Alejandro Sandoval Ávila
LA JUSTA FATIGA
Novela
La Justa Fatiga
By Alejandro Sandoval Ávila
Published by Editorial Emooby at Smashwords
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Para Crucita.
Table of Contents
I
Máximo Atencio llegó como regresan los ausentes a quienes se ha extrañado durante mucho tiempo. Por lo menos, esa fue la primera sensación que él retendría. Llegó con la impresión de no haber dormido en varias noches y con la seguridad de que el sueño terminaría por encerrarlo en algún sitio. En el ambiente acababa de despabilarse el tenue calor de la mañana recién iniciada.
Apenas dio los buenos días a quien le abrió la puerta. Entre la somnolencia de incontables noches sin completo dormir y el nerviosismo por pisar esa casa nuevamente, creyó que era su madre, rejuvenecida, la mujer que lanzara una exclamación al verlo entrar en la casa como un fantasma dispuesto a trastocarlo todo, como una ternura retomada después de haber sido condenada por el tiempo.
Se dirigió, un poco tambaleante, hacia donde, años atrás, dejara su habitación. El simple deseo de reposar como desde la adolescencia no lo hiciese, pudo más que las escuetas ganas de abrazar a quien aún habitara en esa casa. Mientras caminaba hacia la que fue su habitación, alcanzó a comprender que en el pasillo faltaba la humedad matinal que la madre, con un balde de agua y una sartén, en alguna época se había encargado de conservar todos los días. Faltaba la exuberancia que apenas permitía el paso de las personas. Faltaba el caliche reluciente de las paredes y sobraba la palidez de un lapso a punto de consumarse. Se le hizo presente un calor atenuado, reseco, sobre todo cuando en el cuarto no encontró la cama cubierta con la colcha que siempre ligara a los recuerdos de casa y familia. Tampoco estaban los afiches que él se esforzara por pegar con cierto decoro, ni los libros amontonados en los rincones, ni sus dos o tres objetos colgados en las paredes. En el instante de tirarse a dormir advirtió el olor que las sábanas y el colchón despedían: se le despertaron sensaciones no conocidas en las noches de otras camas.
Atencio llegó y se tiró a dormir con verdadero cansancio. Y sin embargo, el color de las hazañas desvaídas comenzó a posesionarse de él.
Para evadirse buscó otra cosa.
Entonces recordaste a la abuela.
Te dedicaste a buscarla: anduviste por la casa, sin tomar plena conciencia de que el orden que añorabas ya no podía existir. Aun así, encontraste a Mi Lala refundida en el Cuarto de Siempre. Anduviste tanto, tocando cortinas, macetas húmedas por el agua que tu madre les había puesto al rayar el sol, husmeando los olores nocturnos que comenzaban a despejarse, espiando a tu hermana que ya se vestía como mujer, oyendo los cenzontles encaramados en su trino. Anduviste, en fin, casi como en tu hogar de años atrás, sólo faltó el brillo, posesión exclusiva de aquello que nunca fue condenado al olvido y amnistiado sólo para ventura de quien se hubiese negado a desarrollar la posibilidad de otros recuerdos, de otras nostalgias, de triunfos que ahora serían denegados.
No era necesario entrar para saber que Mi Lala estaba justo en ese cuarto. El eco de barajar infinitas veces, partir y echar las cartas no cesaba su vigilancia. Tampoco el olor a botella de tequila recién destapada, o en todo caso los residuos de la bebida evaporándose en un rincón, condensándose en el siguiente, como tenaz ciclo para sostener las imágenes amenazadas por el continuo llegar, en cada avance, de cosas, cambios y hasta nombres, permaneciendo —a pesar de su entrada— ajenos por completo a ese cuartito. La casa toda lo resentía y el vínculo con el cuarto de Mi Lala se estableció apenas traspusiste el umbral. Sin embargo, el vínculo fue más rico que una simple irrupción, por mucho que Mi Lala estuviese preparada para ésta. El cuarto era mínimo, como mínimo también el devenir que hubiera logrado colocarse allí. Sólo la mujer estaba más erguida, sentada con la apostura del que anuncia su fatiga por lo mucho caminado.
Máximo Atencio buscaba a la abuela.
Le tuve miedo... Más que miedo era como un respeto medio místico... Se me figuraba una versión bondadosa de La Llorona, a esa imagen que usaban para aterrarnos. Siempre pensé que esa cara vestida de negro, esa ropa arrugada, ese rebozo entrecano, esa bondad desplegada al cruzar cada habitación, eran incapaces del menor mal. Mi Lala me llamaba Hijo como nunca lo hizo ni lo ha vuelto a hacer nadie... Los cuentos que contaba, en cierta medida, me parecían una metáfora de ella misma. Nos transmitía parte de su vida cuando hablaba cada noche, antes de dormir... Cosa curiosa, nos hablaba todas las noches y durante el día sólo nos miraba con sus ojos llenos de historias innombradas o innombrables, como si nosotros fuéramos los únicos capaces de tomar en serio aquellas cosas alucinantes. Me imagino que ahora será diferente, que ahora ya no podrá contarme esos cuentos como parábolas de su vida... No sé si todavía lo haga con mi hermana... Alguna vez nos contó lo de la Venada de Oro: Mi Lala es una Venada de Oro. Los peñascos aledaños a Tepetongo fueron testigos, se transformaron en catedral nada más para eso. ¿En cuál de las noches propicias el embrujo para transformar peñascos en arquitectura barroca sorprendió a un viajante trasnochado? El viajante se acercó a aquella deslumbrancia sonora y la descubrió: allí estaba ella maravillante, sola, viva, en medio de una concurrencia de muertos que nada más alzaron la cara para escupir terror a los pies del viajero que levantaba en brazos a Mi Lala. Por fin, quien hubo de gozar el esplendor de la Venada de Oro fue otro. Puedo adivinar que en la noche de la Santa Cruz, la noche de los constructores, fue cuando ella se atrevió a erigirse, como se erigieran, cada una de esas noches, entre los conjuros de las comadres, las piedras cortadas a tajo en una catedral llena de luces y cánticos. Así Mi Lala, fue una construcción que supo llenarse de dichas y resplandores. Eso adivino a través de las historias escuchadas en las noches de la infancia, historias que no he dejado de repetirme, como sortilegio contra un regreso fallido, siempre que sentía alejarme de las gentes que aquí dejara... Recordaba a la abuela que nunca vi comer, ni dormir, ni entrar al baño. La abuela que no podía dejar de beber tequila al amanecer. Su mirada era casi aguardentosa... Establecí la cercana similitud en mis primeras borracheras, cuando conocí las miradas alcoholizadas. Y sin embargo ella miraba como ninguno. Sus ojos no solamente tenían alcohol, aunque su presencia no era negada. Había en ellos horas de espera, días de viaje, cosas no vistas por otros, humo y rabia o amargura o historias deslavadas o aventuras que se niegan al olvido. Me fascinaba recibir a Mi Lala por las noches, para que nos hablara a Catalina y a mí. Pero si durante el día me topaba con ella por la casa, se me quitaban hasta las fuerzas. Sólo acertaba a pegarme a la pared. Ella se daba cuenta y nunca hizo nada por contrarrestar eso, como que creía que así deberían ser las cosas. Me hubiera gustado que me abrazara, que me besara, que fuera una abuela como son las abuelas. Se paseaba por los corredores de vez en cuando y nada más salía a la calle para llevarme a algún sitio, a la escuela casi siempre. Veía la calle desde la ventana y nunca pude sorprender ninguna expresión diferente a la de costumbre en sus ojos. Ahora que lo pienso: no creo que no saliera por miedo: más bien era como un hartazgo de mundo... Luego me olvidé de Mi Lala, me olvidé de su magia que tanto bien me hizo en mis primeros años, hice causa común con esa real injusticia producida por la despreocupación y por las ansias de querer cambiarlo todo. Así fue, hasta la noche anterior a mi partida: soñé con ella, soñé con cada una de sus historias, hasta con las que aún no ha contado, soñé con la magnitud de los viajes y por la mañana me sobrecogió la comprensión de esa magnitud.
Atencio se acomodó en la silla que estaba frente a la abuela.
Ella se encontraba detrás de una mesita y no dejaba de mirarlo. El encierro era la constante. Los ojos aún conservaban su esencia, pero tenían un brillo nuevo, casi cómplice. Máximo se sobrecogía al volverse a enfrentar con esa magia de siglos, acumulada por generaciones, cuya última representante familiar se encontraba frente a él. Lo sobrecogía esa actitud profunda que estaba impedido de compartir en el mismo sentido y, por ello, se obligaba a comprender.
Con un cansado movimiento Mi Lala sacó de entre sus ropas un juego de cartas españolas. Barajó con calma, casi acariciando los naipes que de tan usados se negaban a acomodarse como ella quería. Se los ofreció a Máximo para que partiera.
La abuela empezó a echar las cartas.
A intervalos se ensalivaba los dedos.
A intervalos también, miraba a Atencio. Él jamás supo que Mi Lala se había enterado de que su retorno no comenzó con el pasaje de regreso. Mi Lala supo que el retorno se inició la noche en que el cansancio por la lejanía se dejó caer sobre los hombros de quien ahora no entendía que la baraja pudiera poner en claro muchas preguntas que no se atrevía a formular.
—Cuando éramos jóvenes— Máximo estaba muy atento a lo que decía Mi Lala y al lenguaje de sus cartas. La anciana sacaba una y contaba algo. Esperaba que cada naipe le dijese lo que debía hablar. Leía en las cartas. Por un instante, Máximo Atencio creyó que eran fragmentos de historias, una narración que apenas, tras años de esfuerzo, lograba unirse. Durante un segundo estuvo convencido. Se veía a sí mismo reducido ante lo que intuía estaba a punto de conocer. Nunca llegaría a convencerse de que esa historia había sido guardada para él, a pesar de las muchas tentaciones llegadas a ese cuarto para darla por terminada. Las historias habían crecido, las gentes cobraban nueva vida y estaban olvidados los instantes en que dejaron de mirar. Se había desembarcado en donde no importa lo acontecido y lo soñado, lo inesperado y lo que estuvo a punto: importa lo que será narrado. Que Mi Lala no lo contase antes, obedecía al temor de dar independencia a aquello que la habitaba mientras se movía por la casa, a la paciencia de coleccionista que se deja atrapar por las ansias de crear su intimidad, al tacto de orfebre que no logra la tesitura, al hervor que no encuentra escape.
—Cuando éramos jóvenes también soñábamos. Era mucho lo anhelado y la curiosidad, pero más era el miedo. Anhelábamos, por decir algo, quedarnos hasta tarde al frente de la finca, sentados haciendo coro alrededor de la fogata, absorbiendo las figuras que montaban las llamas, disfrutando la ruptura que se provocaba al frescor de la noche, oyendo a los viejos. Pero esas sombras nos daban miedo con las ánimas en pena. A veces creo que ya no existen y a veces que salen de los lugares donde las dejé y vienen a visitarme. A veces hasta vuelvo a creer en Dios. Yo no debía de creer en Dios por lo que me decía mi Güero Constantino. Él nunca ha dejado de decirme cosas, como el único que me hiciera desvariar al saberlo muerto, hasta el grado de que su asesino fue quien me acompañó de regreso a Traspontina. Como el Güero, mi maquinista, ha sido el único, una y otra vez regreso a lo que él quería que yo comprendiera, regreso y crecen todas las palabras que me decía, las tiernas y las otras, hasta la negación del temor de Dios. Pero yo me hice hereje el día en que llena de arrepentimientos fui a la iglesia y mientras rezaba, ensimismada en la pasión mística, me robaron los pesos para el mandado de la semana. Me figuré que era peor que una mentada de madre, como dicen, a Cristo en Semana Santa. Y mi herejía me agarró por sorpresa. Yo soy hereje y me sorprendí al darme cuenta: bautizada, confirmada, con la primera comunión, con hartas comuniones, matrimoniada legítima, y ya no creo en eso... Otra razón es que toda mi vida esperé un milagro. Los milagros eran otra cosa que anhelábamos: le pedíamos a San Antonio que nos trajera al que había de robarnos una noche de luna llena, sólo para verle bien el gesto. Queríamos que quien hubiera de abrirnos las caderas no nos preguntara en casa de qué mujer deseábamos ser depositadas, que ni el Presidente Municipal ni nadie fuese testigo de ese ritual, queríamos que ese ritual se despojara de todo lo que oliera a comedia preparada. Digo queríamos cuando la verdad es que nada más yo deseaba todo eso. Odiaba la idea de ser robada por un fulano que me depositaría en casa de una de las mujeres con más honra en el pueblo, mientras en las calles se determinaba la fecha del casorio. Pretendíamos mucho y yo casi logré todo, menos enamorarme de mi primer raptor, que supo llevar a cabo su acto como algo que sólo incumbe a dos personas. La unión tan codiciada fue pospuesta, pero valió la pena: Constantino Buenaventura me enseñó a creer en cosas mejores. Por aquel entonces yo era una mujer hermosa y mi madre la más beata y rezadora que haya conocido. Cuando por fin logré lanzarme al mundo, dejando morir a Mi General Chekelito, dejándolo para que se ahogara en su soledad, mi madre quiso cargar con la culpa. Para esto yo tenía un novio que a ella nunca le gustó porque era muy celoso, muy moreno y muy pedorro. Con tal de que terminara ese noviazgo caminó dos días de rodillas sobre las piedras del templo de Sanjuanito. Y vi cristalizada toda la maldad de ese deseo cuando Atilana fue a verme en la Hacienda de Bocas, recién raptada por Mi General Chekelito. Después pasaron más cosas y recuerdo haber tenido el primer respiro al regresar a Traspontina de Abajo, luego de que mataron a mi maquinista. El valle a donde íbamos El Elegante y yo, nunca tuvo fertilidad: era puro tepetate. En ningún sitio del valle llovía, sólo en lo que fue la Hacienda de Cañas. Allí si, allí, hasta había buenas tierras y el primero de los Mimbrera las tomó. Nadie antes las había querido porque en ellas habitaba la serpiente que después matamos Quirino y yo. También dicen que en las tierras de Cañas estuvo el árbol de Los Muertos y, por lo mismo, abundaban los aparecidos. Pero al primero de los Mimbrera nada le importó y fundó una hacienda, la más rica quizá que jamás haya visto el Valle de Traspontina, la cual sucumbió ante el fuego para unirse a lo agreste de la zona. Hasta las aguas que caían por allí se espantaron. Entonces sí se acabaron los pastos, las buenas tierras por todo el valle. De modo que los arrieros, con más ganas, se pasaban medio año viajando con los ganados: cargaban en los machos un sinnúmero de cosas para el viaje de ida y regresaban con el cargamento repleto de tequila. En cada regreso todo el valle se emborrachaba, hasta los niños. Y quien con más ganas se emborrachaba era el Cura Erasmo Arroyo, el mismo que conocí a mi regreso al valle, poco antes de darme cuenta que mi madre me puso Purísima Concepción Librada de la Soledad para, sin saberlo, no romper con el mundo de los disparates en que hemos caído.
La abuela terminó y lo miró una vez más.
Hubiera querido decirle que era un joven hermoso. Que las cosas no estaban tan derrotadas como él creía: los años pasados fuera de ciertos regazos lo habían hecho sólido, tanto, que opacaría todo lo que llegara a circundarlo, sólo si no se abandonaba. Mi Lala hubiera querido traspasarle la experiencia acumulada por ella.
—¿Se le ofrece algo?— preguntó Máximo Atencio antes de salir. La mujer le entregó la sota de copas.
—No se preocupe, Mi Lala. Tequila no le faltará.
La Niña Soledad veía con ojos de desolación los últimos preparativos. Dentro de unas horas Cañas se habría quedado muy atrás y en algunos años comenzarían a purificarse los recuerdos. Las malas imágenes empezarían a regresar a la tierra que las echó a andar, de manera que pudieran continuar con la persecución de la Joven Pura, de la Comadre Coni Fanales, de Mi Lala. Imágenes que, quizás habladas, llegaran a ser agradables.
Pero ahora subían algunas cosas precipitadamente al carretón y el calor del día iba en aumento. Soledad veía desencajado el paisaje de la familia, mas el miedo surgía al saber que el orden acostumbrado ya no sería restablecido.
Días antes —antes de que nadie pensara siquiera en alejarse más de unas cuantas leguas de Cañas, un poco más allá de donde había llegado Soledad cuando con su padre cazara los animales que asolaban el territorio— la familia fue a pasear por Traspontina de Enmedio. Apenas divisaron el pueblo, Soledad quiso dar principio a un rosario: algo se le removió en el estómago y entendió el misticismo que por aquel entonces apenas comenzaba a apoderarse de Angelito, su madre. Ésta, con Soledad y Atilana, la otra hija, se quedó atrás cuando se apearon del carromato al desembocar en la plaza. Fueron a ver los encajes que habían llegado a la tienda de Don Zenón. Atilana y Soledad se maravillaron siguiendo los gestos que hacía la madre, aunque a ellas las atraía más la chaquira expuesta en cajitas atrás el mostrador y ordenada con el completo desorden de los colores. Era como arena que de vez en cuando mostraba la irrupción de un granito que no correspondía. Estaba también ahí, para aumentar el gusto por visitar esa tienda, el olor que bien podía resumirse en el aroma a café amenazando con desteñir los muebles. Atilana y Soledad no comprendían aún del todo la presunción de usar encajes y mucho menos la razón de alabarlos. Hacer coro a las alabanzas de los encajes era el pretexto que Soledad utilizaba para poder estar en la tiendita, desde la cual, y a través de sus enormes vitrales, veía pasar la vida del pueblo, como muchos años después vería algunos de sus anhelos en las películas de la sala de cine frente a la casa en donde intentaría rehacer la familia de los Mimbrera.
La tiendita estaba en una de las contraesquinas de la Plaza de Armas y sus ventanas la abarcaban casi toda. Don Zenón se había esmerado en esto. Desde allí, Soledad veía a su padre y a sus hermanos sentados en una banca. Desde allí, esa última imagen ya no se olvidaría de la Niña Soledad.
La tarde era soleada y se asentaba en ella el calor seco del semidesierto.
Los ruidos eran los de siempre: discusiones más o menos lejanas, regateos en las otras dos tiendas, pájaros, galope de caballos, hasta que alguien gritó el nombre de Quirino Mimbrera. El padre de Soledad volvió la mirada hacia el lugar de donde lo llamaban y distinguió los disparos a poco menos de cinco metros. El padre de Soledad fue acribillado junto con sus dos hijos. Todos los que estaban por allí corrieron: o espantados o a ver al muerto. La niña se quedó repitiendo la escena una y otra vez, hasta que Don Zenón la tomó de la mano.
Don Zenón sería el último reducto de esa vida que fue asesinada en la Niña Soledad. Los disparos, más que terminar con el padre y los hermanos, terminaron con la suavidad que ella no alcanzó a gustar del todo. Soledad apreciaba las visitas a la tienda. La sola perspectiva de ello le provocaba lentitud, ansiedad molesta en el transcurrir de las horas. Entonces Soledad dejaba de fijarse en los quehaceres de la casa: los hermanos tras el padre y éste pensando siempre en la mejor manera de realizar sus planes. Los hermanos aprendiendo a preocuparse por los problemas de Cañas. Quirino dando órdenes subrayadas por sus ojos. Quirino haciéndole un guiño a Soledad al menor descuido. Los hermanos envidiando a Soledad por la sostenida complicidad con el padre. Atilana, sin mostrar mayores complicaciones, deambulando por la casa, viendo todo, preguntando por todo y después en silencio durante varias horas. La casa, la casa entera. El cuarto de armas, único lugar sórdido, en donde todo olía a pólvora y en donde Quirino y Soledad lograban aislarse: el sótano de la casa que apenas dejaba entrar alguna claridad del día y en el cual los fusiles y las pistolas, la alacena de municiones, formaban un decorado insólito por su orden. Luego la planta baja con la loseta por piso: la cocina atestada de tepalcates, la estancia y los trofeos de las cacerías, el comedor y la mesa que desbordaba a la familia, la sala y allí todo el tiempo los cirios encendidos, el altar, la madre con sus dedos destilando rosarios.
La casa, con sus sirvientes acomodando las recámaras familiares o cualquier otro sitio, nunca conoció lo que es la presencia de una ama dando órdenes precisas. Las únicas actitudes mundanas que Soledad recordaría de Angelito eran posesión exclusiva de Don Zenón. Hombre de mandil de blanco deslucidor y sombrero entreverado, era capaz de vender cualquier baratija en medio de la maravilla de los clientes. El tendero le mostró a Soledad cómo deben venderse los sueños. Cómo deben endulzarse las prendas para que quien las adquiera las deguste con convencimiento. En la fonda que abrirla en la Colonia Ferronales, Mi Lala tendría presente aquello que la Niña Soledad empezó a descubrir las primeras veces que Don Zenón ya no le obsequió cuadritos de azúcar y Angelito, asumiendo su papel de madre, tuvo que comprárselos a la niña dejando traslucir cierto mal humor, como aquel día en que después de varios segundos del galopar de caballo, los disparos, el huir y el revuelo, el azúcar tuvo otro sabor en la boca de Soledad. Alguien quería organizar la persecución y otro que no, lo primero es llamar al médico y alguien más, que mejor proteger a la viuda y a las huérfanas. Los cubitos de azúcar ya habían caído de las manos de Soledad estrellándose en el piso, disponiendo de ellos las hormigas. Y la única mordida que le diera al dulce, la niña la sentía disolviéndose lentamente junto con algo que irremisiblemente, amargamente se perdía.
Angelito regresó a Cañas para abandonarlo, con sus hijas muy junto a ella, en cuanto tuvo empacadas las cosas necesarias. Sólo la acompañarían los dos hombres de confianza. Se alejó del valle lo más rápido que pudo porque si cualquier razón fue buena para dejarla sin marido y sin hijos varones, cualquier otro motivo sería aceptable para matar lo que oliese a Quirino Mimbrera.
La hacienda de Cañas estaba en su apogeo y los Mimbrera de Quirino eran muy ricos. Todo lo mandó al carajo la viuda, hasta los parientes de Traspontina de Abajo, los pobres, los que no podían ser olvidados por una irrevocable orden de Quirino, quien aseguraba que mantener a la familia unida era la única forma de que el apellido Mimbrera resonase aún por muchos años. La viuda no quiso despedirse ni de los parientes pobres. Angelito no tuvo manera de saber que Soledad daría cabal cumplimiento al mandato de Quirino, cuando después de transcurridas muchas sequías regresase al valle transformada en la Comadre Coni Fanales, conocedora ya de algunas formas del justo sufrimiento humano.
El amanecer de la partida Angelito quemó la Finca de Los Muertos dejando que ardieran dentro del edificio los cadáveres de su esposo y de sus hijos. Sólo cargó con los dineros, dos o tres muebles y la ropa. El cura aseguró, desde el pulpito, que una mujer cristiana había sido ganada por el diablo. Soledad adivinó que eso tomaría mejor sentido en ella y que una burla finísima por la afirmación del religioso se dejaría caer en el valle cuando a su regreso conociera al Cura Erasmo Arroyo
Al cruzarse con los arrieros del Valle de Traspontina, que regresaban de su viaje cargados de tequila, Cañas se perdía tras la mañana y el fuego de la casa enajenaba su dimensión ante la brillantez del valle. Soledad pudo contemplar al fin un desenlace trágico. Años más tarde cobró conciencia de ello, en el instante en que fuera asesinado a pocos metros de ella Constantino Buenaventura, el primero de sus mejores enamorados. Hasta la muerte de Quirino había visto cómo se planteaban grandes dramas y también cómo, irremisiblemente, eran llevados a un final agradable, si no feliz. Hasta el asesinato del padre todo había sido apagadas luchas para que la calma pudiera preservarse.
Ante la niña de ojos ya disueltos, se presentó el atardecer en que llegaron los salteadores al rancho, a la Finca de Los Muertos. Cañas aún no llegaba a su esplendor. En la casona sólo estaban Soledad y Angelito.
Los hombres sacaron a la madre a empellones y juraron fusilarla si no les daba comida. Eran como veinte desarrapados. No eran de por allí.
El año había sido malo y los víveres debían cuidarse. Eso había dicho Quirino.
Los hombres formaron el cuadro de fusilamiento cuando Angelito, mirando a su hija y a los intrusos, invocando el amparo de las vírgenes y los santos, suplicaba: “Señores: entren ustedes, registren”.
Y la despensa escondida debajo de la casa.
Soledad, de cuatro o cinco años, se abrazó a las piernas de su madre y ni aún así ésta dijo en donde podían encontrar lo que buscaban.
Quizá fue la rápida mirada de Soledad dirigida a cada uno de esos hombres o tal vez surtieron efecto las invocaciones de su madre: los salteadores abandonaron la finca con los ojos perdidos en el horizonte, murmurando maldiciones. Dejaron a Angelito temblando de una manera desconocida hasta aquel día en Cañas.
La Niña Soledad y su madre estuvieron abrazadas, sentadas donde pudo haber sido un paredón de fusilamiento. La niña veía con angustia las lágrimas apenas dejadas salir por Angelito.
Después de haber caído la noche y cuando Soledad comenzaba a sentir el frío de la intemperie, el padre y el resto de la familia, con algunos hombres del rancho, regresaron e hicieron que todo volviera a su cauce. Quirino prohibió a las mujeres que servían en la casa alejarse más de cien metros y contrató más hombres y destinó permanentemente un buen número al cuidado de Los Muertos y en cuanto pudo invirtió una pequeña fortuna en una desaforada cacería de ladrones.
Al mismo tiempo que pagaba para que mataran a los malos cristianos que habían llegado, el padre se decidió a terminar con los animales que asolaban el territorio de Cañas. Siempre había sido un excelente cazador y ahora quería terminar de prepararse para el viaje planeado durante varios años: pensaba ir al África.
Quirino despertaba en la gente una fascinación que Soledad encontró inexplicable hasta que vio por primera vez los ojos de los coyotes y de las serpientes. Supo así por qué su padre podía matar lo que quisiera y por qué fascinaba.
Soledad deseaba acompañar al cazador, como también lo ansiaban los dos hijos varones, pero la complicidad de Soledad y Quirino tenía raíces mucho más intrincadas que la relación familiar. Angelito se asustó, pero como niña consentida, Soledad salió a cazar. Servía de mampuesto a Quirino. Cada vez que el cazador salía llevando de la mano a la niña, la madre se refundía en el llanto, los hermanos se sentían desplazados y Atilana se refugiaba en un gesto indiferente. Muchas veces salieron: por la mañana o por la noche o por la tarde, según el animal que fueran a buscar, y siempre regresaron trayendo su presea, alguna fiera que aun muerta seguía horrorizando a las personas, como la serpiente, ésa de cabezota y cerdas como plumas.
Al igual que otras tantas cosas, hasta mucho después Soledad tomó conciencia de que el viaje al África fue la primera promesa que no le cumplieron. En quien solía ver las promesas con ojos de resolana, éstas se tornaron en obsesión, igual que el nombre de la colina en donde se erigió la casa de su infancia.
En la Colina de Los Muertos habían sido ahorcados muchos hombres. Existió un árbol enorme del que llegaron a colgar más de cien cuerpos. El primero de los Mimbrera, al que le otorgaron las tierras, hizo que dejara de ser la Plaza de las Ejecuciones. El tronco del árbol fue el soporte principal de la casa y las ramas calentaron el primer invierno pasado en Cañas, en lo que a partir de entonces, y cada vez en voz más alta, como una burla que pertenecía a todos, seria llamada Los Muertos, La Finca de los Muertos, a pesar de que la casa sólo perdió su lozanía con el fuego. Mi Lala evocaba la construcción entre sus muertos, pero nunca se atrevió a rezar por ella, y en muchos años no lo hizo por nada ni por nadie.
La Niña Soledad ve con ojos de resolana cómo se mueve la vegetación. El animal anda por ahí. Es una serpiente enorme, dicen. Las cañas se inclinan hacia un lado y hacia el otro. Se abre un surco completamente imperfecto, cada vez impredecible, nunca igual. Siempre que alguien da la voz la gente de la hacienda corre a refugiarse en la casa y se agolpa en las ventanas del piso de arriba y en el pretil de las azoteas. Desde allí se divisan casi todas las tierras de Cañas y los movimientos del animal que aparece por cualquier punto, sobre todo a la hora del sol. Y únicamente el inclinarse de las cañas hacia allá y hacia acá. Ni un ruido porque hasta el viento cesa. La serpiente se pasea por el día, por la noche mata. Nadie ha encontrado la manera de cazarla, es más, nadie lo ha intentado porque nadie sabe dónde se esconde. A pesar de su tamaño se mueve rápido. Más que los caballos. Es una conjura de los enemigos, culmina el rumor.
Desde la Finca de la Colina de Los Muertos, los ojos están fijos en el movimiento lejano. Son los que fueron colgados del árbol que estaba allí, reclaman lo que les pertenece. Nadie puede con ella, vuelve a saltar el siseo y Quirino suelta su sonrisa de ser superior. Toma de la mano a la niña y sale.