PIEDRA
Bruno Aceves Humana

Colección / Collection
Los cuentos del cíclope (A Book for a Buck), núm. 009
Primera edición electrónica: octubre de 2011
First digital edition: October, 2011
Publicado por Tártaro en Smashwords
Published by Tártaro at Smashwords
Copyright © Bruno Aceves Humana, 2011
Copyright © Tomás Zurián (ilustración en interiores / interior illustration), 2011
Copyright © Tártaro Servicios Editoriales, SA de CV, 2011
Av. Insurgentes Sur 377-503, colonia Hipódromo de la Condesa, delegación Cuauhtémoc, 06170, México, Distrito Federal
ISBN (ePub): 978-607-9150-20-4
ISBN (ePub, colección completa / complete collection): 978-607-9150-00-6
ISBN (mobipocket): 978-607-9150-21-1
ISBN (mobipocket, colección completa / complete collection): 978-607-9150-04-4
§ § §
License note
This book cannot be copied nor distributed by any individual or organization with commercial purposes without the written permission of the publisher. Thank you for your interest and support to this work.
Licencia de uso
Este libro no puede ser reproducido ni difundido con fines comerciales por personas u organizaciones ajenas a su producción y distribución sin el consentimiento por escrito del editor. Gracias por su interés y apoyo a este trabajo.
§ § §
Noticias
Todo aquel que haya vivido atormentado por el mosca muerta de la clase o por el gigantón al que hasta los profesores le rehuían se identificará con el protagonista de Piedra. Como en las historias felisbertianas, aquí los objetos cobran vida (una roca con impulso propio o un automóvil que se inclina ante los cerros) para influir de forma decisiva en el destino de los personajes.
Egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, Bruno Aceves Humana (México, DF, 1972) es editor y traductor.
§ § §
Y ahora que te miro, nieto, creo yo que tampoco pediste nada a nadie pero estás aquí. Ya no te acuerdas de que naciste y todavía no sabes lo que te espera. Hablas mal incluso, si acaso lindamente para el tamaño de tus manos, de tus ojos. No entiendes ni papa de lo que estoy diciendo.
Miguel Castro Caldas

piedra inmensa que me persiguió durante algunos segundos y que me hubiera rebasado si no se topa antes con mi cabeza. Piedra se topó entonces, y de lleno además, contra mí, durante el recreo, abriéndome el cráneo. Pegué en el piso con la nariz. Olía a sangre y las lágrimas me impidieron saber dónde estaba el cielo y dónde el suelo. Se me abrió la cabeza, pero ninguna otra rodó. Se llevó un regañito: el hipócrita dijo que no lo haría de nuevo y me miró, desafiante… Sobra aclarar el sentido de esa mirada, y sobra aclarar que, si no la escena, el miedo llegó a ser atroz porque ése sí que se repetía.
Esa roca era una piedra ajena, o piedra de nadie, hasta el momento en que fue lanzada hacia mi cabeza: hoy, tiempo después, pertenece a mi infancia y curiosamente es el único punto de unión entre quien dijo «Corre» y quien no pudo esquivarla, antaño enemigos acérrimos y en la actualidad… Sólo espero que el espejo retrovisor de un camión esparza sus sesos por las avenidas, y que cincuenta carros los pisen para que sean irrecuperables, ya no sólo innecesarios. No por odio: simplemente porque lo considero positivo para que enriquezca su experiencia, que para empezar conozca la impotencia y la humanidad constate que también la bestia tiene sentimientos. Y que después llore: para que vea la humanidad que también las plantas sienten.
En teoría ya estoy grandecito para andar pensando estas cosas, pero la imagen de Diego se dibuja cuando pienso en camiones que pasan muy pegados a una banqueta alta. Diego es el mismo que me hizo correr y luego le ordenó a una espléndida piedra (que no era de nadie y llegó a ser «nuestra») iniciar la persecución. Él mismo era como la piedra, siempre lleno de tierra, como la piedra de piel café, cabeza redonda y muy muy dura. Las piedras no tienen cabello, pero si lo tuvieran sin duda sería también rojo oscuro, lacio y tieso. Aquí lo que no recuerdo es el porqué; sé que corrí porque así lo ordenó, amenazante; que pensé en sus puños y me alejé de ellos; sé que piedra me alcanzó de lleno, pero no me arrepiento porque cabía la posibilidad de que pasara de largo. Supongo que en el fondo yo guardaba la esperanza de que, si fallaba, no sería su estilo andarme persiguiendo: era una escena demasiado notoria en una escuela ante por lo menos un par de maestros. Tal vez creí que era capaz de perdonar a su presa, que habría sido capaz de perdonarme hasta volverme a encontrar en otra situación, cuando se viera obligado a destazarme para alimentar a sus crías sin siquiera reconocerme pero sabiendo de sobra, claro, por mi modo de correr, por el camino errático que seguirían mis pasos o por el olor del miedo, que ya había dado caza a otro como yo, tal vez más pequeño pero igual, en otro momento de su vida.