Juntar palabras
by Juan Giordano
Smashwords Editions
© 2007 Juan Giordano
This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each person you share it with. If you’re reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then you should return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the hard work of this author.

Perder, perderlo todo, mirarse las manos vacías
y encontrarlas llenas de distancia.
Perder, perderlo todo,
con el aliento entrecortado
y el pulso incoherente.
Caminar sin rumbo
hasta que las piernas ya no lo resistan.
Perderte.
Aturdido por el silencio pétreo,
mirando la nada
o las irregularidades
en el barnizado de un viejo mueble de madera.
Hundirse, ahogarse,
caer por un abismo
entre las cuatro paredes
de una habitación ajena.
Encontrar en el espejo
a un extraño imposible de reconocer.
Desvanecerse.
Añorar los lazos y los muelles,
los caminos ya transitados
y hasta las palabras más hostiles
de los que alguna vez llamamos nuestros.
Dejar, dejarlo todo.
Sacar de los bolsillos incluso las pelusas,
para después aplicar
igual procedimiento
con el alma, con la carne y con los huesos.
Conservar tan solo los recuerdos
que nos quemen el corazón
a cada instante,
esos sonidos y colores
que nos obligan a apoyar la espalda
y sostenernos de una pared sucia
en un pasaje angosto, adoquinado,
para luchar por contener las lágrimas,
seguramente sin lograrlo.
Perder. Perderlo todo.
Vivir lo que reste del destino
con la agridulce certeza de saber
que para renacer
hay que primero haberse muerto.

Otra vez el asfalto húmedo y la sensación de ausencia de limites, otra vez el frío de octubre nos mete las manos en los bolsillos y nos empuja al bar de la esquina para mirarnos por enésima vez a través de una distancia mil veces mayor a la mesa que, ingenua, nos separa. Pides un cortado y un cenicero. Pido un vodka sin hielo y un té con limón. Te sacas la bufanda y me dices “ya vuelvo”.
Por la calle pasa un viejo con un carrito desvencijado, tiene las manos cuarteadas y los labios violeta por el mismo frío que un instante antes encontré romántico. Saca tres latas y una caja doblada del contenedor y los guarda entre un pedazo de chapa y dos escobas gastadas hasta el cabo, siguiendo su camino despacio.
“Nada” te digo cuando vuelves y me preguntas qué miro. Termino de sacarme el abrigo negro que sé que no te gusta y escucho sin interés las palabras que vas enredando con delicado cinismo. Te pregunto algunas tonterías pero en realidad quisiera saber si ésta es o no la última vez que voy a verte.
- ¿Conociste a alguien?
- Conozco a un montón de gente.
El camarero deja las tazas, el vodka, el té, el cenicero y la cuenta en la mesa, bosteza mientras vuelve a la barra. Te veo ajena, y sin embargo no puedo evitar preguntarte si estás saliendo con alguien. Y el sí que tus labios dejan caer frente a mis ojos me deja sin palabras.
Pasa un autobús, haciendo vibrar las tazas contra los platos. En la acera de enfrente el tipo del puesto de diarios empieza a abrir las puertas de chapa, tirando bocanadas de vapor cada cinco o seis segundos. Pongo la rodaja de limón en el fondo de la taza, la cubro de té caliente y después, con la cucharita, la aplasto un poco, como aplastaría tu cabeza contra el borde de madera de la ventana de este bar roñoso. Eres una perra, yo aquí, como un idiota, tratando de arreglar las cosas, y tú encamándote con cada tipo que se te cruza. Para qué has venido hoy, por qué sigo viendo la noche en que nos conocimos en el brillo de tus ojos, qué es lo que nos mantiene sentados frente a frente a más de un siglo del último abrazo... A lo mejor viniste porque eres tan imbécil como yo y me extrañabas, pero dices que no querías que me enterara por otro lado.