by Jorge Luis Cáceres
Published by Ed. Amarante at Smashwords
Copyright Jorge Luis Cáceres 2009
Copyright Ed. Amarante 2011
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* * *
A la memoria de Daniel Villarreal
* * *
I would have told her then she was the only thing
I could love in this dying world but the simple word “love”
Itself already died and went away.
Marilyn Manson
Unos cigarrillos, un six-pack de cervezas y unos chicles, es todo. La caja registradora marcó siete dólares, Rodrigo paró en la gasolinera de la Av. Velasco Ibarra, estaba exhausto; era de madrugada cuando tomó la decisión de comprar algo en el mini market de la gasolinera para despabilarse y mantenerse despierto. Antes de encender su auto, prendió un cigarrillo sin preocuparse del lugar en el que se encontraba, un despachador de gasolina advirtió su actitud imprudente, pero cuando quiso actuar fue demasiado tarde, Rodrigo ya se encontraba en el camino manejando a gran velocidad su auto, un Alfa Romeo modelo 157, color negro.
El claxon despertó al guardia que vigilaba la casa del Valle de los Chillos, una propiedad a la cual no acostumbra ir mucho la familia de Rodrigo, éste, alertado por la presencia de Rodrigo, activó el portón eléctrico como un zombie y siguió durmiendo profundamente. El cigarrillo se había consumido, Rodrigo decidió encender otro, no le molestaba la impavidez mostrada por el guardia a su llegada.
Dirigió sus pasos rumbo al pequeño departamento que había mandado a construir específicamente para él, alejado de la parte central de la casa y provisto de casi todos los lujos. Equipos de video de todas las marcas, reproductores de DVD, VHS y BETAMAX, sistema de sonido de última tecnología, TV plasma, y hasta un reproductor de películas en formato 8mm. Al llegar al departamento, un sobre de papel de color anaranjado, que se encontraba sobre el televisor, llamó su atención. En su interior se encontraba un disco formato DVD, marcado con el título que decía La Flor del Frío, lo tomó y activó el reproductor, inmediatamente, la bandeja se deslizó hacia afuera permitiendo colocar el disco en ella, luego se lo tragó hacia su interior. Una imagen colapsó el lugar mientras Rodrigo se ponía cómodo para presenciar la función de su vida.
Un día antes…
El Pipo se encontraba sentado en su auto matando el tiempo, había faltado a la última hora de clases de la facultad de economía. Se encontraba estacionado a un costado del parque de Santa Clara, en la calle Alonso de Mercadillo; con el vidrio del auto a media asta miraba detenidamente a los vagabundos del lugar, observaba sus gestos, el licor que bebían, la goma que metían en sus cuerpos. Cerca de ellos, un grupo reducido de niños de la calle jugaban dando volteretas en el pasto húmedo; al fondo, la pequeña pero sobria Iglesia de Santa Clara de San Millán cuyas puertas se encontraban casi siempre cerradas, servía como guardián ciego de los residentes del parque.
Sin ser visto, el Pipo sacó una cámara fotográfica para tomar fotos a detalle de cada uno de los vagabundos, eran seis aproximadamente, agazapados en el corazón del parque procurando mantenerse ocultos por la maleza crecida en el lugar. Sobre todo se cuidaban de la policía y de los curiosos. Un mensaje llegado a su celular lo sacó del trance de camarógrafo aficionado. Sus amigos lo esperaban para planificar la diversión de la noche.
La casa del Toño, ubicada tras el Swiss Hotel, al final de un redondel sin salida, era el sitio donde se reunían desde la época de la infancia. Una pared saturada por hiedras trepadoras que llegaban hasta una pequeñísima ventana del segundo piso diferenciaba la estructura de las demás casas del sector. En una terraza que daba a la parte trasera de la casa, el Toño lo esperaba con una jaba de cervezas a medio terminar y una pista musical que anunciaba el Apocalipsis en la Tierra, el infierno y un dios mirando televisión. El Pipo, se alegró por el recibimiento.
—Llegas tarde Pipo, como de costumbre, dijo el Toño, con aspecto alegre, ¿dónde te habías metido? por cierto, has vuelto a sacar un cero en economía básica.
—Estaba tomando fotos, contestó el Pipo, les tengo una sorpresa, a propósito ¿donde están los demás? Estuve por el Parque de Santa Clara, qué lugar más espantoso, pero esa no es la buena noticia. La buena noticia es que encontré a seis vagabundos, estamos de suerte.
El Toño se alegró por la noticia e inmediatamente tomaron contacto con el Cámara.
El Cámara.
El Cámara era otro de los amigos del grupo, en total eran cuatro, todos se conocían desde niños. El Cámara era hermano de uno de los amigos del hermano mayor de Rodrigo y del Pipo, quienes eran hermanos. Su nombre real era Víctor, pero todos lo conocían como el Cámara, la razón: siempre cargaba una cámara de video a todas partes que iba. Grababa los chupes, las peleas, los tires de sus amigos y los suyos. La videograbadora, una Sony Handycam 508, era una extensión más de su cuerpo, se podría decir que era un perfecto imperfecto sin ella.
* * *
El Toño vivía con su madre, una diplomática colombiana que se radicó en el país pero que, debido a cuestiones de trabajo, se ausentaba por largas temporadas. En recompensa por el tiempo perdido, ella dejaba hacer al Toño lo que se le venga en gana sin poner límites a sus caprichos. En más de una ocasión ella los acompañó y financió sus borracheras, tal vez porque se encontraba sola o porque le gustaba Rodrigo, el mejor amigo de su hijo.
La primera vez que filmaron un vídeo juntos fue por curiosidad. Rodrigo había llegado de los Estados Unidos, donde se encontraba de moda el bum-hunting (caza de vagabundos). A su regreso, reunió a todos en su departamento y les comentó sobre lo fácil que era hacer un video de esas características. En la pantalla un título que anunciaba Bumfights (luchas de vagabundos) acompañado por un fondo de música hardcore resumía una pelea entre dos vagabundos matándose a golpes por unas cuantas monedas. En otra secuencia chocaban sus cabezas contra muros de concreto y ladrillo, alentados por el licor prometido por los realizadores del film. En otro video actúa el cazador de vagabundos, una especie de cazador de cocodrilos, pero, en este caso, un cazador de parias y desvalidos. Durante la exposición de videos, El Pipo no paró de reír y divertirse. Encontraba graciosa la forma de actuar de aquellos tipos y, con actitudes ridículas, imitaba a los vagabundos del video estrellando su cabeza contra la pared, provocando la risa de los demás. El Toño también se sentía emocionado, nunca había visto algo igual y tenía muchas ganas de poner en práctica lo observado. Además, hacía tiempo quería inaugurar unas esposas que su madre le regalo en uno de sus cumpleaños. Ciertamente era un extraño regalo, pero muy práctico para iniciar la cacería.
Varias semanas transcurrieron desde aquel día en el departamento de Rodrigo, casi a todos se les pasó la excitación producida por los videos, con excepción del Pipo, quien se dio la tarea de averiguar los lugares por donde deambulaban los “sin techo” en Quito. Su labor consistió en tomar fotografías y ubicar con exactitud los sectores de: San Blas, Santo Domingo, San Francisco y el Terminal Terrestre. Conocía a los vulnerables y a los fuertes y, entre estos últimos, descubrió a un sujeto de raza negra, conocido simplemente como el Negro, quien era un verdadero titán de volumen colosal y aspecto tenebroso.
El Pipo había encontrado a la estrella del espectáculo. Después de semanas de investigación, decidió contarle a su hermano sobre su descubrimiento. Rodrigo contactó a los demás y en un solo auto fueron al encuentro del Negro, para tratar de convencerlo y comprometer su participación en las filmaciones. Se dirigieron rumbo al sector del Terminal Terrestre. Al llegar, con lo primero que se toparon fue con un grupo de prostitutas. El Cámara pensó en secuestrar a una de ellas y grabar un video estilo sado, pero al Pipo se le había metido la idea de filmar peleas entre vagabundos, además sería mucho más fácil comercializar ese tipo de videos a diferencia de uno mostrando la violación de una mujer. Rodrigo se acercó al lugar donde se encontraban aquellas mujeres que lo recibieron con los brazos abiertos destilando coquetería, aquella de la que se compra con dinero. Pero Rodrigo no estaba interesado en probar los encantos de la noche, buscaba otra cosa, para ser exacto buscaba a un sujeto conocido como el Negro. Del interior de su bolsillo sacó un billete de veinte dólares y, acercándose al oído de una de las prostitutas, detalló las características del sujeto al que andaba buscando. Ella señaló con su dedo extendido en dirección a un chongo1 de muy mala reputación conocido como el Farol Rojo y, sosteniéndolo por el brazo, advirtió a Rodrigo sobre el peligro que correrían él y sus amigos al entrar en aquel sitio.
En el interior del Farol Rojo, un olor a cigarrillo, ron y un pasillo del inmortal J.J., se fundían con el miedo a lo impredecible. Tomaron asiento en una mesa y una gentil joven ligeramente tostada por el sol apareció con los tragos de cortesía. Rodrigo, el más calmado de todos, se dirigió hacia la barra para obtener información sobre el paradero del tipo conocido como el Negro.
—Negro, oye Negro, unos gomelos están preguntando por ti, dijo el encargado de la puerta del chongo, dirigiéndose al colosal sujeto.
—¿Y qué quieren?, preguntó el Negro intrigado, mientras se incorporaba de una destartalada silla. Con un gesto agresivo señaló a la persona que vino a alertarle sobre la visita de aquellos desconocidos.
Unos pasos fuertes dirigidos hacia la mesa donde se encontraban Rodrigo y los demás anunciaron la llegada de un tipo con aspecto poco amistoso y de volumen colosal.
—¿Qué quieren?, ¿quiénes son?, preguntó el Negro con expresión molesta. ¡Droga no tengo! y será mejor que se larguen antes que me los lleve por delante, mocosos de mierda. El frío de la noche estremeció los cuerpos del Toño y del Cámara quienes, por inercia, sintieron deseos de salir corriendo sin mirar atrás. Hasta el Pipo estaba cagado del miedo.
—¿Qué quieren?, ¿quiénes son?, preguntó nuevamente el Negro, despidiendo de su boca un aliento fétido. Me estoy cabreando, si no responden…pero antes de que terminara la oración, Rodrigo lo interrumpió de un solo tajón.
—Mira negrito de mierda, dijo, mejor te bajas del avión donde te has subido y me respiras de lejos que estás apestando, hemos venido a proponerte un negocio de mucho dinero, ¿qué dices?
—Y qué clase de negocio es ese, ricitos de oro dijo el Negro (refiriéndose a Rodrigo) mucho más calmado. Al grano.
—Queremos que pelees por nosotros en unos combates. Serías tú contra varios vagabundos, amigos tuyos, siguió Rodrigo.
—Yo no tengo amigos, respondió el Negro.
—No te pongas sentimental, la cosa es simple, buscamos algunos muertos de hambre como tú, les ofrecemos comida, droga, trago, lo que ellos pidan para que peleen por nosotros.
—Y yo ¿qué gano?, dijo el Negro intrigado y mucho más interesado por la propuesta.
—Para empezar, cien dólares y una bolsa de hierba, dijo Rodrigo lanzando la bolsa en dirección donde se encontraba el Negro.
—Pues si es así añadió el Negro complacido por la oferta, yo mato a cualquiera. Trato hecho.
Concretado el negocio con el Negro lo demás venía fácil, esa misma noche se dirigieron rumbo a San Blas, allí localizaron a dos vagabundos, al principio se portaron hoscos y desconfiados por la actitud apacible de aquellos extraños que invadían su territorio. Sin más preámbulos les hablaron de sus intenciones, pero los vagabundos, en un principio, se negaron.
—Creo que no va a ser tan fácil dijo el Cámara, quien estaba filmándolo todo desde que entraron en aquel espantoso chongo en busca del Negro.
—Mejor nos llevamos a la fuerza a estos cabrones, dijo el Pipo. Rodrigo solicitó calma, en estos días como van las cosas basta con mencionar unos cuantos dólares y tendremos a estos pendejos sacándose hasta los pulmones si queremos.
Con el Negro y los vagabundos completamente convencidos, se dirigieron al lugar escogido para la filmación, una hacienda de propiedad del Toño, ubicada vía Tumbaco. Para esto, el Cámara se puso al frente de la situación asumiendo la postura propia de un director de cine, dando órdenes y solicitando entrega por parte de los actores.
—¡Quiero golpes, golpes y más golpes, sin piedad! Rodrigo interrumpiendo al Cámara y dirigiéndose al Negro, dijo:
—A ver negrito, cómo prefieres pelear, uno por uno, o los dos a la vez. Para entonces, a uno de los vagabundos ya no le pareció tan buena la idea y mucho menos después de observar a su contrincante, éste tomó la decisión de devolver el dinero y largarse de allí. —Aquí está el dinero que me dieron, ya no quiero pelear.
—No es tan fácil cabroncito, dijo el Pipo efusivamente, quedaste en algo con nosotros y vas a tener que cumplir lo pactado. El vagabundo intentó huir, pero la acción lo atrapó de improviso. El Negro se adelantó con un fuerte golpe estrellando su cuerpo contra el desprotegido contrincante. El Cámara, agradeció la toma lograda.