberinto de los aeropuertos hasta Barajas.

Los hijos de Carmen se habían ido a pescar y Natia marchó con ellos disimulando como pudo un apático aburrimiento que se había acentuado desde el momento en que Nuncia le había dedicado durante la comida un buen número de carantoñas maternales destinadas a ganar su afecto; cumplidos de vieja, diría ella después en el viaje de vuelta. Sentados en el suelo improvisamos una tertulia que se fragmentó inevitablemente en seguida en tres grupos. Emilio, Berta y Luis se habían regalado con un whisky que alguien tenía escondido en el fondo del maletero y se les veía felices filosofando sobre el sistema, los viajes y algo de fútbol —Berta había debido zanjar pronto aquello del fútbol con un no seáis muermos; lo hace siempre que mi cuñado se empeña en darle a la vara con el tema—; mi hermana hablaba con mis padres; mi madre no quitaba ojo a la conversación que manteníamos Nuncia y yo, evidentemente estaba celosa de la atención que dispensamos a Nuncia, había que andar de puntillas para evitar males mayores, cualquier roce por pequeño que fuera levantaba desde hacía días la susceptibilidad, al acecho, de mi madre.

A Nuncia no le importa dejar una mancha corrosiva de ironía en medio de una discusión banal. Mi madre por su parte es una pésima anfitriona, hubiera preferido que Nuncia se hubiera ido a un hotel. Tú lo que eres es tonto, le decía a mi padre, que también tenía que aguantar lo suyo con las intemperancias de su hermana. A fin de cuentas hacía cincuenta años que no la veía, venía a contestar con gesto resignado mi padre, cuando le comentábamos la manera de ser de Nuncia.

Se había hecho muy reservado mi padre, era verdad; se hacía mayor y torpe con una endiablada velocidad; el día anterior sin ir más lejos, cuando lo dejé junto a la parada del autobús, me dio pena verlo correr decrépito como ese río junto al que charlábamos, recorriendo perezoso y abúlico los últimos meandros de la vida por una suerte de cauce seco sin atractivo alguno. Me dio mucha pena, nunca habíamos hablado verdaderamente —acaso alguna regañina que le he tenido que echar ya siendo viejo para tratar de despabilar su pereza, alguna mediación en las quejas por la forma de ser de mi madre, poco más—; y ahora que le veo apagarse poco a poco es más difícil todavía, ha pasado la oportunidad de decirnos nada; si en setenta años no pudimos ver el momento menos lo vamos a encontrar ahora. Parecemos dos vecinos que habiéndose cruzado durante medio siglo esporádicos saludos en el portal de casa, se encontraran un día en un mismo compartimiento de tren al comienzo de un largo viaje. Nuestra situación no puede ser más embarazosa. Se me parte el alma cuando le oigo balbucir un gracias por una pequeña molestia que me he tomado con él. La semana anterior había salido de casa de madrugada; cerca de la parada del autobús dio un paso en falso y estuvo a punto de romperse una pierna. Por la tarde me llamó disculpándose porque le tuviera que ir a recoger con el coche para llevarle a casa.

Hablar, hemos hablado, pero siempre abrigados por una conversación general, esos días que nos juntamos con mis hermanos en la casa de ellos y prolongamos a los postres las consabidas charlas sobre temas comunes. Pero es distinto, unos y otros hablamos protegidos por una lluvia de palabras cuyo objeto es llenar las horas de la tarde hasta el momento conveniente de marcharse. Allá les veo entonces quedarse de nuevo solos en ese barrio de chalés donde los gatos son la única visita durante los días laborables. Salen a la puerta —la calle está iluminada por tres miserables farolas— y nos dicen adiós mientras arranco el coche; portaros bien, les digo, medio en broma medio en serio.

Tuercen en la primera esquina, salen a la carretera de Illescas, pasan junto a una plaza; una fuente mana en el centro rodeada de un seto de romero. A la izquierda una larga alameda ocupa toda la vega por debajo de las últimas casas del pueblo. La luz del coche tantea débilmente el asfalto siguiendo las curvas suaves que remontan el otero junto al castillo. Desde allí se ven las luces de algunos pueblo; sobre una atalaya, encima de Esquivias, se perfila la sombra de un grupo de pinos grabados en el último rastro claro del crepúsculo. La carretera vuelve a descender, ahora pasa un campo moteado de viñas.

No soporto la idea de que mis padres se vayan a morir en unos años; esta lejanía, imposible de restañar, me hace daño ¿Será sólo por ellos mismos?, ¿será por mí que me acerco ya a los cincuenta?, ¿será que Natia se hace mayor y sus años — ¡tantas veces me lo digo!— me sirven de mirador para contemplar estas cosas con mayor cercanía y objetividad? ¿Cuáles serán los pensamientos de mi hija cuando una tarde similar a ésa dentro de veinte, veinticinco años, abandone la casa paterna para reintegrase a su casa, a sus asuntos diarios?

Nuncia estaba deseosa de hablar. Me agarró sin ningún reparo, tú aquí conmigo, dijo, y esbozó una de esas zalamerías que ya conocía. Me toma del brazo, me acerca hacia el lugar donde está sentada ella y me suelta en seguida alguna galantería referida a mi madre: que le controla el agua para bañarse porque dice que escasea y la cortan cada dos por tres, que sin embargo en una semana no ha faltado nunca, que ella está acostumbrada a bañarse todos los días, tú verás, lo único, que viene poca, pero ya que hay un depósito no tiene por qué haber problemas, que lo que quiere es fastidiarla. Busca un aliado y usa toda su maña —un tono mimoso y almibarado que incluye una vocecita de pitiminí empalagosa y aflautada— para hacer creíble lo que me está diciendo. Su hermano es sin embargo un santo, lo que tiene que aguantar a esa mujer, dice con cara de circunspección, señalando con desdén hacia mi madre. Me cuenta cómo estuvo esperando ayer más de una hora en una iglesia de Madrid hasta que ella terminó de oír misa. Había hecho una promesa que era ir a rezar a la Virgen cuando volviera a España por última vez y él me esperó a que terminase, es un cacho de pan tu padre, dijo.

Hablé toda la tarde con ella junto a ese río escuálido. Los pájaros parecían los únicos supervivientes de aquel preludio de desierto.

Alguien desde un despacho enmoquetado ha determinado la muerte del río. El agua agonizante pasa más abajo cruzando de una a otra parte del cauce, describe ridículos meandros, se remansa aquí y allá retenida por troncos viejos arrastrados hasta allí por antiguas riadas.

Mientras la escuchaba miraba a veces el río; parecía un moribundo. Se moría ahí mismo, desahuciado, arrastrando, miserable, los pies de la misma manera que lo hiciera aquella anciana del Narayama que emprende el largo camino que la llevará arriba hacia el reino de la nada.

Nuncia era una mujer arrugada de paso lento y calmoso que sabía sonreír con el arte particular de las personas que ejercen una solapada tiranía sobre sus semejantes; no había que dejarse engañar, aquel aspecto bonancible —esa expresión beatífica que tienen los pensionistas centroeuropeos paseando por las playas mallorquinas—, albergaba en ella una férrea voluntad de dominio. ¡Pobre del que se dejase embaucar por los artilugios de su minusvalía de anciana! Su rostro imperativo la denunciaba frecuentemente surgiendo en medio de una sonrisa quebrada; cuando su voluntad no era capaz de someter a disciplina su gesto, lo que sucedía siempre que se la contrariaba, su expresión se desmoronaba y adquiría de inmediato el aspecto borrascoso y tedioso del monarca omnipotente en trance de deportar despectivamente a todos sus súbditos.

Pese a todo me cayó bien, la escuchaba con deferencia, interesado por el tono y la antigüedad de las historias que me contaba. Se pasó media vida en un país de habla inglesa, pero no sabía más de tres palabras de aquel idioma; vive sola en un undécimo piso de una torre de cemento en un moderno barrio de Calgary, un lugar donde encontrar hispanohablantes es poco menos que imposible. Le gusta el vino —un vasito mediado en cada comida—. Su hijo, que murió hacía unos años, había elogiado frecuentemente la disposición de Nuncia para entenderse en un mundo tan cerrado como aquél sin utilizar una sola palabra del idioma de la calle. Evidentemente había exagerado, lo que la salvaba de la inanición, estaba claro, era su disposición a usar de las personas que tenía alrededor con la misma desenvoltura con que se ejerce un derecho adquirido en la noche de los tiempos. Se había negado a aprender ningún idioma; siendo joven pasó quince años en Río de Janeiro y tampoco allí llegó a utilizar los buenos días imprescindibles que salvan del ostracismo elemental a cualquier ser humano. Del inglés se reía: A mí que no me hablen chuchuchú.

La tarde era apacible. Nuncia hablaba muy bajo acercándose a mí como depositando una valiosa confidencia que los otros no merecieran. Entre pausa y pausa contaba una lejana y deshilvanada historia; se perdía, recuperaba el hilo, apostillaba a veces, yo lo quería mucho, ¿sabes? Después volvía una y otra vez en espirales sucesivas sobre un relato que no terminaba de encarrilarse. Mi intento por encontrar una coherencia a la narración tropezaba continuamente con una actitud de ensueño y nostalgia que ayudaba poco a aclarar el sentido general de lo que contaba.

Su coronel tenía los ojos negros, un bigotillo cruzaba por encima de sus labios, su piel pálida daba un aspecto pulido y claro a su semblante. En el retrato que me mostró el fotógrafo habían retocado las mejillas con algo de colorete. Era una larga historia de amor que transcurría en los tiempos de Alfonso XIII.

Me hablaba de su casa. Las paredes de su apartamento de Calgary son blancas; también las de los otros pisos, un bloque de veinte plantas donde sólo viven ancianos. Tenía cuatro cosas, todo estaba muy limpio, quizás excesivamente limpio. La calle también estaba muy limpia; en las colas del autobús siempre había gente amable, la ayudaban a subir los tres peldaños, a escoger entre la calderilla los ochenta centavos del precio del billete. Probablemente todos los ancianos de aquellos bloques llamaban la atención por su aspecto extremadamente aseado, por la blancura de sus rostros.

En estas cosas pensaba cuando la oía hablar de aquella tierra con tanta prodigalidad. La pulcritud y la tutela de aquel entorno no podía imaginármelas de otra manera, una especie de aséptico hospital; en esos apartamentos hacía su vida Nuncia. Cuando se le fundía una bombilla, siempre había un empleado encargado de reponerla, si caía enferma podía contar con un servicio médico apropiado o con una cama en la residencia. Sin embargo, no había, cuarenta años después de instalarse allí, una persona con la que pudiera cruzar dos palabras. No leía, no hacía calceta, se estaba ahí sin hacer nada, mano sobre mano, días, meses, años. Si le preguntaba sobre la televisión, decía que sí, que la veía, que en las películas, aunque no entendía inglés, sí que sabía lo que pasaba.

¡Había regañado tantas veces con la poca familia que le quedaba...!, siempre la misma endiablada acritud. Después de la muerte de su hijo Alfredo, prosiguió pertinaz cavando su propia soledad; ya nadie tuvo fuerzas para acompañar y comprender a aquella mujer; muy pocas veces sonó ya el teléfono en su casa, mi padre que la llamaba a cobro revertido dos, tres veces al año, para ponerla al corriente de las incidencias del cobro de su pensión.

Era una mujer que por fuerza moriría en unos pocos años —cumplía los noventa y tres en octubre—; no comprendía yo aquel aluvión de destemplanzas, no encontraba ni medianamente justificadas aquellas salidas de tono que tan virulentamente estallaban en momentos inesperados como arroyo hinchado por la tormenta.

Se levantaba tarde. Poco antes de su viaje a Madrid la operadora tuvo que insistir numerosas veces después de las once de la mañana porque nadie atendía la llamada cuando estábamos seguros de que Nuncia no había salido de casa. Después de media hora, logramos comunicar con ella; contestó al teléfono con una voz casi inaudible, allô, allô, parecía articular las palabras desde el fondo de un túnel, no llegaba a comprender de dónde venía la voz al otro lado del teléfono. Daba indicaciones sobre su salud, hacía una semana que no salía de casa, mi padre se esforzaba en vano intentando hacerle comprender que tenía que mandar una fe de vida si quería seguir cobrando la pensión. No mostró interés por el tema, la traía sin cuidado. Aquello estaba tan lejos como la voz que recorría medio mundo para llegar a sus oídos.

Según la oía trataba de imaginarme el tipo de vida que podía hacer allá en aquel undécimo piso, poco menos que un desierto para una anciana sola y medio impedida. Era una falacia aquello de que Nuncia no necesitaba saber inglés para entenderse con la gente. Ahora yacía allá, rodeada, acompañada casi exclusivamente de sí misma. Nadie la aguantaba, era la dramática realidad; ni siquiera su zalamería en conserva le sirvió de gran cosa en su relación con nosotros. Sembraba cizaña con la misma naturalidad con que bebía su vaso de vino diario. Cuando la despedimos en el aeropuerto, nadie hizo el menor esfuerzo por alargar la despedida, por auspiciar un nuevo encuentro futuro. Evidentemente no la volveríamos a ver más. Digerí mal aquello. Una tremenda sensación de culpabilidad se me agitó durante mucho tiempo por dentro. Recordaba con incredulidad en qué paró aquella última tarde de confidencias previa a su partida, la de hoy.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-26 show above.)