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PRESAGIOS Y GRIETAS

(Razas, acero y sombras I)



By

Benjamín Van Ammers


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SMASHWORDS EDITION



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PRESAGIOS Y GRIETAS

Copyright © 2010 by Benjamín Van Ammers



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Mi más sincero agradecimiento para Ángeles Pavía y José María Bravo.

Por sus consejos, su tiempo y su amistad.


Dedicado a mi Súper y a mi gente. Os quiero.

ÍNDICE



Prólogo.

1. Grietas.

2. Vardanire.

3. Dos patadas en las costillas.

4. Un alarde de diplomacia.

5. Que alguien le de una espada.

6. Secreto de estado.

7. El que cierra heridas.

8. Algo del todo incomprensible.

9. El filo y los gritos del rival.

10. Según mis cálculos suman tres.

11. Probabilidades... Posibilidades.

12. Que cada cual piense lo que quiera.

13. Carne y sangre.

14. Con su propia hacha.

15. Nadie podría distinguirlas.

16. Ingenuos y ambiciosos.

17. Así es y así será.

18. Las órdenes pertinentes.

19. Monstruos.

20. Flores en un vertedero de basura.

21. La gloria de La Competición.

22. El crujido seco de la roca.

23. Hiesh an’e hed.

24. Una estampa intrépida.

25. La raza más maravillosa que existe.

26. La danza de las moscas.

Mapa del Continente.

Anexo I

Anexo II

Anexo III

No os espante el dolor; o tendrá fin o acabará con vosotros.

Lucio Anneo Séneca—


Corre el año 1362 del Calendario Continental, 1891 según la Existencia Documentada. Han transcurrido tres siglos desde que Belvann I el Conquistador liderase La Coalición y derrotase a los salvajes ejércitos de Atharkha el Grande.

Su linaje gobierna desde entonces El Continente.

Tres siglos.

Apenas un parpadeo para los Nar inmortales.

Menos de una vida para los longevos Erk.

Demasiados para la raza humana.

Se aproxima inexorable un cambio de ciclo.

Una nueva era da comienzo mediante una historia de razas, acero y sombras.

Como cualquier otra.










Prólogo.


Urdhon


¡No me iré sin Gracia! —exclamó la niña mientras corría de vuelta a la cabaña. Sus pies diminutos apenas hollaban la espesa capa de nieve.

—¡Inoe! ¡Inoe, vuelve! —gritó en vano su madre.

Debí matar a esa condenada cabra hace semanas —rugió Kráner—. Vamos, no perdamos más tiempo.

La mujer se quedó mirando a su gigantesco esposo sin comprender.

—¡Vamos, Selione, por La Hacedora y por toda La Creación! ¡Se acercan!

Pero… ¿Tu hija? ¿No piensas…?

—¡A los Abismos con ella y con la cabra! ¡Y contigo si no vienes, maldita sea!

No se movió hasta comprobar cómo su marido se marchaba con el viejo caballo y un enorme saco al hombro que contenía sus escasas pertenencias. Corrió tras él desconcertada y cuando le dio alcance, lo derribó de un empujón. Las trescientas libras de Kráner, distribuidas en siete pies y dos pulgadas, se estamparon con violencia contra la nieve.

Selione observó al hombre con el que había compartido quince años de su vida y le escupió en la cara.

Déjanos esto al menos, puerco —le espetó al tiempo que desligaba el hacha de doble filo que pendía de la grupa del palafrén—. Ahora márchate, o por La Hacedora que te rebano el cuello yo misma.

Kráner permaneció tendido en el suelo, apoyado sobre un codo. Sus labios balbuceaban y movía vertiginosamente unos ojos febriles, repletos de pánico. Cuando Selione constató que aquellos ojos la ignoraban por completo y sólo veían la oscuridad del horizonte, le dio la espalda, enarboló el hacha con las dos manos y salió corriendo en dirección a la cabaña.

Conforme se aproximaba iba aminorando el paso. El viento soplaba con su habitual persistencia; serpenteaba entre los pinos y agitaba sus ramas, pero no se escuchaba más que silencio. Cada paso que daba sobre la nieve sumaba otra nota silenciosa que traía consigo más frío. Y más tinieblas.

—¡Inoe!

Su propia voz sonaba lejana y tenue. Todo estaba demasiado oscuro. El resplandor plateado de la luna iluminaba el firmamento pero no parecía alcanzar la ladera de aquella montaña. Por un momento se desorientó; la casa era apenas un borrón negro, como los árboles, las colinas y todo cuanto la rodeaba. La misma nieve se había tornado de un color gris ambiguo y ceniciento.

—¡Inoe! ¡Hija! —gritó, sin obtener respuesta.

Siguió avanzando hasta el cercado y comprobó que estaba vacío. La portezuela permanecía cerrada pero las cabras habían desaparecido. Entornó los ojos en un intento de distinguir algún cuerpo, pero allí no había nada. Sintió que su ánimo se reconfortaba cuando recordó que Gracia solía corretear por el interior de la cabaña; en ocasiones incluso dormía con su hija. Quizás estuviera dentro y, quizás, la niña también.

En ese instante, como atraída por su entereza, una sombra enorme emergió del fondo del corral, sorteó la valla de un salto y se plantó frente a ella. La mujer trastabilló y hubo de apoyarse en el hacha para no caer al suelo. Recuperado el equilibrio, blandió el arma y retrocedió tres pasos con la mirada fija en la aparición. Quizá fueron cuatro.

Sobre la nieve se recortaba la silueta de un lobo de pelaje erizado que se encorvaba amenazador sobre cuatro patas largas, en tensión, rematadas por uñas curvas como cuchillos de caza. Dos puntos de luz roja centelleaban allí donde debían estar sus ojos. Parecía estar gruñendo pero no emitía sonido alguno; se limitaba a mostrar unos colmillos que se intuían negros y afilados.

Selione notaba en los brazos la rigidez del miedo pero sostenía el hacha sobre su cabeza, dispuesta a clavar el filo sobre aquello si osaba acercarse más.

El lobo caminaba de un lado a otro mirándola fijamente con un inquietante destello carmesí. Era muy grande; mucho más grande que cualquiera de los que había visto desollar a lo largo de su vida. Tras él, justo donde se alzaba el pinar por el que solía pasear con su hija, decenas de ojos rojos se movían al acecho. Las aureolas de vaho confirmaban que, fuesen lo que fuesen, aquellas criaturas respiraban.

Con un grito que sonó débil y desesperado, la mujer se abalanzó sobre la fiera sin ser del todo consciente de lo que estaba haciendo. Antes de que pudiese descargar un solo golpe, el animal empezó a retroceder y finalmente corrió a refugiarse en la oscuridad de la arboleda. Al momento, otro par de luces púrpura acechaban entre las sombras.

—¡Inoe! —llamó de nuevo, sin que nadie respondiese.

Caminó hasta la puerta con el acero por delante, mirando en todas direcciones. Cuando pasó junto a la alberca cubierta de escarcha se detuvo y sintió cómo el miedo volvía a dominarla. Allí, agazapado, esperaba un tigre de dientes de sable. También negro, silencioso, de un tamaño desproporcionado… Trascurrieron unos instantes en los que sólo sintió frío hasta que se atrevió a reanudar el paso. El felino no se movió. Se limitaba a observarla con sus ojos escarlata.

La puerta estaba entreabierta y lo consideró un atisbo de esperanza.

—¡Inoe! ¡Vámonos, cariño!

Se internó en la cabaña apretando con fuerza el mango del hacha. Dio un rápido vistazo pero estaba tan oscuro que no le sirvió de nada. La madera del suelo crujía bajo sus botas y el sonido rompía aquel silencio sobrecogedor; de algún modo le daba nuevas fuerzas. Escrutó el rincón en el que se encontraba el jergón de la pequeña, pero allí no había nadie. Tampoco en el camastro grande, donde había yacido con Kráner tantas y tantas veces.

Avanzó hacia la chimenea sin despegar la espalda de la pared, aterrada ante la posibilidad de que alguno de esos seres se le acercase por detrás. Cuando distinguió la figura que se ocultaba entre los troncos una sonrisa y dos lágrimas aparecieron en su rostro. Corrió hacia la leñera, cogió a la niña en brazos y la apretó contra su pecho entre sollozos.

¡Inoe! Mi pequeña, ya estoy aquí.

Pero aquello no era Inoe.

1. Grietas.


Islas del Oeste


El barco, por fin, se aproximaba a la costa.

Tras permanecer toda la noche fondeando en un islote cercano, sus tripulantes parecían decididos a desembarcar. Era un navío mercante de tres palos, con unos ciento veinte pies de eslora y capacidad para albergar un pequeño ejército en su interior. Gaak sabía que no era así; había visto antes otros barcos de esas características y su enorme estructura estaba destinada al transporte de mercancías. Dio dos pasos hacia delante y volvió a ponerse en cuclillas frente a un helecho que le doblaba el tamaño. A su espalda, veinte arrapaceros se ocultaban entre el follaje; observó sus caras con una mueca de desprecio y escupió.

Era uno de los pocos que había salido de allí en alguna ocasión; de hecho nació en El Continente y en su juventud combatió en La Gran Guerra. Llegó con la primera oleada de colonizadores y no existía miembro de su tribu que hubiese visto más mundo. Se consideraba a sí mismo una especie de héroe legendario, merecedor de mucho más que de ser un simple jefe de patrulla.

Con un gesto les indicó que no se moviesen. Dudaba que se atrevieran a dar un solo paso, pero tenía comprobado que a aquellos idiotas había que indicarles hasta cómo tenían que mear.

Al primero que se mueva, lo desgarro como a un pez y me como sus tripas —susurró amenazador. Le encantaba la frase y solía utilizarla con frecuencia.

—Ese barco es muy grande. Cre… creo que deberíamos volver a la Madriguera —balbuceó un arrapacero que se agarraba a su lanza como si le fuera la vida en ello.

Gaak le hubiera cortado la garganta a aquel imbécil pero no quería arriesgarse y alertar a los del barco. Sus orejas podían distinguir entre el ruido del oleaje las voces de los marineros, que ya maniobraban para fondear.

Cobardes de mierda. Ahí dentro no hay más que unos cuantos marineros cansados y algún soldado medio borracho. Presas fáciles, si es que no los ponéis sobre aviso con vuestros gimoteos. Debería destriparos yo mismo a todos ¡Basura!

Se enorgulleció al ver sus rostros; la expresión timorata se había acentuado hasta componer la viva imagen del pánico. Sin duda, conforme envejecía, sus dotes de líder aumentaban. En cuanto sopesó la situación con más detenimiento, tragó saliva, dio un respingo y se tumbó en el suelo de bruces. Desde allí, hizo gestos a su tropa para que no emitiesen sonido alguno. Ese “¡Basura!” se habría escuchado hasta en las lejanas costas de Urdhon.

Entre imprecaciones y el crujir de cadenas contra la madera, los marineros echaron el ancla y la embarcación se detuvo. Desde su escondrijo, los arrapaceros observaron el descenso de un bote que tomó rumbo hacia la playa. Podían distinguir perfectamente las tres figuras que ocupaban el esquife y su ánimo se henchía por momentos. Si se internaban en la espesura de los manglares, eran víctimas más que propicias. Los abatirían con sus flechas y ya se frotaban las manos pensando en saquear sus cuerpos. Uno de los tripulantes era una mujer y su larga cabellera negra iba a ser el botín más codiciado. Gaak ya tenía pensado reclamar para sí la melena de la moza cuando un segundo bote descendió del barco.

Seis de ellos huyeron, cuatro más se orinaron encima y el propio jefe no pudo reprimir un gemido de terror cuando vio al gottren. Ocupaba toda la superficie de la barca y avanzaba a gran velocidad en dirección a la costa utilizando sus brazos como remos. No tardó en dar alcance al primer bote, que ya se disponía a tomar tierra.

La mujer fue la primera en descender. Vestía una túnica de color ceniza con ribetes dorados y se cubría con una fina capa roja. Desde la colina en la que estaban apostados, los arrapaceros contemplaban los destellos de la luz del sol en los pendientes y la gargantilla. El mismo brillo refulgía en sus dedos y en sus muñecas. Por unos instantes se olvidaron del gottren; aquello era oro, sin lugar a dudas.

Mientras anudaba su cabello en una coleta, la dama parecía recriminar algo a uno de sus acompañantes; un joven grueso vestido también con caros ropajes. Sus piernas escuálidas, la cabeza rapada y el modo peculiar que tenía de moverse le conferían el aspecto de una paloma torpe. Mantenía la cabeza gacha al tiempo que intentaba, sin éxito, interrumpir el discurso de su compañera.

El grupo lo completaba un soldado que se afanaba en amarrar el bote a una estaca que había clavado en la arena. Bajo el jubón se apreciaba una cota de malla tan desgastada como el yelmo con el que se cubría, el pomo de su espada y la rodela de acero que cargaba a la espalda.

Por su parte, el gottren ya había llegado a la orilla y transportaba el bote sobre los hombros sin esfuerzo. Cuando le pareció que estaba bastante lejos del agua lo depositó en el suelo como si fuera un simple fardo. También vestía algo parecido a una cota de malla pero apenas le cubría el pecho; una placa abollada sujeta con cadenas le tapaba la panza y le servía de armadura. De su cinto pendían dos hachas inmensas, de doble filo. Un hombre fuerte apenas hubiese podido blandir una de ellas con ambas manos.

Las miradas inquietas de los arrapaceros se repartían entre las armas del gigante y las joyas de la dama de cabellos negros.

¿Qué… qué hacemos, jefe?

De momento vamos a seguirles. —Gaak trataba de aparentar un absoluto control de la situación—. Ese gottren podría despedazarnos a todos de un tajo. Si alguno de vosotros nos descubre lo mutilaré yo mismo a mordiscos.

Esta vez se cuidó de proferir sus amenazas en un tono más bajo. El coloso se estaba desperezando; con los brazos desplegados en cruz, su torso era tan grande como la barca que lo había traído a tierra.

La mujer hizo gestos de apremio y el gordo sacó de su talega una esfera rojiza que emitió un destello cuando los rayos del sol se reflejaron sobre ella. Tras manosearla un poco señaló hacia el norte, se la pasó al soldado y el grupo emprendió la marcha en aquella dirección.

Gaak había trazado un plan bastante sencillo: raptar a la mujer, matarla y huir con ella a través de la jungla. Una vez estuviesen lejos, saquearían su cuerpo y él mismo le rebanaría la cabeza para arrancarle la cabellera más tarde, en la tranquilidad de su covacha. Pero la aparición de aquella esfera trastocaba por completo la estrategia. Los arrapaceros sentían una atracción irrefrenable por todo aquello que brillase; apoderarse de ella pasaba a ser una prioridad.

Todo parecía indicar que los forasteros se dirigían a las ruinas del norte de la isla, a una jornada y media de viaje. Tarde o temprano se detendrían a acampar y con suerte, sería ya de noche.

Esperaremos a la luna. El gottren no podrá hacernos nada si no nos ve. —Sus secuaces asintieron complacidos.

Cuando oscureció, para su consternación y pese a las visibles protestas del gordo, el grupo no se detuvo. El soldado sacó de su zurrón yesca, pedernal y dos antorchas a las que prendió fuego con habilidad. El gottren tomó una de ellas y, al alzarla, incendió una rama seca del árbol que estaba tras él. Esto provocó la desbandada de un nutrido grupo de murciélagos que, entre chillidos, empezaron a sobrevolar desorientados las cabezas de los viajeros. El bruto dio tres palmadas que alejaron a las criaturas y se rió divertido. Desde su posición, los arrapaceros podían escuchar los gritos del gordo, que corría de un lado a otro gesticulando y llevándose la mano al pecho; distinguieron las palabras “bestia” y “estúpida” entre su parloteo. La mujer le propinó una bofetada que lo hizo enmudecer y de inmediato cesaron sus aspavientos. El soldado dejó escapar una carcajada y le hizo señas al gottren, que arrancó la rama ardiendo y la apagó contra el suelo de un pisotón.

El grupo reanudó la marcha pero esta vez era la dama la que portaba la antorcha y encabezaba la comitiva. En la otra mano llevaba la esfera escarlata, que brillaba con intensidad.

¡Es nuestra ocasión, Gaak! Podemos adelantarles bordeando el acantilado, coger a la moza y huir. Meeg puede distraer al monstruo desde atrás y…

¿Y por qué yo, basura? ¿Por qué no tú?

—¡Basta, idiotas! —zanjó su jefe—. No haremos nada, aún.

¿Y a qué esperamos? ¿A qué el tipo de la espada coja de nuevo ese artefacto? ¿A que salga el sol y todo se complique más? —dijo Kurghaa, el segundo al mando.

Era un arrapacero larguirucho que solía hablar con ironía, una habilidad nada común entre ellos. Gaak hubiese destripado a cualquier otro que osara cuestionar su liderazgo pero no se atrevía con él; lo superaba en envergadura y había sido testigo de la pericia con la que manejaba el cuchillo.

Escuchadme bien, montones de mierda. Esos van tras algo y quiero saber lo que es. Tal vez se trate de un tesoro escondido en esas ruinas del norte. ¡Monedas! ¡Oro y más pedruscos brillantes! Si se lo arrebatamos quizá la misma Streega nos incluya a todos en su séquito.

Los arrapaceros escuchaban a su jefe pestañeando con estupidez. Eran incapaces de trazar planes más complejos que coger algo y escapar, aunque la parte del oro y las piedras sí que la entendían. Sólo Kurghaa veía las cosas desde la misma perspectiva. El séquito de la Madre Jefa significaba estar a un solo escalón de la máxima jerarquía de su sociedad. Las hembras eran escasísimas entre ellos y lideraban sus respectivas tribus sin otras funciones que dar órdenes absurdas y procrear.

—¡Moveos! De no ser por ese gottren ya los habríamos perdido de vista

Los forasteros caminaron sin descanso durante toda la noche. Conocedores del terreno, los arrapaceros intuían la ruta que iban a seguir y se adelantaban para esperarles en posiciones concretas. En aquel momento se ocultaban tras una enorme piedra rectangular de las muchas esparcidas en el claro de la selva al que se dirigían.

Allí perduraban las ruinas de lo que en su día debió ser un templo. La naturaleza había seguido su curso y lo que quedaba de la majestuosa edificación estaba cubierto de musgo y enredaderas. Un baniano gigantesco se alzaba en el interior del edificio principal y atravesaba con sus ramas la bóveda desmoronada. Sus raíces habían levantado la mayor parte del suelo de baldosas y deformado el resto de un modo grotesco. Un semicírculo de lo que antaño fueron columnas delimitaba varios parterres engullidos por la vegetación. Las matas aún se veían salpicadas de caléndulas, rosas del llanto y otras especies florales de colores llamativos. Eran el único vestigio vivo del pueblo que un día habitó aquellas tierras.

La comitiva ascendió por la escalinata que daba acceso al templo. Las piedras talladas y los muros derruidos parecían gozar de vida propia; se integraban en el paisaje como si brotaran de la misma tierra.

Un pajarillo de vivos tonos verdes se posó en la cabezota del gottren y empezó a picotear su cuero cabelludo en busca de insectos.

Ajena a todo, la joven de cabellos negros parecía buscar algo en concreto. Tenía en su mano la esfera y caminaba con ansiedad en todas direcciones, comparando lo que veía y lo que el objeto parecía indicarle con sus destellos. Por fin se detuvo en una zona despejada del patio central.

¡Aquí! —Se arrodilló en el suelo y empezó a palpar la superficie con avidez.

El gordinflón se postró a su lado con una expresión triunfal en el rostro. Tras examinar lo que tenía frente a él se volvió hacia el soldado.

¿Se puede saber a qué esperas? ¡Es hora de que os ganéis la paga tú y esa abominación! —ordenó con una voz aflautada y chillona.

El hombre de armas miró con desprecio a su patrón y se quitó el yelmo. Una abundante melena rubia se deslizó con suavidad hasta la mitad de su espalda y varios de los arrapaceros no pudieron reprimir un gemido de asombro.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó el gordo.

Espíritus, sin duda. Las almas de los Antiguos, ávidas de sangre humana con la que paliar su torturada existencia —respondió el soldado.

—¿Es…es eso posible, hermana?

La dama no se molestó en responder.

—Basta de sandeces ¡Abridla!

El soldado soltó una carcajada, dejó caer su escudo y se dirigió al gottren, que se había repanchingado en el suelo con expresión aburrida.

Vamos, Mough. Nos toca a nosotros.

El gigante eructó y una pequeña pluma verde salió de su bocaza para alejarse de allí mecida por la brisa. Con paso cansino se situó junto a sus compañeros y agarró una inmensa argolla de metal que reposaba en el suelo. El hombre rubio intentó imitarlo, pero sus manos eran incapaces de abarcar aquel trozo de hierro; finalmente se abrazó a la anilla y tensó los hombros. La dama y su hermano se hicieron a un lado.

—A la de tres…Una, dos… ¡Tres!

Los músculos del gottren se hincharon hasta alcanzar casi el doble de su volumen; su cuello de buey se cubrió de venas y apretó los dientes en una mueca terrorífica. Tiraba del aro metálico mientras dejaba escapar un gruñido parecido al de un oso adulto. El soldado, por su parte, desistió tras constatar que su contribución no era mayor que la de una gota de lluvia en la extinción de un incendio.

Los arrapaceros contemplaban estupefactos la escena. De la boca totalmente abierta de Gaak pendía un hilo de baba y sus ojos permanecían fijos en la exhibición que tenía lugar a escasa distancia de su escondite.

El gottren siguió tirando pero si algo debía abrirse estaba tardando más de la cuenta.

—¡Vamos, bruto inútil! ¡Ábrela de una vez! —La mujer se exasperaba por momentos y ya no podía disimular su ansiedad.

Mough dejó caer la argolla, que restalló pesadamente contra el suelo. Tras disparar un escupitajo que fue a estamparse en la piedra que ocultaba a sus espectadores, se agazapó y atravesó con el brazo el círculo de hierro. Con toda la fuerza de la que era capaz, empezó a tirar de nuevo; todos percibieron un ligero temblor y el gottren rugió.

¡Aaargh! ¡Uh-aaargh! —Al compás de sus bramidos, una losa de mármol cubierta de moho se izaba lentamente, como una vela gigantesca de más de ochenta pulgadas de grosor.

Mough dio un último tirón, soltó la argolla y se echó a un lado con una agilidad notable para su tamaño. La piedra se fue inclinando hasta caer con estrépito entre una nube de polvo.

El gottren se apoyó en una de las columnas; jadeaba mientras los dos hombres lo miraban admirados. La dama, que no parecía impresionada en absoluto, inspeccionaba el interior de la cripta; el orbe rojo centelleaba en su mano.

—Es un pasadizo —afirmó—. Hay unas escaleras y parece profundo.

El soldado volvió a cubrirse con el casco, amarró el escudo a su antebrazo y desenvainó la espada. Con suma cautela, bajó los tres primeros escalones y se quedó mirando la masa de oscuridad que se cernía frente a él. La escalinata era tan amplia como la que habían subido para llegar hasta el templo y descendía hasta difuminarse en la negrura del pasadizo.

¿Estás segura? —preguntó—. Aún estamos a tiempo de regresar.

La mujer miraba fijamente la esfera que les había llevado hasta allí. Tras unos instantes levantó la cabeza y apuntó sus ojos verdes hacia los de su hermano, que la observaba con una mezcla de terror y respeto, sin atreverse a abrir la boca.

—Entremos.

El soldado sacó una de las antorchas de su zurrón, le prendió fuego con actitud resignada y se la tendió al gottren.

—Mough, ve tú delante. Si algo se mueve, destrózalo.

El bruto sonrió con una mueca boba, desligó una de sus hachas y ejecutó dos tajos al aire que hubiesen partido por la mitad a un caballo. Sin más dilación tomó la antorcha, agachó la cabeza y descendió por la escalinata riendo entre dientes. Sus compañeros lo siguieron en silencio hasta desaparecer en la oscuridad.

Un ave se atrevió a trinar y rápidamente sus congéneres la imitaron. Los últimos restos de polvo que aún flotaban en el aire se fueron dispersando y las ruinas del templo recuperaron su tranquila atmósfera habitual.

—Y nosotros, ¿qué hacemos? —susurró una vocecilla.

—Podríamos esperar a que vuelvan, y entonces…

¿Esperar? ¡Estoy harto de esperar! —protestó Kurghaa—. Bajo esta isla hay algo escondido que ninguna de las tribus conoce ¡Los del Hueso seremos los primeros! —exclamó levantando su escuálido brazo.

¡Sí! —vitorearon todos en un acto reflejo para, de inmediato, negar con la cabeza entre murmullos. Estaban allí con un gottren del tamaño de una montaña rondando y habían mostrado valor más que suficiente para seguir comportándose como cobardes el resto de sus vidas. De ningún modo iban a entrar en ese agujero.

¿Tu qué sugieres, Gaak?

Su jefe no había dicho palabra desde hacía un buen rato y contemplaba ensimismado la entrada del pasadizo. Giró la cabeza ante la pregunta directa y miró a sus esbirros con expresión de completa idiotez.

No… no sé… —No dijo nada más.

¡Maldita rata cobarde! Nos has traído hasta aquí y…

Kurghaa no terminó la frase. La tierra bajo sus pies se movía. Empezó como un temblor leve que se fue incrementando más y más hasta sumir la isla entera en el caos.

Los restos del templo se estaban resquebrajando y se derrumbaban con estruendo a su alrededor. Ratones, lagartijas, serpientes y demás alimañas abandonaban sus agujeros y corrían sin dirección concreta. Millones de insectos revoloteaban confusos y miles de pájaros cubrían el cielo sin osar posarse en los árboles, que se balanceaban como briznas de hierba al paso de un centenar de jinetes. El mar estaba descontrolado; olas descomunales ascendían y ascendían para engullir zonas impensables. Los tripulantes del navío encomendaron sus almas al Grande que Todo lo Ve mientras las tribus se acurrucaban en los rincones de sus Madrigueras, temerosas de que las montañas que las albergaban se desmoronasen sobre sus cabezas.

Una pantera hembra se agazapaba bajo el saliente de una colina; protegía con el cuerpo a cuatro cachorros que maullaban desconcertados. El suelo se agrietaba a su alrededor salpicado por una lluvia de tierra y rocas desmenuzadas.

El felino optó por desgarrar de un zarpazo el vientre de uno de ellos. Dos dejaron de maullar, irguieron sus pequeñas orejas y miraron inquisitivos cómo su madre se abalanzaba sobre el cuarto. A éste le arrancó la cabeza de un mordisco.


Distrito de los Segadores, Vardanire


El muchacho se había inscrito en La Competición sin decir nada a sus padres, pero Berd lo supo desde el mismo instante en que firmó la solicitud. De hecho ya llevaba un tiempo temiendo que sucediese.

Leith era un chico responsable y tenía un gran corazón, pero fruto por un lado de su juventud y por otro de su imponente físico, también era vanidoso y pendenciero. Con poco más de diecisiete años, sin que Berd conociese los motivos, se enzarzó en una pelea con dos hombres de más edad; uno de ellos terminó con varias costillas rotas y el otro quedó desfigurado para siempre merced a los puñetazos que su hijo le había propinado. Tuvo que ir a buscarlo a los calabozos del Distrito y para su sorpresa, el chico presentaba un ojo ligeramente amoratado como única secuela del incidente.

Pasó todo un año destinando la mayor parte de su jornal a pagar la multa que le impusieron y Berd sabía que eso lo había marcado. Sostenía que aquellos tipos se merecían la paliza y no entendía que tuviese que estar un año entero trabajando para ellos. Poco tiempo después empezó a hacer comentarios sobre La Competición y el dinero que percibían los luchadores.

Tras calcular que venciendo en un solo combate ganaba más que trabajando tres semanas en el campo, se decidió a inscribirse. Los reclutadores quedaron muy impresionados con sus prestaciones y estaba convencido de que lo harían debutar pronto. Superó todas las pruebas con mucha facilidad y pudo escuchar cómo un tipo de fino bigotillo comentaba con un anciano corpulento que estaban ante el próximo Campeón. Volvía a su casa pensando en todo esto cuando advirtió que su padre lo estaba esperando con las manos apoyadas en el dintel de la puerta.

—¿Dónde has ido al terminar la jornada? No te he visto en la taberna.

—Me he acercado a los establos para ver los caballos —mintió—. Hay un ejemplar nuevo, una hermosa yegua que han traído de Tierras Imperiales y…

Te han visto en el Gran Círculo.

Bueno…Después di un paseo por allí.

—Te han visto haciendo las pruebas.

El chico ya no supo que responder y agachó la cabeza, avergonzado.

Hijo, ya eres todo un hombre. Tu madre y yo sabemos que pronto llegará el día en que nos dejarás y formarás tu propia familia. Te he tenido en mis brazos cuando abultabas lo mismo que un conejo y te he visto crecer fuerte como un roble. Siempre he estado orgulloso de ti pero me decepcionas con tu comportamiento. Me decepcionas mucho.

Leith escuchaba intrigado las palabras de su padre. Percibía en ellas un tono diferente. Le estaba hablando como a un igual por primera vez en su corta vida y aquello lo desconcertaba.

—Un hombre no esconde sus decisiones, hijo —prosiguió Berd—. Las asume, las argumenta y las defiende si es necesario.

Yo…lo siento, padre…

—¡No me interrumpas!

El muchacho reparó entonces en que Berd era casi tan alto como él. Se fijó en sus manos, grandes y encallecidas, en la anchura de sus hombros y en su cuello, grueso y musculoso como el de un caballo. No lo hacía con admiración como cuando era niño; en esta ocasión su padre le daba miedo.

Quieres luchar. Quieres ganarte la vida peleando por dinero ¡Y ni siquiera tienes el valor para decírselo a tu propio padre!

Berd parecía fuera de sí. Su rostro se contraía en una mueca salvaje y sus ojos azules brillaban amenazadores. Cogió a Leith por un brazo y con una fuerza prodigiosa lo lanzó dentro de la casa. El chico cayó al suelo, incapaz de mantener el equilibrio; el segador cruzó la puerta y la cerró tras de sí.

Quieres ser luchador. —Parecía más calmado pero sus ojos seguían brillando con intensidad; sujetó a su hijo por las solapas del jubón y lo levantó del suelo como si fuese un fardo de paja—. Tu madre ha ido a casa de los Feinnier y tardará un buen rato en volver. Luchemos.

Dicho esto le propinó un empujón que lo lanzó al patio y lo derribó de nuevo.

—Levántate.

Berd se aproximaba apretando los dientes y los puños. Con un vigor impensable en un hombre de su edad, agarró al chico por la nuca y lo lanzó al otro extremo del patio. Leith se precipitó hacia delante y cayó de bruces junto al pozo. Sin osar incorporarse, contempló la maciza figura de su adversario. Estaba asustado y confundido ¿Qué pretendía su padre? ¿Que le pegase?

—¿No eres luchador? ¡Pues lucha, maldita sea!

Berd se lanzó sobre él como un felino salvaje. En apenas un parpadeo dejó caer las rodillas sobre sus hombros, le puso el antebrazo bajo la garganta y asió su muñeca izquierda, retorciéndola con fuerza. Leith gritó de dolor y trató de zafarse con la mano que tenía libre pero los dedos de su padre eran barrotes de acero. Berd mantuvo la presión unos instantes. Finalmente lo soltó y se incorporó dándole la espalda.

¿Esto es lo que piensas hacer en tu Círculo? ¿Gimotear como un bebé? —exclamó con crueldad. El apacible segador se había transformado en un ser despiadado y violento. Cualquiera se hubiese sorprendido al mirar su cinto y no ver la vaina de una espada balanceándose.

—Eres… mi padre —respondió Leith con la mano a la garganta—. Nunca lucharé contigo.

Berd se dio la vuelta y se quedó observándolo con detenimiento. Tendido en el suelo lo miraba con la misma expresión que cuando de pequeño recibía alguna reprimenda que consideraba injusta; una mirada sin atisbo de odio o rencor, que denotaba sólo la más profunda tristeza.

Sintió en su interior una mezcla de alivio y preocupación. Leith no era un asesino; de haberlo sido hubiese intentado agredirle y en ningún momento lo había hecho. Eso tranquilizaba su alma pero sabía que, sin ese instinto, sería una víctima más de las carnicerías que cada semana se perpetraban en el Gran Círculo.

—¿Sigues queriendo combatir?

—Sí —respondió el muchacho con determinación.

Entonces tendrás que luchar conmigo, hijo —afirmó Berd con una sonrisa triste—. Tu viejo padre aún puede enseñarte algunas cosas.

Le tendió la mano y lo ayudó a incorporarse.

—La parte más complicada del asunto será evitar que se entere tu madre.

2. Vardanire.


Distrito de las Ratoneras, Vardanire


El Honesto Blama contemplaba con tristeza el paisaje. La pelea de la noche anterior había sido especialmente violenta y el posadero no veía el modo de recomponer su establecimiento en un tiempo razonable. La mayoría de las jarras de hierro sobrevivieron al altercado pero dudaba que pudiese reunir media docena de vasos en condiciones. La enorme cabeza de oso que daba nombre a la taberna había terminado en las brasas durante la riña; un escandaloso muchacho la descolgó para estampársela en su propia cabeza al Gordo Jiggs.

Como resultado, el oso y el mozo terminaron encajados en el hogar de la chimenea. El camorrista pudo huir con el trasero en llamas pero el plantígrado había permanecido allí chamuscándose durante toda la noche.

Blama buscó donde sentarse pero no encontró ningún taburete que se sostuviera en pie. Cuatro de las pesadas mesas de roble estaban volcadas y el suelo presentaba un mosaico patético de recipientes rotos, trozos de comida aplastados, platos volcados, jirones de ropa y manchas de los más variados líquidos, entre ellos la sangre.

Por un momento sintió nostalgia de la época en la que su padre regentaba La Cabeza del Oso. Entonces no era más que un jovenzuelo ingenuo, que servía mesas y pasaba la escoba cuando el local cerraba sus puertas. La calaña de sus clientes no había variado un ápice pero lo que antes eran disputas que se resolvían a puñetazos o con alguna daga de por medio, había degenerado en auténticos combates armados. Rara era la semana en la que no tenía un par de noches conflictivas. En contadas ocasiones los clientes resolvían sus disputas en el descampado que había tras la taberna pero lo habitual era que alguno desenvainara y lanzase una estocada dentro del mismo local. La mayoría de las veces eso ponía fin a la trifulca pero si no tenía tanta suerte, como la noche anterior, veía su negocio transformado en un pequeño campo de batalla. Los muertos y los desperfectos se incrementaban y nadie quería hacerse cargo, por supuesto. En más de una ocasión, él mismo tuvo que cavar las tumbas.

Su calculador cerebro ya empezaba a considerar lo que cobraría si ofreciese un servicio adicional de sepultura cuando la puerta se abrió y el viejo Ejun Wedds entró dando voces.

—¡Blama! ¿Dónde estás, viejo odre agujereado?

Estoy aquí, imbécil —replicó el tabernero con un gruñido—. Y ahórrame tus alaridos; lo último que necesito ahora es un dolor de cabeza.

¡Por las sagradas pelotas del Grande! Lo único que ha quedado en pie has sido tú ¿Levrassac otra vez?

Mucho peor: una manada de jodidos aspirantes. Llegaron ya borrachos y tras la primera ronda estaban dando voces y retando a todo lo que se moviese ¡Esos niñatos mal nacidos no llegaron ni a pagar las consumiciones! —se quejó Blama mientras recogía del suelo un vaso que parecía intacto.

—¿Muertos?

Tres; el resto huyó, aunque uno perdió un brazo y probablemente haya muerto también. Justo en esa mesa estaban cenando Óvler y el Gordo Jiggs. Todo se hubiera resuelto a puñetazos si a uno de esos jóvenes bastardos no se le hubiese ocurrido desenvainar.

—Bueno, de peores has salido, Honesto Blama. —Ejun le dio una sonora palmada en la espalda—. Además, yo en tu lugar me daría prisa en recomponer este tugurio. Traigo magníficas noticias.

—¿Tu mujer esta preñada de nuevo?

La esposa de Ejun había sido en su juventud una de las prostitutas más populares de la ciudad. El viejo pasó por alto la pulla y continuó su exposición con entusiasmo.

El Cónsul ha invitado al mismísimo Emperador a la boda de su hijo. Al parecer no va a poder asistir y ni te imaginas lo que le ha ofrecido para compensar su ausencia.

Vamos, suéltalo ya, maldito carcamal —gruñó el posadero. Lo conocía desde hacía muchos años y conforme envejecía, su percepción de la realidad era más infantil. El disparate más absurdo podía ser motivo de júbilo para aquel saco de huesos.

—¡Igarktu¡ ¡Igarktu participará en Los Juegos!

Blama no daba crédito a lo que escuchaba. Permaneció unos instantes de pie, mirando fijamente a su viejo compinche que apretaba los puños y sonreía como un niño.

¿Igarktu luchando en Vardanire? Valiente estupidez.

¡Y con el título en juego! Te aseguro que es cierto, Blama. Anoche mi hija Willia le hizo un servicio a un guardia del Consulado; esos idiotas sueltan la lengua más de la cuenta cuando follan bien, ya sabes. Hace dos días salió un destacamento hacia Paso de Tiro para recibir al Campeón y escoltarlo hasta Vardanire.

Durante años, Ejun Wedds se había ganado muy bien la vida como alcahuete. Siempre tenía la oreja apuntando en la dirección adecuada para averiguar que ruta seguiría un mercader, el número de hombres que compondrían su escolta y la cantidad de monedas que llevaría consigo. Su pequeño negocio terminó por situarlo como la sabandija número uno de Vardanire al casarse con Heleinna, una afamada meretriz que había decidido retirarse y ceder el testigo a sus seis hijas. Las muchachas, aunque de diferentes padres, eran todas muy hermosas y agraciadas. Entre sus clientes se contaban miembros de la guardia, mercaderes, sacerdotes y en general hombres de la parte limpia de la ciudad. Ellas eran la principal fuente de chismorreos de Ejun, al que solían consultar los peores rufianes y salteadores de la zona.

Por desgracia ya hacía mucho que sus hijas perdieron la juventud y por ende el atractivo. Sólo Willia, la más joven, podía acceder a clientes algo más distinguidos que los borrachos, rateros, mercenarios y demás fauna del Distrito de las Ratoneras. Contaba ya treinta y ocho años pero su esbelto talle y sus voluptuosos senos seguían siendo un reclamo irresistible para la mayoría de los hombres.

La noticia parecía ser cierta y Blama no cabía en sí por la emoción. Igarktu, el invicto Campeón de Campeones, iba a participar en los Juegos que se celebrarían en tres días con motivo de la boda del hijo mayor del Cónsul.

El Campeón aquí… Es…es extraordinario, viejo chacal.

Como todo hombre que se tuviese por tal, el posadero era un fanático de Los Juegos. Tenía un asiento reservado en una zona muy bien situada del Gran Círculo pero, al contrario que otros conocidos suyos, él no lo alquilaba jamás. Cada semana acudía fielmente al recinto y presenciaba desde la primera pelea sin armas hasta el último y sangriento combate armado. Los Juegos ocupaban una jornada entera; empezaban poco después de la salida del sol y concluían a la puesta, con lo que podía volver a ocuparse de su negocio justo en el momento de mayor afluencia de clientes. De haberse celebrado sesiones nocturnas, el Honesto Blama se hubiese visto en serios apuros para mantener su modo de sustento.

Supongo que cerrará la jornada y se enfrentará a Vérrac —especuló Ejun—. ¿Te imaginas? Vérrac derrotando al mismísimo Igarktu. Y aquí, en su ciudad.

Yo no apostaría por Vérrac si fuese tú, amigo mío. —Aunque nunca en su vida había empuñado algo más contundente que un cuchillo de cocina, Blama se consideraba a sí mismo el mayor experto de Rex-Drebanin en combates de La Competición—. Igarktu ha derrotado a luchadores de todo El Continente. En muchas ocasiones ha combatido contra dos y hasta tres adversarios a la vez. Ese mastodonte de Vérrac apenas ha librado quince o dieciséis peleas serias y no tiene técnica alguna de combate más allá de la fuerza bruta. Igarktu lo despacharía con suma facilidad.

Bueno, quizá Vérrac y otro más. Dahenge, Klúsker… Bah, que más da ¡Abre una botella de ese vino callantiano que escondes y bebamos a la salud del Campeón!

El posadero sacó una botella de debajo del mostrador y la descorchó. Debía ponerse manos a la obra cuanto antes. La boda del hijo del Cónsul era un acontecimiento que atraería a Vardanire a lo más granado de la sociedad de Rex- Drebanin. Junto a ellos acudirían todos los ladrones y bandidos de la zona, dispuestos a pescar algunas bolsas bien repletas. Muchas de las monedas de esas bolsas terminarían en el Distrito de las Ratoneras, bien en el zurrón del posadero de La Cabeza del Oso o bien en el escote de alguna de las muchas rameras. Eso sería en apenas tres días.

Blama miró a su alrededor y suspiró con resignación. Tenía mucho por hacer.

Vamos, Blama ¡Sirve ya ese vino! —gritó Ejun.

¡Cállate, vejestorio! ¡Y ayúdame a encontrar un maldito vaso sano!


Distrito de los Segadores, Vardanire


Adalma Bahéried seguía muy enfadada con su esposo.

La situación le resultaba incomoda, ya que no solía darle motivos. Nunca le alzaba la voz, nunca la menospreciaba en público y jamás le había levantado la mano. Bebía vino con moderación y en más de veinte años de casados todavía no lo había visto borracho.

Berd era un hombre muy conocido y respetado en el Distrito de los Segadores. Desde hacía más de una década se encargaba de organizar varias de las cuadrillas de campesinos que trabajan los campos del territorio. Las tierras de cultivo pertenecían a hombres adinerados que optaban por contratar jornaleros para que se encargasen de la siembra y recolección. Resultaba mucho más rentable que mantener una plantilla fija ya que en Rex-Drebanin la agricultura era de secano.

En los últimos años las lluvias habían sido muy escasas y también lo fue el trabajo pero Berd siempre se las arreglaba para que ningún hombre honrado terminase la semana sin, al menos, un par de jornales que llevar a su hogar. Cada vez resultaba más complicado ya que muchos agricultores de otros territorios se habían visto obligados a vender todas sus posesiones y emigrar a Vardanire, en busca de mejor fortuna. Aún así, intentaba dar oportunidades a todo el mundo y gozaba de una bien ganada fama de hombre justo y razonable.

Además, aunque ya superaba los sesenta años, Adalma seguía encontrando a su esposo irresistible. Había perdido la mayor parte del cabello pero su peso no había variado ni una libra desde que se conocieron. Sus anchos hombros, sus fuertes brazos y su firme trasero seguían excitándola como antaño. A sus cuarenta y dos años albergaba la esperanza de darle otro hijo. Era lo único que envidiaba de las familias vecinas; todas tenían al menos tres mientras que ellos sólo tenían a Leith. No estaba dispuesta a perderlo por la desidia del zoquete de su marido.

Berd Bahéried entró en la cocina y Adalma lo ignoró por completo. Mantenía el ceño fruncido y el cuello erguido como una orgullosa gacela mientras daba vueltas en la olla con un cucharón enorme.

Su marido la observaba con resignación. Sabía que el enfado se le pasaría pronto pero en cuestión de pocos días volvería a tomarla con él. Y por el mismo motivo.

Oh, estás ahí —comentó en un tono que a punto estuvo de congelar el guisado—. Y tu hijo, ¿dónde está?

—Ha salido a correr —respondió Berd acariciándose las sienes.

¿Y por qué no has ido con él? No te vendría mal acompañarle; últimamente se te está poniendo una barriga como la de Pelley el carnicero.

Berd no pudo evitar sonreír. Por supuesto, aquello era mentira; era una de las maneras que tenía de hacerle saber que seguía molesta con él. En las pocas ocasiones en que discutían, Adalma adoptaba una actitud fría y se dedicaba a atacarle verbalmente durante un par de días con todo aquello que le pasaba por la cabeza. La mayoría de las veces sus ocurrencias eran muy divertidas. Berd volvió a sonreír cuando pensó en la panza del bueno de Pelley.

En una ocasión llego a decir que iba a abandonarle por Chádding el barbero. Chad era un hombrecillo enclenque que sólo lograba reprimir sus temblores cuando ejercía su profesión. Berd no pudo evitar una carcajada cuando lo escuchó y su mujer le rompió una jarra de barro en la cabeza. Desde entonces se andaba con mucho cuidado y cada vez que le dedicaba disparates de ese tipo intentaba aparentar molesto, aunque por dentro se moría de la risa.

¿Te ha dicho si vendrá a cenar? ¿O tendré que salir con la cazuela y correr a su lado para que coma?

Berd no pudo contenerse y se le escapó una risita que intentó disimular fingiendo un ataque de tos; pero ya era demasiado tarde.

—¿Te ríes? ¿Te ríes, maldito asno descerebrado?

Adalma dejó caer el cucharón dentro de la olla y se lanzó sobre su marido con intención de arañarle. Berd la sujetó por las muñecas sin esforzarse pero se dejó llevar por el impulso y chocó ruidosamente contra la pared. En aquella fase convenía que su esposa pensara que lo tenía a su merced.

Vamos, vamos, cariño; no pretendía ofenderte ¿Hasta cuándo va a durar esto, por El Grande?

Adalma desistió de arañarle pero en cuanto la soltó la emprendió a puñetazos contra su hombro. Sus pequeños puños picaban como aguijones y Berd deseó fervientemente que se diese pronto por satisfecha. Ya no era ningún jovencito y sus huesos tampoco eran los de antes.

—¡Durará hasta que entres en razón, viejo patán!¡Hasta que te decidas a hablar seriamente con ese estúpido que tienes por hijo!

¡De acuerdo, mujer! ¡Hablaré con él! —respondió Berd fingiendo un intenso dolor; no le costó hacerlo porque ya empezaba a quemarle el hombro considerablemente— ¡Pero para ya, por El Grande y por toda La Creación!

Adalma se detuvo entre jadeos y observó a su marido frotarse el hombro con expresión dolorida. Sabía que estaba fingiendo. Berd superaba en estatura a todos los hombres que ella conocía y era muy fuerte. A excepción de su propio hijo, nunca había visto a nadie tan fornido. Ese contraste entre la rotundidad de su físico y la ternura de su carácter era lo que la había encandilado cuando se conocieron.

Oh, mi pobre Berd. Creo que aún nos queda algo de ungüento de bayas; debo de tenerlo por alguna parte.

Adalma, de verdad, déjalo. No es para tanto, se me pasará enseguida. ¿Cómo va ese estofado? Huele estupendamente.

Aquí está. Verás que pronto se te pasa, vida mía.

Berd odiaba los ungüentos, las cataplasmas y cualquier cosa parecida. No podía soportar que nada aparte del agua y el jabón rozara su piel y se ponía muy nervioso cuando le aplicaban mejunjes. Unos años antes contrajo unas fiebres y estuvo varios días en cama; al anochecer, su esposa le daba unas friegas en el pecho con linimento de eucalipto mientras él se retorcía con ansiedad. Después se pasaba toda la noche dando vueltas en la cama como un caballo al que acabaran de ensillar por primera vez.

Adalma sabía que aquel potingue iba a ser mucho más útil para sus propósitos que las pullas o los arañazos. Una vez más tenía al ingenuo de su marido a su merced.

—Vamos amor mío, quítate la camisa —le ordenó con una sonrisilla malévola.

Berd apoyaba las manos contra la pared y miraba espantado el pequeño tarro que su esposa sostenía entre las suyas. En ese momento la puerta de la casa se abrió y entró Leith. Vestía un faldón corto y calzaba unas sandalias de esparto. Resollaba como un joven potro empapado en sudor.

El segador contempló con orgullo la imponente figura de su hijo. Era uno de los dos únicos hombres que conocía que le superaban en estatura. Si bien no era tan corpulento, tenía una constitución muy musculosa y sospechaba que ya era más fuerte que él. Sólo tenía diecinueve años pero lo había visto crecer a su lado, segando trigo desde que tenía trece; aún no se había acostumbrado a tener que levantar la vista para hablarle.

Adalma fruncía el ceño y parecía dispuesta a reprender a Leith cuando éste la estrechó entre sus brazos y le dio un beso en la mejilla.

¿Es venado eso que huelo, madre? —Con un ágil movimiento se plantó frente a la olla y aspiró con deleite.

Yo lo único que huelo es a sudor. Ve y lávate ahora mismo.

El joven rió despreocupado, cogió un balde que pendía de una de las paredes y se dirigió al pequeño pozo que tenían en el patio. Al pasar junto a su padre le dio un apretón en el hombro.

No vas a creer lo que tengo que contarte, padre.

Después —terció Adalma—.Y date prisa. Ya casi está lista la cena.

El chico salió al patio corriendo a zancadas.

Creo que tú también tienes algo que decirle a tu hijo, ¿no es así? —comentó la mujer mientras volvía a guardar el frasco en el armario.

Berd se dejó caer sobre un taburete y suspiró. Estaba atrapado entre la persistencia de su esposa y la tozudez de su hijo, sin el más mínimo indicio de que existiese alguna vía de escape. No tenía más remedio que mantener otra vez la misma conversación absurda, que no llevaba a ningún lado más que a enrarecer el ambiente de su tranquilo hogar.

Desde hacía unos meses Leith participaba en La Competición. Peleaba en la modalidad de combate sin armas y de momento había vencido a todos sus adversarios. El chico combinaba la fuerza con una envergadura poco habitual además de ser muy ágil, rápido y coordinado. Era con mucha diferencia el mejor luchador de su especialidad que competía en Vardanire y ya empezaban a tentarlo para que pasase al combate armado, donde podría llegar a ganar una auténtica fortuna.

Por suerte esto último Adalma lo ignoraba por completo. En aquel instante servía el guiso en grandes cuencos de madera mientras reflexionaba en voz alta sobre los pormenores de la situación.

—El cabezahueca de tu amigo Résbert es quien le ha metido en la mollera toda esa violencia —comentó esgrimiendo su cucharón—. Desde luego de aquí no ha salido. Estoy tentada de ir a su casa, cogerlo por el cuello y meterle esto por… ¡Oh, El Grande me perdone!

Berd la miró con tristeza. Durante todo ese tiempo habían entrenado juntos al terminar el trabajo sin que ella albergase la más mínima sospecha.

El muchacho estaba muy impresionado con todo lo que su padre le enseñaba. Nunca hubiese imaginado que un hombre tan pacífico albergase tales conocimientos de combate. Le mostró un sinfín de llaves con las que inmovilizar a su rival, cómo valerse correctamente de su tamaño, cómo lanzar golpes precisos en sitios concretos que podían darle una rápida victoria y también cómo evitar que se los diesen. Insistía en que su estatura era su mayor ventaja y también su punto más débil. Le enseño cómo enfrentar a rivales más bajos, más pesados, más rápidos y más agresivos.

Debutó en el Gran Círculo una soleada mañana bajo la atenta mirada de Berd, que asistía por primera vez al espectáculo. El tinglado que había montado alrededor de La Competición le resultaba repugnante pero pensaba que el mejor modo de ayudar a su hijo era apoyarle todo lo que pudiese. Ya era un hombre y los hombres deciden el rumbo que quieren dar a sus vidas.

La noticia de su victoria se extendió con rapidez por todo el Distrito de los Segadores; cuando regresaron a casa encontraron a Adalma esperándoles presa de la ira.

La discusión se prolongó hasta bien entrada la noche pero el muchacho se mostró muy firme en su convicción de ganarse la vida en el Gran Círculo. Berd había intentado explicarle a su esposa que Leith era ya un hombre y que poco podían hacer al respecto. Era su decisión. Los luchadores ganaban mucho más de lo que podía ganar un segador, un albañil o cualquier otro trabajador de Rex-Drebanin. El chico era fuerte, se había mostrado habilidoso y competía en lucha sin armas, que podía considerarse más un deporte que un combate real.

Tu deporte consiste en quebrar huesos —repuso Adalma llorando—. No puedo creer que no hagas nada ¡Permites que tu hijo se comporte como una bestia!

Berd hubiese querido explicarle que sí estaba haciendo algo. Estaba adiestrando al chico en todas las técnicas de combate que conocía, sin otro objetivo que proporcionarle las mayores garantías de éxito posibles. Quería decirle que había testado a Leith y comprobado con alivio que tenía buen fondo; que no era una bestia como ella decía. Pero no lo hizo. Adalma nunca lo hubiese entendido y aquello sólo empeoraría las cosas.

—¡Leith! ¡La cena! —gritó la mujer en tono autoritario.

El chico entró en la habitación silbando alegremente; llevaba el pelo mojado y lucía una juvenil sonrisa de entusiasmo. Los tres se sentaron a la mesa y Leith cogió un pedazo de pan mientras comentaba con excitación:

—Ni te lo imaginas, padre ¡Según dicen, Igarktu viene a luchar a Vardanire!

Adalma miró con gravedad a su marido que mantenía la cabeza agachada y se llevaba a la boca un trozo de venado; tenía hambre y no pensaba decir palabra hasta terminar su ración. De lo contrario tendría que comerse aquel delicioso guiso frío. Muy frío.


Distrito de los Fieles, Vardanire


Willia se levantó y recorrió la habitación contoneando las caderas. Estaba desnuda y se sentía la dueña del mundo. Tomó la jarra, llenó de vino dos copas de fino cristal y se dio la vuelta mirando retadora al hombre que la contemplaba tendido en la cama

La prostituta conocía muy bien su cuerpo y se puso de perfil, con la cabeza ladeada; tras ella, la luz de la luna se filtraba a través de las cortinas de seda del ventanal y realzaba la silueta de sus curvas.

Ya no era ninguna jovencita y estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta pero seguía conservando una figura exuberante que impactaba a todos los que requerían sus servicios. Su vientre no era tan liso como antaño y presentaba una ligera curva sólo apreciable en determinadas posturas. Los años de experiencia hacían que supiese siempre el momento exacto en el que tenía que aguantar un poco la respiración, con lo que esa inevitable consecuencia de la edad pasaba desapercibida. Además, sus pechos se encargaban de desviar la atención de cualquiera. Pese a su considerable tamaño, eran redondos y firmes como los de una adolescente.

Willia Wedds había visto a muchas mujeres desnudas y se enorgullecía de sus senos, que solía exhibir con pronunciados escotes. Era una mujer menuda pero muy bien proporcionada que de espaldas parecía no tener más de veinte años. Su cuello, sus hombros, sus caderas y sus piernas estaban muy bien torneados, así como su trasero, respingón y contundente. La oscura melena rizada ya presentaba algunas canas que no le costaba disimular con un sencillo tinte de hojas de higuera. Sólo las arrugas incipientes que surcaban su rostro delataban la edad que tenía en realidad.

Para compensarlo solía esgrimir una sonrisa de niña pícara capaz de excitar de inmediato a la mayoría de los hombres y mujeres con los que había fornicado en sus veinticinco años de ejercicio de la profesión.

Bebamos, Reverendo Padre —dijo con zalamería—. Necesito reponerme; no estoy acostumbrada a hombres tan fogosos como vos.

Por supuesto aquello era falso. El hombre que resollaba en el catre era el Reverendo Kolian, uno de los sacerdotes más influyentes del Culto al Grande. A Willia le gustaban los religiosos; solían ser bastante limpios, eyaculaban rápido y además los manipulaba a su antojo. Había observado en ellos un afán desmedido por demostrar que tras sus togas consagradas eran hombres tan viriles como cualquier otro y no le costaba prolongar sus encuentros hasta bien entrada la mañana siguiente. Gemía y gritaba con exagerado gozo y los fofos hombres de fe se sentían sementales desbocados. Cobraba por tiempo y cuando daba con un sacerdote lo normal era que cubriese la noche completa.

En alguna ocasión le pidieron cosas extravagantes pero en general eran hombres débiles, de poco aguante y gustos conservadores. Además, la mayoría se inclinaban por los jóvenes musculosos y los que preferían a las mujeres eran escasos. Cuando una prostituta daba con uno, a poco que jugase bien sus cartas tenía un cliente garantizado para mucho tiempo. Aquellos hipócritas hacían voto de castidad y se cuidaban mucho de que sus depravaciones se hicieran públicas; solían tener una única amante y la agasajaban con costosos regalos para comprar su discreción. El mamarracho que la esperaba en la cama con expresión hambrienta era nada menos que un Reverendo.

Willia sonrió para sus adentros; era su noche de suerte. O lo habría sido de no ser por la sombra que cubrió la ventana y oscureció toda la habitación.

El Reverendo soltó un chillido y se cubrió con las sabanas mirando con terror la altísima figura que se alzaba frente a ellos.

¡No! —exclamó Willia— No… por favor, Levrassac, éste no…

El intruso se llevo un dedo a la boca para indicarle que se callase y se aproximó al religioso sin aparente prisa; echó atrás la capucha de su capa y dejó al descubierto un rostro de pómulos afilados enmarcado por una mandíbula firme y una frente surcada de arriba abajo por una vena que palpitaba como si tuviese vida propia.

Si os estáis quieto no os va a doler demasiado, Reverendo. —Susurraba más que hablar y su tono helaba la sangre.

Pero…Pero… ¿Qué vais a hacer, en nombre del Grande? —El Reverendo escupía cada palabra como si fuese la última que iba a pronunciar— ¿Sa…sabéis quién soy? Pedid lo que queráis y se os concederá de inmediato pero no me matéis, por favor. —El hombre rompió a llorar— ¡No me matéis! —repitió.

Lo que pido son tres mil monedas, Eminencia, pero lamento deciros que se os han adelantado —Levrassac desenvainó la espada que pendía de su cinto.

Kolian tragó saliva y reconsideró la situación. Iba a morir irremisiblemente si no mantenía la calma y actuaba con inteligencia. De inmediato recuperó la compostura, alzó la cabeza y mirando fijamente al asesino, le espetó con voz firme:

Si me matas la ira del Grande que Todo lo Ve caerá sobre ti. Quedarás maldito para el resto de tu execrable existencia.


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