La Yellamma
Smashwords Edition, 2012
© José Luis Romero
Portada: Paz Gómez
La Yellamma, es, de todos los relatos de este libro, el de tema más dramático y estremecedor: la violación y venta de niñas en Bombay. Si los hechos son una enorme brutalidad, el relato opta, también, por la sencillez y la economía de recursos; narrado en primera persona, como manera de aproximarnos emocionalmente a las protagonistas, es un testimonio del sadismo y la crueldad de los hombres contra las niñas, vírgenes, comercializadas por sus padres como ganado.
Cristina Peri Rossi.
Borracho por el vino, Ravana el gordo reía mientras masajeaba sus pies descalzos en el vientre de Punamia, la niña de cabellos dorados. Ella, desnuda y temblorosa, gimoteaba bajo su enorme peso. De repente clavó su mirada en mí, una mirada inyectada en odio. Se levantó bamboleando su gran tripa y se me acercó lentamente. Entonces sentí que mil mariposas aleteaban en mi barriga. Nadie me había mirado de aquella forma.
-¡No le hagas daño! –gritó Punamia.
El gordo cogió una vara que tenía junto a la puerta, fue hacia ella y la azotó.
-¡Cállate, zorra! –maldijo.
La niña de cabellos dorados se revolvió contra él y le mordió en un pie. Ravana soltó un alarido.
-¡Puta, puta, puta! –le gritó fuera de sí mientras volvía a golpearla con furia.
Aterrada, me refugié bajo una mesa, pero Ravana me persiguió tambaleándose. Tenía sangre seca en una oreja y la cara arañada. Me arrastró de los pelos hasta una gran alfombra que había en el centro de la habitación y me abofeteó. Comencé a llorar. Me arrancó el vestido y se echó sobre mí, noté el gran peso de su tripa y un fuerte dolor en el vientre. Fue como si un hierro caliente me atravesase y grité. Grité de miedo y de dolor, pero el gordo seguía aplastándome contra el suelo con su barrigón, mientras me insultaba, y cada vez me hacía más daño. Al momento se quedó inmóvil, pensé que quizá habría muerto, pero no fue así, porque por primera vez me llegó su apestado aliento agrio a vino y noté su lengua húmeda en mi oreja. Cerré los ojos y pensé en papá, mamá, en Danwar Bihta… Y creo que me desmayé, porque cuando abrí los ojos estaba en un lugar oscuro y húmedo abrazada a Punamia, la niña de cabellos dorados.
De esta forma como conocí al malvado Ravana y, ni los miles de kilómetros que separan Londres de Bombay, ni los muchos años que han pasado desde entonces, consiguen borrar el recuerdo de aquel día, ni el calvario que Punamia y yo, con apenas once años, vivimos a continuación. Un recuerdo que atormenta cada uno mis días y que cobra vida en mis pesadillas, pero que a la vez me da fuerzas para sobrevivir y luchar para librar a otras niñas del terror que vivimos Punamia y yo.
Era feliz en Danwar Bihta, mi aldea. Un lugar que se cae del mapa y donde manda un feroz terrateniente. Y era feliz a pesar de que ser dalit en cualquier lugar de la India no sea lo mejor que te pueda pasar en la vida, porque se nace, se vive y se muere siendo dalit, y un dalit es impuro por naturaleza, tan impuro que hasta su sombra está contaminada. Así lo dice el Código Manu.
El Código Manu es un libro que tiene miles de años y que explica todo sobre las castas: los sudras son campesinos y gente trabajadora, los vaishiyas se dedican a la artesanía o al comercio, los kshatriyas guerreros o gobernantes, y los brahmanes sacerdotes. El Código Manu explica en qué debe trabajar cada uno de ellos, como deben alimentarse, con quién deben casarse, cuándo deben luchar, incluso a qué personas se debe evitar. Los dalits, por impuros, no pertenecemos a ninguna casta y estamos excluidos del Código Manu. Se nos conoce despectivamente como “intocables” porque, por ser inferiores, no se nos debe ni tocar. Pero nosotros preferimos la palabra “oprimidos”, que es en realidad nuestra situación en la India. Se nos puede insultar, repudiar, expulsar de lugares públicos y se nos ofrecen las tareas más duras, más desagradables y las peor pagadas; mis hermanos, a veces, se desplazaban hasta diez kilómetros para incinerar cadáveres o limpiar letrinas, y mi padre, por lo general, curte cuero; el trabajo en contacto con sangre se considera denigrante y no lo debe hacer nadie que pertenezca a las castas, lo dice el Código Manu. Aunque lo cierto es que el hecho de ser “intocables” no nos protege a las mujeres y niñas dalits de sufrir abusos, maltratos y violaciones, incluso por policías, pero para eso hay dispensas religiosas.
Mis hermanas y yo ayudábamos en las tareas domésticas, eso es lo que se espera de la mujer dalit. Por ser la mayor me tocaba acarrear agua del río Sone, que no está demasiado lejos, a sólo dos kilómetros, pero había que tener cuidado: los guerrilleros maoístas andaban siempre acechando de forma implacable. Mi padre lleva un tiro en la pierna de la vez que lo sorprendieron en un camino. Ese día uno de los que iba con él murió. La primera vez que mamá me mandó al río era muy niña y no entendí por qué me mandaba tan lejos habiendo agua en la aldea. Entonces me habló del Código Manu y me explicó que nosotros no podíamos beber agua del mismo sitio que el resto de la gente, que así lo decía el Código Manu. Tampoco comprendía por qué las otras chicas dalits que marchaban a la ciudad jamás volvían. Pero al igual que acepté que soy impura por naturaleza, la vida me mostró la cruda realidad de los “oprimidos”, y aprendí -¡qué remedio!-, que la ignorancia, la miseria y un simple avatar, pueden conjurarse para convertir tu vida en un verdadero infierno. Y es que en ocasiones la vida te hace crecer a puntapiés.
Narum, la sacerdotisa, era una mujer muy linda y vestía un elegante sari. Dijo a mis padres que yo era una de las elegidas, el jat, un enorme enredo de mi pelo era la señal de la divina Yellamma que me llamaba para servirla. Tras examinarme desnuda confirmó mi elección. Llevaba el jat desde los siete u ocho años, no lo recuerdo exactamente. Al principio no era más que un simple enredo, mamá lo separó del resto de cabellos y cada día lo untaba con un poco de grasa. Decía que el jat era una señal divina y que había que cuidarlo. El enredo poco a poco se fue haciendo cada vez más grande. A los diez años tenía el tamaño de un puño, casi me llegaba a la cintura y pesaba tanto que me producía dolores de cabeza. Mamá me hizo un bolsito de tela para llevarlo, y yo, ignorante de que algún día me haría vivir un infierno, lucía por todas partes mi jat.
Narum dijo que en dos días y con la luna llena haría la ceremonia, que me preparara para el sagrado día porque sería como una boda. Aquella misma noche mis padres discutieron, nunca los había oído discutir. Mamá hacía siempre lo que decía padre, pero aquel día mamá estaba enfadada y los oí:
-¿Y si nunca más volvemos a saber de Sita? A otros ya les ha pasado.
-Es una elegida. Acéptalo. Y ya has oído lo que la sacerdotisa ha dicho de su jat. Además nos libraremos de una carga. Ya tienes otras dos hijas para que te ayuden y sabes que no podemos alimentar tantas bocas ni juntar ninguna dote. Mi miserable trabajo no da para tanto.
Mamá Lloró.
-Sabes que tener una devadasi en la familia es un privilegio –dijo padre-. Ya verás como nos invitarán a todas las celebraciones. Las familias con devadasis traemos suerte y eso se compensa con unas rupias que no nos irán nada mal.
- Algo me dice que si marcha nunca más la volveremos a ver.
-¿Cuántos años llevas cuidando de su jat? Sabías que este día llegaría.
Mamá seguía llorando y yo estaba asustada. Entonces lo oí. Él me sentenció.
-Indra, hace tres días tuve un sueño –dijo con la voz de un muerto.
Salió de entre las sombras y se acercó a mamá. Era el brahmán. ¿Qué hacía allí si nunca venía a nuestra casa? Recuerdo que mamá lo miró con miedo.
-Escucha lo que el brahmán tiene que decir –dijo padre que continuaba con su enfado.
El brahmán se acercó a mamá y la miró amenazador.
-En ese sueño tu padre me expresó su deseo de que tu hija Sita sirva a la Yellamma -mamá intentó decir algo pero papá selló su boca con la mano-. Es el deseo de tu padre y debes respetarlo –sentenció el brahmán-. La Yellamma se enfadará si no cumples su deseo, y toda tu familia seréis objeto de su ira: pasaréis hambre y las enfermedades más crueles se cebarán sobre tus hijos. No debes inmiscuirte en el destino que la Yellamma ha elegido para tu hija. ¿Lo has entendido Indra?
Ella asintió.
-Consuela a tu mujer –dijo a padre.
Sus palabras fueron como una orden, porque padre la abrazó enseguida y la apretó contra su pecho. Ella lloró desconsolada. Mientras padre y mamá se fundían en su abrazo, el brahmán desapareció.
Me fui a la cama temblando. ¿Qué estaba pasando?
El ritual comenzó con un baño sagrado, éramos siete niñas de la aldea. Nos cubrieron con hojas de árbol nim, ungieron nuestro cuerpo con agua sagrada, y nos vistieron con ropas limpias. Luego fuimos en procesión hasta el altar de la Yellamma. Al llegar había unas mujeres esperándonos y bailamos con ellas la danza de “la iniciación”. Narum nos explicó que el ritual significaba nuestro casamiento con la diosa Yellamma y que el lugar del novio lo ocupaba una espada. El ritual no duró demasiado. Frente a la Yellamma, el brahmán nos bendijo; colocó una alianza alrededor de nuestro cuello y las mujeres nos lanzaron arroz. ¡Ya estábamos casadas con Yellamma! Desde ese momento éramos devadasis, sus sirvientas, y a partir de ese día ella dirigiría todos los actos de nuestra vida. Seguidamente aquellas mujeres nos separaron a unas de otras y jamás volví a saber de las otras niñas. A mí me llevaron hasta una carreta donde aguardaban tres chicas más, serían de otras aldeas, porque no las había visto nunca. La mujer que me acompañaba dijo al hombre de la carreta que ya nos podía llevar y salimos enseguida. No pude ni despedirme de mi familia.
Pasamos cinco días atravesando montañas y campos hasta llegar al ferrocarril. Durante todos esos días el hombre casi ni habló. Viajábamos de noche y nos escondíamos de día. Cuando abandonamos las montañas y llegamos a la llanura nos dijo que habíamos dado un rodeo para evitar a los guerrilleros, porque con toda seguridad nos habrían asesinado. Sin conocer aquellos detalles, yo diría que durante los cinco días que duró la travesía en las montañas ninguna dormimos. Subimos a un tren. Tardó tres días en llegar a la “gran ciudad”. Allí nos esperaban otras mujeres. Volvimos a subir nuevamente a una carreta e iniciamos enseguida la marcha. Todo estaba muy organizado.
Entramos por una de las calles principales, llovía intensamente y las calles de tierra eran un barrizal. La carreta se manejaba con dificultad. Nada más enfilar la pendiente de una calle, un grupo de hombres se arremolinó junto la carreta y nos siguió. Enseguida llegamos a una casa. Al bajarnos los hombres nos rodearon y comenzaron a tocar nuestros jats, uno me manoseó bajo la falda. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué querían aquellos hombres? Nos apretujamos unas contra otras en un puño, asustadas. En ese momento se abrió la puerta y apareció Narum. Me alegré de volver a encontrarla. Había cambiado de sari, llevaba otro que no era tan bonito, pero seguía siendo igual de hermosa. Gritó a aquellos hombres y los espantó. A un gesto suyo entramos corriendo y, cuando oí cerrarse la puerta, me sentí segura por primera vez en todos aquellos días.
Nos condujo por un pasillo y entramos en un cuarto muy mal iluminado y que olía a humedad. Había más niñas allí. Con un gesto nos ordenó sentarnos en el suelo y, con mucha solemnidad y misterio, Narum nos contó una historia: la leyenda del sabio Jamadagni. Una historia que al igual que nuestro casamiento con la Yellamma, también marcaría nuestras vidas:
<<Renuka era la bella y fiel esposa de un vanidoso sabio de clase alta llamado Jamadagni, conocido por su poder y su profundo odio a las clases inferiores. En recompensa a la fidelidad de su esposa, Jamadagni le concedió el Don de poder llevar el agua para los ritos sagrados en una vasija hecha de arena y que apoyaría sobre una serpiente enrollada a su cabeza. Un día, Renuka vio a unos hermosos espíritus celestes bañarse en un río y eso suscitó pensamientos adúlteros en ella. Entonces y de repente, la vasija de arena donde transportaba el agua se deshizo sobre su cabeza y perdió su Don. Jamadagni conoció así los pensamientos impuros de su esposa y, encolerizado, mandó a sus cinco hijos que la mataran por inmoral. Pero para entonces ella había huido a refugiarse en la cabaña de una anciana de baja clase llamada Yellamma.
Cuatro de los cinco hijos de Jamadagni desobedecieron su mandato y fueron castrados. Parashurana, el más joven de ellos, acató muerto de miedo la orden de su padre y se ofreció a ir a la cabaña de Yellamma y decapitar a Renuka.
Parashurana llegó de noche a casa de la vieja Yellamma y encontró a las dos durmiendo en un camastro. No pudiendo distinguirlas en la oscuridad y, para asegurarse, decapitó a las dos. En recompensa a su obediencia Jamadagni le concedió cualquier deseo que pidiese. Para sorpresa del poderoso Jamadagni, su hijo, arrepentido por lo que había hecho le suplicó que devolviera de nuevo la vida a Renuka. Jamadagni, que era tan soberbio como poderoso, para hacer una demostración de su poder se lo concedió. Le dio una vasija de agua sagrada y bendecida por él que debía verter sobre su madre después de unir la cabeza con su cuerpo, y que además de resucitarla la convertiría en diosa. Sin embargo Parashurana erró. Presa de la ansiedad por ver otra vez con vida a su madre, unió el cuerpo de Renuka con la cabeza de Yellamma, creando así una nueva mujer mezcla de dos clases bien diferentes, una nueva mujer que, tras recibir el baño de agua sagrada, se convirtió en diosa. Parashurana, al ver el resultado de su acción, huyó temeroso de la ira de su padre.
Cuando Jamadagni tuvo ante sí a la nueva Renuka-Yellamma se encolerizó. No soportó ver sobre los hombros del joven y esbelto cuerpo de su esposa la cabeza de Yellamma; una intocable cuyos cabellos eran una madeja mugrienta de enredos. Incapaz de deshacer la monstruosidad que había creado, se cegó en ira y profirió un conjuro contra la Yellamma: la maldijo con que sólo las mujeres jóvenes y solteras de baja clase podrían servirla, y les puso la obligación de ofrecerse sexualmente a cualquier hombre que las deseara, incluso aunque fuese un leproso. Éstas a cambio de su sacrificio a la Yellamma aportarían salud y fortuna a sus familias>>.
Narum nos aseguró a todas que era un honor ser devadasis y que debíamos estar orgullosas. Habíamos sido elegidas por la Yellamma para servirla y, que de acuerdo con la maldición de Jamadagni, teníamos la obligación de satisfacer a cuantos hombres nos desearan. No entendí muy bien el sentido de toda aquella historia pero sí que entendí su amenaza: “Sufriréis la ira de Jamadagni si no cumplís su deseo”. Nos mandó dormir y cerró la puerta con llave. Oí sus pasos alejándose. Quedamos en absoluto silencio y, cuando me acostumbré a la oscuridad, sólo vi los rostros muertos de miedo de las otras niñas.
El suelo era duro y muy frío, y la noche se hizo larga. La luz del día llegó cuando se agotaron nuestras lágrimas. Por vez primera recé a la Yellamma.
<< ¡Apiádate de nosotras! >>
Al amanecer Narum vino a vernos.
-Tú -dijo señalando a la primera chica que había junto a la puerta-. ¿Cómo te llamas?
-Punamia –respondió llorosa.
-Ven –le ordenó-. Alguien quiere conocerte.
Punamia se resistió a salir, pero Narum la sacó a la fuerza. Con la luz del pasillo distinguí sus cabellos dorados de la niña. La sacerdotisa cerró otra vez con llave, abrió el ventanuco de la puerta y entró un poco de luz. Nos miramos espantadas, Narum ya no se mostraba tan amable con nosotras y eso nos aterró a todas. Primero pasaron los minutos, luego las horas, y Punamia no regresaba. El temor se apoderó de nuestros pensamientos.
Por la tarde Narum volvió. Desde la puerta nos observó detenidamente para después señalarme.
-Tú. ¿Cómo te llamas?
No pude responder. El pánico atenazó mi garganta y ahogó mi voz. ¿Dónde estaba Punamia? ¿Qué querían de mí?
-¿No sabes hablar?
-Sita. Me llamo Sita –dije temblando de miedo.
-Acompáñame.
Me levanté y la seguí. Las piernas me temblaban y no sé cómo pude mantenerme en pie. Cruzamos el pasillo y subimos por unas escaleras. En los peldaños había sentadas dos niñas más o menos de mi edad, sus ojos sin vida me siguieron hasta el final. Llegamos hasta un pequeño descansillo y a la derecha había una puerta. Narum picó varias veces pero nadie respondió. La abrió, me empujó adentro y cerró. Y allí estaba Ravana, completamente borracho y con Punamia bajo sus pies. Y ahora también estaba yo. Así conocí al malvado Ravana.
De aquel momento sólo tengo recuerdos dolor, recuerdos de su apestado olor a agrio y que me desmayé. Cuando recuperé la conciencia me encontré en un camastro abrazada a Punamia. Deseé que la ira de algún dios fulminase a Ravana y deseé que todo hubiese sido un mal sueño, pero por muchos deseos de venganza y de olvido que tuviese, no pude más que llorar y llorar fundida en un abrazo a Punamia. A partir de aquel día la Yellamma fue objeto de mis rezos todas las noches.
<< ¡Yellamma, sálvanos! >>
En la habitación cabían las dos literas de forma muy justa, pero había una salita contigua con dos camastros donde recibíamos a los hombres. Debajo de cada camastro había un barreñito con agua y no había ventilación, sólo el ventanuco de la puerta, que siempre tenían cerrada con llave. Usha y Kaykeya, algo más pequeñas, y Punamia, fueron mis compañeras de desventura. En aquellas circunstancias recibíamos una comida al día, un baño a la semana, y la forzada compañía de una hueste de lobos hambrientos encarnados en hombres que, primero devoraron mis entrañas, y luego mi alma.
Cada mañana Narum venía con los primeros hombres y nuestro “servicio” a la Yellamma duraba hasta bien entrada la madrugada, a veces hasta las tres o las cuatro. Tiempo en el que recibíamos la visita de quince y hasta veinte hombres cada una. Nos estaba prohibido hablar sobre nosotras o nuestras familias, y había que obedecer; si Ravana se enteraba de que habías incumplido sus reglas te castigaba con cincuenta azotes o mandaba que abusaran de ti sus ayudantes.
Por allí desfilaban hombres de todo tipo: jóvenes, menos jóvenes, bajos, altos, flacos y gordos, calvos, con pelo y extranjeros, sobre todo europeos, y aunque la mayoría eran indis viejos y enfermos; hienas desdentadas que sólo deseaban arrebatarme mi juventud. Narum nos contó que yaciendo con una niña, los viejos indis creían que podían sanar de cualquier enfermedad, y si ésta era virgen, incluso rejuvenecer. Al menos eso es lo que decían. Punamia enfermó cinco veces y nunca vino un médico. Kaykeya se quedó embarazada por primera vez a los doce años, y por segunda a los catorce. En su primer aborto, un curandero le hizo perder el bebé y se quedó casi sin sangre. En el segundo aborto murió. A los pocos meses, Usha, la más pequeña, enfermó de fiebres y se la llevaron. Narum nos dijo que la habían llevado a su aldea con sus padres. Entonces me dije que si tenía que enfermar para volver a casa dejaría de comer y enfermaría, pero Punamia me hizo desistir de la idea.
Así transcurrió mi desventurada vida durante muchos años: rendida a la angustia, rodeada de hombres depravados, a los que odié con toda mi alma, y con las continuas vejaciones del gordo Ravana, que nos violaba cada vez que se emborrachaba. Cada noche era igual a la anterior: angustiosa y larga. Cada amanecer como el siguiente: frío y desolador. Y los hombres, la grotesca encarnación de un perverso diablo.
<< ¡Yellamma! >>.
Al poco de cumplir los dieciocho años, Narum nos dijo que los hombres preferían chicas más jóvenes y niñas. A partir de aquel momento, de día trabajaríamos en los campos de Ravana y por las noches recibiríamos hombres. Al menos nos tocaría un poco el sol, pensamos, y el trabajo en el campo, por muy duro que fuese, seguro que no sería tan desagradable como satisfacer a los hombres que tanto odiaba.
Trabajar en el campo ciertamente resultó duro. Hiciese sol o frío había que apresurarse, porque la cosecha no tenía espera y se podía perder. Allí había otras chicas, pero Narum nos dijo que no debíamos hablar con ellas, porque no eran devadasis, sino prostitutas, y que no era correcto que las “elegidas” de la Yellamma se mezclasen con ellas. El gordo vigilaba las tareas y gritaba continuamente a sus capataces para que trabajásemos más y más duro, más y más rápido. Se sentaba sobre el murete de un pozo y desde allí nos vigilaba. A un gesto suyo, los capataces corrían, daban una voz o un azote a alguien. Otras veces se llevaban a alguna rezagada y, para darle una lección, la violaban a la vista de todos.
¡Cuántas veces soñé que Ravana se caía al pozo y se ahogaba!
Nos extrañó la frecuente presencia de un brahmán en los campos. Venía un par de veces por semana a ver a Ravana y mientras nos vigilaba, hablaban. Eso despertó nuestra curiosidad, así que uno de los días que el gordo recibió su visita, sorteamos la vigilancia de los capataces y nos escondimos tras el pozo. Pudimos oír perfectamente la conversación:
-Necesito chicas más jóvenes –decía Ravana enojado-. Las que tengo son ya muy mayores, enferman demasiadas veces, y tú no me solucionas nada.
-Ravana, la salvación eterna que prometo tiene un precio mucho más alto que las pocas monedas que tú pagas.
-Sobornar a la policía y a los terratenientes también vale dinero –protestó Ravana enfadado-. Lo acordado es más que suficiente para pagar esa salvación que prometes y arreglar tu templo.
-Ravana, convencer a los brahmanes de las aldeas para que expliquen el sueño de la Yellamma tampoco es fácil. Si no fuera porque el templo necesita reformas… Ravana, tienes que subir la cantidad que me pagas.
El gordo calló unos instantes en los que pareció calcular.
-Está bien, tendrás lo que me pides. Pero las quiero jóvenes y las quiero ya. Y no olvides traerme vírgenes.
La conversación que acabábamos de escuchar nos dejó aterradas, pero a la vez fue reveladora, porque cuando llegamos a aquel lugar éramos solo unas niñas y todo cuanto pasaba a nuestro alrededor escapaba a nuestra comprensión, pero ahora lo vimos todo claro: Narum era una devadasi a la que el brahmán había relevado de su “servicio” a la Yellamma, a cambio de que seleccionase las niñas dalits más bonitas que encontrase en las aldeas. Ravana había pagado al brahmán para que le suministrase las niñas, primero para su deleite particular y luego para el disfrute de los pederastas que frecuentaban su burdel. De esta forma, aprovechándose de nuestra pobreza y de nuestra ignorancia, los pervertidos cometían impunemente con nosotras todo tipo de abusos. Creencia religiosa aparte, la situación era así de llana, así de cruel...
Esa noche no pude dormir. Recordé todos y cada uno de los horrorosos momentos vividos en aquel lugar, y las mentiras que Narum y el brahmán dijeron a mi familia para llevarme a la ciudad. Dormí abrazada a Punamia, siempre mucho más valiente que yo. Gracias a ella sobreviví en aquel lugar.
<< ¡Yellamma! ¿Por qué has hecho esto con nosotras? >>.
No podíamos contar a nadie lo que habíamos oído; primero porque nadie iba a creernos, y segundo porque si se enteraba Ravana… ¿Qué sería capaz de hacer con nosotras? Nuestro castillo se derrumbó, y es que a veces, como ya dije, la vida te fuerza a crecer a puntapiés. Aunque tomé una firme decisión: nunca más volvería a rezar a la Yellamma. Y en silencio, la odié.
Una noche recibimos una misteriosa visita. Un hombre que dijo llamarse Kusumlal y que según él era espía de una organización humanitaria. Dijo que venía a sacarnos de allí, pero que antes necesitaba información. No paró de hacer preguntas sobre mí y sobre Punamia, sobre aquel lugar, de las otras chicas y de Ravana. No era la primera vez que alguien nos prometía sacarnos de allí, pero sabíamos muy bien que lo hacían para que fuésemos cariñosas con ellos. Habíamos aprendido a desconfiar de los hombres, diablos perversos. Aunque en Kusumlal había algo que lo diferenciaba de los demás, no sabría decir bien qué era, quizá su mirada profunda y limpia.
Temiendo las represalias de Ravana, le dimos nuestros nombres, el de nuestras familias y el de nuestras aldeas. Y se marchó con la promesa de volver a rescatarnos.
A la mañana siguiente Ravana nos llamó, alguien nos había delatado. En la habitación había un policía que nos hizo muchas preguntas sobre Kusumlal y lo que le habíamos contado. Dijimos la verdad, que sólo le habíamos dado nuestros nombres y el de nuestras aldeas. Entonces el policía miró fijamente a Ravana y puso cara de preocupación. El policía nos contó que Kusumlal era un asesino muy buscado, y que probablemente ahora nuestras familias estarían muertas. Dijo que nunca debíamos explicar nada a los extraños, porque había muchos locos y asesinos sueltos. Luego habló con Ravana en un rincón, pero no pudimos oír lo que decían. Sólo vimos que antes de marcharse, el gordo le entregó un puñado de monedas. No sé si el policía nos creyó, pero estoy segura de que Ravana no, porque cuando el policía se fue, llamó a dos de sus ayudantes y allí mismo, sobre la alfombra, nos forzaron una y otra vez. Mientras tanto, él bebía y nos insultaba y su aliento agrio llenaba toda la habitación
“¡Putas! ¡Desgraciadas! ¡Desagradecidas!”, gritaba enloquecido.
Luego nos echó a patadas. Como castigo nos recluyó otra vez en una habitación y nos obligó a recibir hombres día y noche. Más hombres que nunca.
Primero pasaron días, luego semanas, y no volvimos a tener noticias de Kusumlal. ¿Sería cierto que era un asesino y que ahora nuestras familias estarían muertas? Un angustioso sentimiento de culpa se apoderó de mí, pero por otro lado estábamos convencidas de que el policía estaba comprado por Ravana y que dijo aquello para asustarnos. Si no, ¿por qué le había pagado con aquellas monedas?
Quería olvidar a Kusumlal y su promesa, y quería alejar de mi mente las palabras del policía: “probablemente ahora vuestras familias estén muertas”. Y soñaba continuamente que escapábamos de aquel espantoso lugar para siempre. Punamia decía que cuando los sueños se repetían tanto es que iban a hacerse realidad, que se lo había oído decir a un sabio anciano. Yo con aquella fantasía era feliz.
<< ¡Escapar de allí! >>
Era una madrugada lluviosa y fría como tantas otras. El último hombre, un viejo con mucha tos y sin dientes acababa de marchar hacía un momento, cuando oímos voces y carreras por el pasillo. A eso siguió un estruendo de golpes. Nos asustamos y nos refugiamos bajo la cama. Al momento sentimos movimientos tras la puerta y alguien que manipulaba en la cerradura.
-Está cerrada con llave –oímos que decía alguien desde afuera.
-Abridla –ordenó otro.
Un fuerte golpe derribó la puerta y, aterrada, me abracé a Punamia. ¿Qué estaba pasando? Unos pies embarrados se aproximaron y fue entonces cuando oí una voz conocida.
-Punamia, Sita… ¡Salid!, no tengáis miedo.
Asomé la cabeza. Era Kusumlal, y venía con los militares. Nos enseñó una foto de nuestras familias.
-Venid conmigo –dijo-. Se acabó ya vuestro infierno. Como os prometí vengo a sacaros de aquí.
Kusumlal nos cogió entre sus brazos y nos apretó fuertemente. Al instante me ahogué en lágrimas y lloré como nunca había llorado, aunque esta vez de alegría y emoción.
En el pasillo vimos a Ravana, lo tenían en el suelo amordazado. Yo diría que estaba borracho, porque me llegó su apestado aliento. Pasamos junto a él y marchábamos por el pasillo cuando nos gritó por última vez sus insultos: “¡Putas, putas!”. Pero el soldado que lo custodiaba lo acalló con un culatazo de su rifle. El último recuerdo que tengo de Ravana es ese: borracho, amordazado en el suelo y sangrando por la boca y por la nariz.
Cuando salimos a la calle noté la frescura de la noche y una fina lluvia que bañaba mis mejillas. Sentí que la paz que durante tanto tiempo había deseado, por fin era mía y que inundaba mi alma. Me arrojé a los pies embarrados de Kusumlal y los besé.
Así huí de allí, para siempre, y sin mirar atrás para nada.
Han pasado ya dos años y no he vuelto a pisar mi país. No me encuentro con fuerzas para hacerlo y no sé si algún día podré. Ahora trabajo aquí en Londres con Kusumlal, en una casa de acogida de la ONG, con todas mis energías concentradas en un proyecto: evitar que otras niñas caigan en garras de depravados y pervertidos a causa de la ignorancia y la miseria.
Punamia vive con su familia en una aldea al sur de la India y sigue en contacto con nosotros. Hace unos meses vino a verme. La quiero como a una hermana. Cuando pienso en ella tengo sentimientos fuertes; lloro y me entristezco porque está lejos y la echo de menos, pero a la vez me alegro porque sé que está bien. Sé que sin su apoyo y su fuerza no hubiese podido sobrevivir a aquel horror, y pesar de la distancia que nos separa, siempre está conmigo. En mi habitación tengo su foto colgada, cada semana le escribo, y no puedo evitar que mi alma se emborrache en lágrimas cuando lo hago.
<< ¡Te amo, hermana mía! >>
En cuanto a mí, mi nueva familia está aquí en Londres: Kusumlal, las niñas de la casa de acogida y la ONG, a la que estoy totalmente entregada, porque a mi aldea no puedo volver. Cuando Kusumlal fue a Danwar Bitha y les explicó a mis padres mi situación y su determinación por sacarme de allí, padre se enfadó. Padre sabía que en cuanto dejara de ser devadasi su suerte cambiaría y dejaría de recibir los “favores” de la Yellamma. Padre me repudió, pero mamá dijo a Kusumlal que rezaría por mí todos los días. Yo en una carta le pedí que menos a la Yellamma le rezara a cualquier otro dios. Pero pobre padre, yo le quiero, no tiene culpa de los engaños del brahmán y de la sacerdotisa. ¿Quién no va a confiar en lo que diga un brahmán o una sacerdotisa?
Ahora lo entiendo todo y puedo perdonarlos. Quisiera abrazarlos, estrujarlos entre mis brazos y llorar con ellos. Llorar con mis hermanas y explicar a todo el mundo mi historia, aunque sé que a muchos no les gustaría oírla. De Ravana me gustaría decir que un rayo fulminó a ese apestado gordo malvado, pero con su dinero pagó a jueces y policías y sé que vuelve a las andadas en otro lugar. Pero no descansaremos hasta que lo atrapemos bien atrapado y dé con sus huesos en la cárcel.
Sobre todo esto Kusumlal tiene una teoría. Dice que nuestro pueblo está condenado al continuo sufrimiento debido a nuestro karma: por tolerar tantas inmoralidades e injusticias. Dice que por eso la naturaleza se ceba en nosotros con terremotos y devastaciones en las que muere tanta gente. “Es el precio que nos toca pagar”. En cuanto a mí, las heridas de mi alma empiezan a cerrarse, aunque sufro continuas pesadillas en las que siempre corro y una manada de lobos pretende alcanzarme y devorarme.
Pero todo eso pasará, dice Kusumlal. Y aunque mi desconfianza en los hombres aún persiste, he aprendido a leer la bondad en los ojos de las personas que tienen la mirada profunda y limpia como Kusumlal.
Fin